lunes, 14 de noviembre de 2016

¿CUÁL DE NOSOTROS?

«Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte», es lo primero que oigo cada mañana  al despertar.
Este alerta sólo aumenta mi angustia. Si  mi doble está en alguna parte,  también lo está el de  Helena. Pero espere, debo explicarle porque aún hay otra voz que me persigue por estos pasillos infames; una voz que dice, « Mauricio se mató». Entonces, todo es peor porque estoy aquí hablando con usted.
Siempre fuimos felices. Sin embargo, cuando empezamos a convivir, a tener hijos, a luchar por los sueños de  vigilia,  los proyectos,  mi felicidad  fue trasladándose a la noche. No, no le hablo de sexo aunque era bueno a cualquier hora. Le hablo del mundo en el que vivimos al dormir.
Durante esas horas, ella era  el ser que había encontrado cuando nos conocimos. No se trataba de cerrar  los ojos, comprenda, no eran fantasías  o deseos incumplidos. Al dormirme,  éramos otra vez los que descubrimos en la primera mirada, la esencia de nosotros mismos. Ese era mi verdadero descanso. Amanecía sabiendo que había estado recorriendo el universo con el ser de Helena.
Por un tiempo me bastó. Deseaba que a ella le pasara lo mismo, aunque muy pronto descubrí que  en sus sueños no había nada parecido.
Al despertar, quedaban hilachas de la vida.  
En mi obsesión por  recuperar ese estado de manera permanente, perdí todo: trabajo, amigos,  hábitos cotidianos. Mis hijos me evitaban. Siempre  callados, mirándome, deseando  que me fuera.  Me decía que no quería molestarlos, pero en verdad solo quería dormir para encontrar a mi mujer; la verdadera.
La otra, la diurna, trató de ayudarme con toda la batería que el mundo ofrece: médicos, psicólogos, técnicas de meditación,   ocupaciones  que no me gustaban, comprenderme, rebelarse, exigirme. Por fin, se cansó. Se limitó a seguir con su trabajo para mantener la familia y a hacer ella lo que  yo rechazaba. Salía con sus amigas, iba al psicólogo dos veces por semana, corría una hora  al volver de sus obligaciones, atendía a los chicos y mucho  más. Me humillaba. Me mataba.
Desesperé.
La odié de día tanto como la amé de noche.
Esa mañana la seguí una vez más. Iba ligera, sonriente, a buen paso por la vida.
Todavía la veo entrar a un café  a encontrarse con sus compañeras. Conversan y ríen. No puedo oírlas.  Alguna  se inclina sobre la ventana como buscando  con la mirada. A mí, claro, ¿a quién más?  Quieren saber si realmente soy yo, si la sigo, si lo que ella cuenta se refleja en mi aspecto, si quiero acompañarla o espiarla.
Salen. De pronto  alguien más se acerca y  lleva a Helena apoyando la mano en el centro de su espalda. Un hombre común y corriente como yo, que  le habla al oído y la hace reír francamente. Las compañeras se alejan un poco dejándolos atrás, dándoles privacidad.
Quiero gritar pero se me cierra la garganta y el puño aprieta el mango de un cuchillo de cocina. ¿Cuándo lo puse en el bolsillo?
Me abalanzo. Siento que el otro se mete en mí, o yo en el otro. Ya no lo sé. Ella me mira incrédula queriendo soltarse.
Él le ha clavado el cuchillo en la garganta, y al apartarse la he visto retroceder hacia los ascensores tropezando, sin dejar de mirar al otro. Grita,
──  ¡Mauricio, no!
Lo sé, lo sé. Nadie más lo vio; es  a mí a quien vieron alcanzarla y dar juntos unos pasos riendo abrazados.
En todo caso, la Helena nocturna, ¿también ha muerto?
Si, como dice la voz que me despierta, el doble de Helena y el mío en vez de estar aquí, en nosotros mismos como yo creo, viéndonos vivir y morir, están realmente en otro lado, ¿continuarán  ellos la vida que  no supimos seguir, o morirán castigados el uno por el otro?

Alguien debería advertirles el peligro. 

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