domingo, 14 de febrero de 2016

CAPITULO I: VOLVER



Camina inseguro como quien  acaba de bajar de un barco en el que ha pasado mucho tiempo. Y así es, aunque después de dejar el puerto  tomó un ómnibus local, viejo y sin mucha estabilidad, en el que durmió varias horas.
Soñó con el mar, el horizonte siempre igual y un albatros que pasaba  por su sueño chillando como el aviso de una tempestad.
Ahora trata de recuperar la tierra y hacerle sentir su peso.  Una lluvia sin viento lo obligó a sacar el capote marinero de la bolsa, pero no barrió la humedad pegajosa y pesada que anula el cerebro.

 No reconoce el lugar;  sabe  dónde está, sin más. Avanza. Mira las fachadas de las casas con detenimiento. No hay restos de destrucción, tan sólo altos y feos edificios cuya modernidad delata una construcción sobre ruinas. 
 Empieza a faltarle el aire. ¿Quién será a partir de ahora? Ante todo tendrá que recuperar su nombre. No  lo ha olvidado, pero tanto tiempo sin que lo llamen por él lo ha dejado sin resonancia.

 «No vuelvas a tu casa, te buscan», decía el papel que un compañero deslizó en su bolsillo una mañana en la universidad. Comenzaba el terror.
Atrás quedaron su madre y Germán, el hermano menor del que debía ocuparse y que abandonó, los sueños de una vida dedicada a los libros, algo que comenzaba con Andrea  que tal vez habría llegado a llamarse amor.

Después, las terribles ansiedades de cruzar a pie una frontera incierta, conseguir documentos falsos, cambiar de nombre y recomenzar trabajando en el “Stella Maris”, un barco de pesca en alta mar.
El viento fue cambiando muy lentamente a lo largo de esos años.  Un día, el capitán del pesquero lo recomendó a alguien de una compañía naviera de transporte de mercancías. En cierto modo  fue un progreso, aunque  sus primeros compañeros  fueron los mejores, los que no hicieron preguntas y lograron que volviera a reír. 
En una pelea de borrachos perdió la falange del anular izquierdo, pero también se ganó el mote de "Jack el destripador” porque en cada puerto compraba libritos de segunda o tercera mano, acaso robados, para no perder el hábito de la lectura, y verdaderamente los destripaba llevándolos en los bolsillos, dejando que se mojaran o releyéndolos por aburrimiento hasta que las páginas se desprendían solas.
De a pocos, también las noticias de su tierra - ese lugar borroso que quedó detrás del abismo-  se hicieron más frecuentes y más directas. El peligro había pasado, pero las licencias de más de una semana se conseguían sólo en caso de casamiento, enfermedad o muerte. 
«Se fueron veinte años, termina el siglo ──piensa con amargura─,  y ya tengo dos motivos». 
Junto  al mensaje de radio  que  comunicaba la muerte de su madre,  llegó un largo y tedioso estudio de los médicos de la compañía, en el que  daban cuenta de  una precoz artritis reumatoidea en sus articulaciones, a más de un serio problema cardíaco. Antes de los cuarenta años  es un viejo.
Ahora tendrá que dejar el mar misterioso y devorador que rara vez permite abandonarse; pero también el de los atardeceres de un sol degollado por la noche implacable que se desangra sobre el agua para volver en amaneceres de tonos de resurrección. Difícilmente vuelva a verlo,  está saltando el abismo hacia atrás. 

Se sienta sobre la bolsa marinera mientras  se seca la frente y la nuca.
La voz de hombre de su hermano, ¿se parecerá a la de su padre?  
Tal como le enseñó el médico de a bordo se golpea el pecho con el puño cerrado y trata de toser. Después con la mano derecha tira de los dedos de la mano izquierda hasta que siente que la sangre vuelve a circular.
Volver es un verbo peligroso. Suspira.

Retoma su camino y al dar vuelta la esquina, justo ahí, a menos de una cuadra de su casa se siente como un caballo que vuelve a la querencia, apurado, liviano, feliz. Es un chico otra vez. Agradece que Germán no haya querido modernizar el frente de paredes amarillentas desteñidas por muchas lluvias y  la reja baja que da al jardín con un simple pasador que uno puede quitar desde afuera cruzando el brazo por encima de ella.  Entonces, en el momento de repetir el gesto,  a sus espaldas una voz dice: ── ¡Bernabé!