domingo, 7 de mayo de 2017

LAS TRES HILANDERAS

                                   



 Las tres hilanderas se apresuran.


Tres porque, hadas o brujas, siempre fueron tres las que tejieron o hilaron a la hora de meditar y proyectar de las mujeres.

El tiempo aprieta. Delgadísimas, casi transparentes como las hadas de los cuentos, van por las calles subterráneas al encuentro de quienes las apoyan para liberarse del tirano.

Éste se hace llamar Tyranus Rex. Hace años ya, heredó un poder que considera un juego. Ignorante y necio, alguna vez oyó un nombre parecido y sin saber a qué se refería, le sonó importante y grandioso, digno de su persona. La seda natural es su debilidad, pero detesta la seda industrial. Para  uso personal, que incluye desde su vestimenta a toda la ropa de palacio, Tyranus Rex exige la seda tejida y teñida por estas tres mujeres; las últimas en el mundo conocido que saben hacerlo.

Nadie, en varias generaciones quiso aprender el oficio. Es una vida sin comodidades, en ambientes húmedos y cerrados, con inmensos criaderos de gusanos, moreras para alimentarlos y cortinas de murciélagos que cuelgan de los árboles y de los techos para hacerse cada noche de su alimento. Expuestas al aire malsano, se saben enfermas. Parte del plan consiste en usar su enfermedad como arma.

Desde que Tyranus Rex promulgó la ley de Protección a la Vejez, la población vive entre el pánico y una viciosa comodidad. Muchos  lograron emigrar. Otros, no pudieron;  otros aún, creyeron que  les solucionaba la vida.

La ley de Protección a la Vejez impone que a partir de la jubilación, inspectores gubernamentales hagan visitas periódicas a los pensionados y tomen nota  de sus gastos, de sus gustos excesivos.

A los setenta años exactos, una comisión especial les lleva una enorme torta de cumpleaños, de la que deben comer  al menos dos o tres porciones. Cuando ya están drogados y adormecidos, llega  con gran pompa una limusina que los traslada al Hogar de las Sombras. De ahí en adelante el Estado administra su pensión. Techo, alimento, vestido, salud y hasta entretenimiento le serán provistos sin que tenga que  elegir. A eso se le llama Homenaje en Vida.

En señaladas ocasiones pueden recibir visitas de consanguineos. Jamás un amigo, un compañero de trabajo, una vecina cariñosa. No hay en el Hogar lecturas, celulares u ordenadores personales; sólo una inmensa pantalla donde se proyectan dos horas por día  programas llamados “Hora de descanso mental de nuestros abuelos”. Si algún recién llegado se aventura a conversar con otro, se los persigue como en una cacería con ruidos  muy violentos de sirenas y bocinas hasta que escapan como liebres asustadas a la soledad de sus dormitorios. Algunos llegan a perder la palabra.

En poco tiempo la población vio la trampa. Varios hackers se hicieron inmensamente ricos entrando en la base de datos del reino y cambiando las fechas de nacimiento y hasta las fotos de aquellos que podían pagarlo. Pero eran soluciones individuales y momentáneas.

El plan de las hilanderas es más ambicioso.  Ante todo, hicieron un sacrificio personal. Enfermaron de tuberculosis y tosieron tanto sobre las piezas de seda que iban a palacio, que contagiaron a todo el gobierno.

Se acerca el cumpleaños de Tyranus Rex.  Otra vez aparecerán los afiches con la foto única de su asunción al poder.

Los médicos no llegan al diagnóstico correcto: creen erradicada la enfermedad hace cientos de años y no la tienen en consideración. Pero ya uno de ellos viaja a un país vecino en busca de ayuda y de medicación apropiada.


Durante la reunión en las calles subterráneas para que los drones de vigilancia no los vean, se acuerda que un hacker de absoluta confianza  cambie las fechas del tirano, sumando años. Un enfermero se encargará de tomar una foto actual del gobernante para que de manera automática se impriman los afiches de cumpleaños con los nuevos datos.

El día señalado la ciudad amanece con la imagen del dictador  envejecido, pálido, sumido en almohadones de seda.

El pueblo entero exige que se le lleve la torta de Homenaje en Vida. Casi no hay discusiones.  En su limusina de oro parte a un Hogar de Sombras. Como no puede tenerse en pie, para que no caiga, se lo sujeta   en una silla de ruedas con vendas de seda.

Los ancianos recuperan sus afectos, su libertad y su voluntad.

Sin ruido, las tres hilanderas se internan. Aunque aceptan la muerte,  desean con fervor que las medicinas lleguen a tiempo también para ellas.