DEJARLO TODO
Pacha- mama,
Pacha-mamita,
diz q’hemos
de hacerte daño
diz que los
godos vienen.
A robarte
vienen
Levantan los
sembradíos
Comen
nuestros cabritos
Beben tus
puras aguas.
Así va murmurando el viejo, como rezando, mientras lo
arranca todo, hasta el último hierbajo de raiz. Mata los animales que no podrán
llevar en pie, los carnea y se lleva hasta los cueros. Dejará sólo los huesos
que muestren desolación pero que tarde o temprano alimenten la tierra.
Emponzoña los pozos de agua y los tapa.
−Perdóname,
agüita clara…
La madre del
pobrerío trae mensajes en el ruedo de su vestido. Avisa por dónde
galopa el enemigo. Entonces, Don Martín su hermano, al mando de los infernales sabe cómo correrlo con
fusiles, cuchillos y ponchazos que lo cieguen en el viento.
Belgrano, entre tanto, los hará dejar todo atrás. Hoy
o nunca es la independencia de su tierra.
“ Tierra
arrasada” ordena el General.
−Han de matar sus monturas
Si es q’ellos
quieren comer
Ni una gota
de rocío han de hallar para beber.
Cargar burritos y mulas con alforjas llenas de granos
y provisiones, arrear animales. Ayudar a los más débiles, a las mujeres y a los
changuitos más pequeños a trepar a carros con mantas y provisiones, y por fin,
dolor, dolor, quemar hasta el último rancho de barro y paja.
Dejar la puna.
Mirar atrás: San Salvador del Jujuy desaparece tras el
humo negro, y el humo toma formas monstruosas entre las lágrimas.
Andar, andar. Pasar varias noches antes de volver a
ver la luna sobre la cordillera. El silencio es el compañero. Nada que decir,
nada que cantar. Juntar los pasos durante quince días de camino en la sangre
que va y viene del corazón a la cabeza, a las piernas y a los brazos para todo
lo necesario pero no para la alegría. No todavía.
El éxodo es tan árido como el desierto mismo. Anudado
a la cintura hay un hilo largo, invisible de lana de alpaca o de oveja que ha
quedado atado a las brasas de la tierra.
A veces un pajarito o una palabra cotidiana traen toda
la ilusión de volver a encontrar el vergel
grabado en la memoria para no olvidar el propio paraíso.
Llegando a San Miguel de Tucumán, los pies cargan
polvo desde Jujuy pasando por Salta, en
los fogones empiezan las coplas, los cielitos burlando al rey Fernando.
Belgrano pasa los partes del Capitán General al otro lado de la cordillera, los
triunfos de las guerrillas de los gauchos de Güemes, los infernales; y también
una noche habla de las órdenes que recibe de Buenos Aires:
−La orden de la Asamblea es que bajemos todos a Buenos
Aires.
Fue como si se apagaran los fuegos y las estrellas de
golpe. El pobrerío se distanció a sus tiendas; algunos señores tucumanos invitaron
a Belgrano a “razonar”.
Pacha-Mama,
Pacha Mamita
Otra cosa te
juré
Cuando t’hice
tanto daño.
Era por la
libertá
Era pa’volver
a’cer nuestro
Todito el
pago.
No son míos
esos Aires,
Ni tampoco
son tan Buenos-
¿Es q’iunos
quieren lo uno
Y los demás
lo del otro?
Nosotros
abandonados
Pagando por
dejar la Pacha
En barro seco
arrugada.
En San Miguel de Tucumán el aire se corta con
cuchillo. Muchos quieren desaparecer en
la montaña, y hasta dejarse matar si topan un godo
Que no, que no, que no es esa la manera; que no es por
gauchos y cholos, no es por changos y
chinitas, es por la Pacha mesma. Sola no va a verdecer. Se nos va a morir la
Pacha. Las montañas no tendrán valle pa’ proteger. El sol la seguirá quemando.
La luna no tendrá más que negruras pa’iluminar. El viento llevará polvo, y
nosotros a llorar por lo que l’hemos quitado.
Quién le llevará a Macacha hasta Salta la pregunta,
¿Qué se dice, que se calla pa’ convencer a un letra’o?
No hará falta tanto viaje, ni gritos, ni muerte
alguna, el General bien comprende que no sabrán quienes son, ni para qué se han
venido, y que de tanta mentira llevan el corazón perdido. Enfermo está. Nada
tiene. Todo entregó y atrás queda, pues pronto dejará este mundo.
