lunes, 14 de mayo de 2018

LA CUEVA ES DRAGÓN


Nadie
nos ampara
de la sombra
¿Pero quién nos ampara de Nadie?
                     Víctor Redondo

El dragón es cueva.

Hay una hora, la del llanto del sol deshaciéndose en el horizonte que muchos llaman “la hora del lobo”, en la que día a día mi dragón abre sus alas, se hace cueva y me adentra.

Sólo mucho más tarde una luz tenue, transparente, vendrá desde otros seres hacia mí, trayéndome descanso.

Adentro de mi dragón-cueva hay muchos caminos, corredores y desvíos que mienten un destino. Ellos mismos son llegada.

Los hay cada vez más oscuros, húmedos y fríos; otros cercanos a su corazón,  calurosos, ardientes, con promesas apasionadas pero llenos de fuegos fatuos.
Están los  que parecen ser sus garras, donde se incrustan las piedras preciosas del mundo que apenas vislumbro y quisiera sacar a la luz, pero que me desgarran cada vez que lo intento.

En cambio, en la covacha que le sigue encuentro trastos viejos acumulados a lo largo de la vida. Alguna vez brillaron como valiosos y hoy son plásticos rasgados, sucios, malolientes como deshechos de animales de albañal.

Alguna vez he creído caminar por una larga lengua de fuego cuyas paredes rugían lo innombrable  que el dragón no me permite olvidar.

Quizá pertenezca a alguna de sus alas un corredor silencioso de luz amarillenta contra la que se recortan las siluetas sin rostro de los muertos. No se miran ni se perciben entre sí; no hablan, están. Saben que veo sus sombras. Esperan que dé un paso más en mi oscuridad para pasar un mensaje que anhela, como en la cueva de las manos,  ser descifrado algún día.

Hay noches en las que no puedo ir más allá de mi alma y me encuentro en esos corredores de actos y deseos envilecidos por la avidez de una felicidad mentida en la representación. Es cuando clamo por estrellas, pero no las merezco. Cuando quisiera haber pensado lo que no supe pensar; haber sentido lo que no supe sentir; haber querido lo que no supe querer.

En  corredores de rocas que se apartan ensanchando un pasadizo cada vez más oscuro y sin límites, temo que hasta el suelo se abra bajo mis pies. Sin embargo, en ese desierto sin luz y sin guía, lugar de la soledad que exige un grito para confirmar que estoy allí y que no he muerto todavía, ronca una respiración pesada, lenta, que no se oye pero se siente.

Hay partes en las que el granito brilla como mojado de lágrimas a la extraña luz de relámpagos hechos de la mirada de los otros, y aun así es más compañía. Tiene voces de culpa y de pena. Sí, al menos tiene voces.

En otro pasillo de infinitos hilos tejo y destejo todos los errores, malos sentimientos y rencores que me alejan de los otros. Al tejerlos y destejerlos se hacen cada vez más finos, delicados, de brillo sedoso, y ya no queda casi nada de lo cortante y áspero que nos aparta.

Claro que pienso muchas veces en Penélope. ¿Estaba cansando a sus pretendientes o  estaba intentando que el hilo de los resentimientos y reproches a Odiseo por un abandono que duraba años dejándola como botín de guerra a hombres ávidos y codiciosos, fuera haciéndose tan fino como para tejer el manto más suave del perdón y del olvido, y así esperarlo renovada por haber vencido sobre sí misma?

Me pregunto hasta el infinito por este dragón que cada tarde abre sus alas, se hace cueva y me adentra. ¿Qué quiere de mí? ¿De qué le sirve este rito cotidiano? ¿Acaso él también  es  prisionero y guardián que espera que lo liberen luego de cumplir un deber que es instinto, que ya no le importa; con el que creyó ganar un cielo y ahora sólo quiere dejarse a sí mismo, salirse por sus fauces, por su fuego, por sus garras, escamas y espinazo, pero sobre todo por  sus ojos?

¡Ah, los ojos del dragón! A veces siento que me miran muy fijo, quietos, sin parpadear, en espera. ¿Observan? ¿Piden? En todo caso no amenazan. Se sienten  seguros. Sin embargo, algo quieren.

Algo que debe salir de mí hacia mí cuando lo mire con sus ojos y los sepa míos, cuando ame esta soledad terrorífica de nadie.

Entonces no me dejará ir, será él quien se vaya. Levantará las alas volviendo a su lugar de origen y destruirá la cueva.

Me dejará desnuda.

Al irse, tal vez se desprendan de sus garras  las piedras preciosas que me dio la tierra, y  empiecen a brillar para todos.

Sabré lo que es luz.

2 comentarios:

  1. Buenas, Juana.

    Un relato muy profundo y filosófico. Quiero entender que esa cueva y ese dragón somos uno mismo con nuestros problemas, pasado y conciencia... Si no lo he entendido bien, disculpa.

    Me ha gustado leerlo, no creo que sea una lectura sencilla, pero está bien hilado y escrito.

    Buen trabajo.

    Un saludo.

    IreneR

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  2. Dejarte saber que he pasado a leerte. No te dejo aquí comentario, porque me extendí en aquel otro temporal lado... Un abrazo.

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