Noticias llegan del Norte. Los godos vencidos van.
Junto al fogón esa noche una caja empieza a sonar, lenta,
paso a paso como un aviso, y una voz vieja y triunfante, se eleva al cielo a
cantar:
Todos quieren
que me muera
Di adrede no
vi’a morir
Pa’l año como
el coyuyo
Cantando les
vi’a salir.*
(plbs 751)
_______________________________
A María Magdalena
Güemes, hermana de Martín Miguel de Güemes héroe de nuestra independencia, le
decían familiarmente Macacha. También era conocida como la madrecita del pobrerío por proteger a los pobres de Salta. Tan
comprometida como su hermano en las guerras de la independencia, hizo
espionaje, cosió uniformes, protegió heridos y se cuenta que atravesaba las
filas realistas con mensajes cosidos en el ruedo de sus faldas.
*Copla
norteña.
Coyuyo: una especie de cigarra de tamaño bastante
mayor que habita el norte argentino.

¡Hola! Muchas gracias por participar en el Concurso de Relatos 50 ed. en El Tintero de Oro. ¡Suerte!
ResponderEliminarHola Juana, una historia muy interesante y esta señora no la conocía. Es un placer aprender contigo un abrazo.
ResponderEliminarHola, Juana. Cuánta añoranza y elegancia destila tu relato, y amor y orgullo por la tierra patria; todo ello mientras narras un episodio de la guerra de la independencia argentina con un lenguaje muy propio de allí y de la época. Te ha quedado muy bien, me ha gustado mucho. Enhorabuena, te felicito.
ResponderEliminarTe deseo mucha suerte en el Tintero.
Un fuerte abrazo.
Hola, Juana. Un episodio de guerra contado de un modo muy dulce y con mucha ternura, pese al fondo tan duro que tiene. El relato desprende poesía. Precioso.
ResponderEliminarUn relato de rebeldía y práctica de aquel recurso de tierra quemada. Me resultó un poco difícil de seguir, supongo queme falta contexto y vocabulario. Lo tuve que leer dos veces, pero eso , según mi criterio, personal e intransferible, es un merito.
ResponderEliminarabrazooo y suerte
Gestas de independencia, con heroes salidos del anonimato pero con roles cruciales a la hora de mostrar bravura y fidelidad a sus generales.
ResponderEliminarlas guerras han dado forma a este continente. Y sus heroes...
nuestros padres y madres
mis felicitaciones un gran relato.
ResponderEliminarHola Juana. Un relato que es poesía, una guerra a la que se ofrenda todo para recuperar la Pachamama, un general que es el valeroso defensor de su pueblo, una valiente Macacha que se juega la vida por proteger la de los pobres de Salta y un pueblo capaz de todo por su patria. ¡Bello ejemplo que debería formar parte de la reflexión diaria del hombre moderno!
ResponderEliminarUn abrazo, Marlen
La crueldad de la guerra frente al valor del pueblo anónimo y patriota. Desgarrador y poético. Felicidades.
ResponderEliminarHola Juana nos cuentas un capítulo de la historia contado con delicadeza y rebeldía la de tus protagonistas.
ResponderEliminarBien contado
Un abrazo
Puri
Hola Juana. Retratas con fidelidad la miseria de la guerra, esa política de tierra quemada para no dejar nada al enemigo que al final se vuelve contra el pueblo, el lamento de las gentes por ver sus tierras arrasadas y sus reses sacrificadas, los pobres que ya lo eran lo serán más al término de la contienda, solo ganan los señores, cambian las posaderas que calentarán los sillones, el resto seguirá igual, o peor. Todo con un lenguaje muy de época, adaptado a las coplas con las que adornas el texto. Un abrazo.
ResponderEliminarHola, Juana! Cuanta emoción en tus letras! Me alegra que hayas elegido a Macaya, personaje no tan conocido como su hermano, pero igual de necesaria y valerosa. Un abrazo
ResponderEliminarHola, Juana. Me quito el hipotético sombrero. Qué historia tan potente, con ese estilo tuyo que te agarra y no tienes más que sumergirte. Me encanta esa manera de hablar, les da a los personajes, o a la narración en este caso, una identidad distinta. Y las palabrejas. Me gusta mucho Manu Chao, y gasta mucho esos vocablos. Me encantó el relato, tiene mucha fuerza, y salta de lo convencional para aferrarse al sentimiento. Te felicito!
ResponderEliminarUn abrazo