viernes, 9 de abril de 2021

EL CASTILLO

 Podéis usar esta imagen para acompañar al relato, si queréis



En medio de la pampa cercana al mar, está la estancia de la que desde hoy es señora, llamada  pomposamente “El Castillo”. La casa principal de estilo inglés, imponente con dos torres a los lados quiere imitar  alguna vieja reliquia de la época feudal. Una veleta con un gallo en la punta luce sobre la cúpula central.

La adivina había recitado: «Tu suerte está en un castillo. Las cartas dicen felicidad, liberación y muerte, en ese orden; pero hay algo oscuro en esa tierra.  Cuidate de El Loco.» Ella rio entre incrédula y feliz.

Hay una pausa en el aire.

Algunos novísimos automóviles negros, brillantes,  temblorosos al andar  se detienen cerca  de los coches de caballo. En el gran parque los invitados pasean  bajo un cielo pesado y húmedo de fines de verano que presagia tormenta. El vaporoso velo de la novia se mueve como una nube amigable, en tanto el novio con su habitual empaque de señor y patrón conversa con figuras reconocidas de la sociedad.

En el salón principal, la mesa del banquete de bodas espera reluciente de cristales y porcelanas de Limoges.

Llega un jinete solitario, el chambergo haciéndole sombra  a los ojos. Entrega las riendas y un mensaje a un chiquilín hijo de un peón, y desaparece en la torre-este sin sumarse a la reunión.

Un rayo cae en seco sobre el horizonte. Todavía no hay muchas nubes, pero el calor de los asadores atrae las moscas. Mientras las manos saludan al aire, los pies comienzan a zapatear y a restregarse uno con otro: las hormigas invaden todo.  Poco a poco aparecen cascarudos, caracoles. Luego vendrán las arañas pequeñas que caen en sombreros y rostros, orugas. Todos tratan de  protegerse. Los invitados se amontonan bajo el primer techo huyendo de abejas y avispas. Es inútil, los insectos los persiguen con saña. Gritos  de las damas, gestos bruscos de los caballeros buscando alguien a quien reclamar.

En tanto los novios, recibido el mensaje,  alarmados, sorprendidos, mantienen un diálogo mudo. Hay fastidio y reproche en los ojos de él; temor y pedido de ayuda en los de ella que acentúa su súplica apoyando la mano en el brazo de su esposo. Él se desprende como tratando de espantar una mosca más, vuelve la cabeza buscando un amigo para retomar una conversación frívola. Ella lo mira dolorida, desencantada, y se aleja  hacia el inesperado visitante. El velo se mancha de insectos que no pueden desprenderse.  El chico la sigue asustado. 

El inframundo avanza.

Un trueno. No, es un tiro. Otro. La caída de un objeto pesado.

Apenas el tiempo que demora en alejarse el estupor,  la novia recupera su nombre, Delfina.

Ahora, perseguidos por las avispas todos corren hacia la torre.

Hernán (hasta hace un momento el novio) camina con más odio que urgencia. Entre varios han levantado el cuerpo de Delfina envuelto en el velo  ensangrentado. Un médico  le toma el pulso mientras acompaña el paso de los que la cargan a un coche de caballo que lo llevará con la novia moribunda y sus padres al pueblo más cercano.

Hernán casi no la mira, se abalanza sobre Rufo (el jinete misterioso) herido en el hombro izquierdo con su propia arma. Quiso suicidarse, pero Cipriano, el niño, lo desestabilizo pegándole en las piernas con el primer objeto que tanteó en la oscuridad. Rufo suelta el arma, se endereza apenas; varios hombres lo sujetan. Otros apartan a un Hernán enfurecido.

Aterrados por  zumbidos y  picaduras, inservibles en la tragedia, los invitados huyen en sus automóviles o en los coches de caballo hacia  el camino que lleva a un mundo de seguridades ficticias y distintos demonios.

La policía  no  llegará hasta el día siguiente. Los peones llevan a Rufo a una habitación de la torre-este. Limpian la herida y vendan el brazo. Lo  sujetan a la cama y cierran las puertas con llave. Acompañan a Hernán a las que serían las habitaciones nupciales en la torre-oeste.  Alguien esconde el arma de esos ojos de odio.

Avanza la tormenta, desaparecen las abejas y las avispas, pero un ejército de murciélagos salidos de árboles huecos  sobrevuelan El Castillo  amenazantes. Desde los cuatro puntos cardinales soplan todos los vientos. Se entrecruzan,  cada vez con más violencia.  En su dormitorio,  Hernán bebe mirando sin ver las llamas de un fuego que se enciende solo  en la chimenea.

Las ventanas se abren, los cristales estallan,  las cortinas levantan vuelo allí donde Hernán cree ver a Delfina con su velo ensangrentado por el reflejo de las llamas.

—¡Volviste! Ya ves, no logró herirte tanto.

Las cerraduras no resisten. Los goznes de las puertas repiten un grito sordo de queja, y lo invitan a seguirla.

Siempre por alcanzarla, él se aventura en la oscuridad del eterno pasillo que comunica las dos torres.

—¡Esperame! Quiero amarte, besarte…

En la torre-este, Rufo despierta sobresaltado. También él cree verla.

¿Me llevarás contigo? Donde estés quiero estar.

Pero le parece que Delfina se aleja.

—¡No, no con él, nunca con él! suplica con voz desgarrada, mientras se suelta de las ataduras y  avanza a la negrura tras una pálida llama que escapa.

Las puertas y ventanas se baten en un  interminable aplauso ante la risa siniestra del chirriar de la veleta.

La policía encuentra a los dos hombres muertos a medio camino del largo pasillo; semidesnudos, los ojos  abiertos al horror,  los cuerpos casi entrelazados.

Alguien dice:

Parecen abrazarse.

 
















domingo, 14 de marzo de 2021

EL ZAMBO

 








¿A dónde? Hay solo ruinas de un viejo convento junto al río. ¿A qué quiere ir allí, abuelo?

A morir. Ese es el lugar donde debí morir.

Los nietos del zambo Cabral se apenan, sacuden la cabeza como diciendo «delira»; suspiran, pero buscan un carro en el que acomodan algo de paja para llevarlo.

Ágil, silencioso y rápido como su padre, ensartaba los peces de un golpe, y con apenas un reflejo sabía esquivar yacarés y lampalaguas. De su madre tenía el color, dientes blanquísimos y una voz que atravesaba la selva a la hora de cantar.  Había sido reclutado para formar el Regimiento de Granaderos a Caballo que iba a luchar por la independencia. El orgullo de acompañar al Coronel San Martín en la batalla se le escapaba en la luz de su sonrisa. En Buenos Aires desdeñó las críticas que despertaba su jefe. Juró defenderlo a muerte.

Dos días antes de partir para San Lorenzo, unas fiebres malignas se apoderaron de varios soldados. El médico no supo diagnosticarlas pero aconsejó que no fueran de la partida.

En San Lorenzo, a poco de amanecer, las bombardas enemigas disparan sin descanso. Una da en el caballo de San Martín. Preso por el animal, se defiende hasta que tres soldados enemigos lo rematan a bayonetazos.

Las derrotas no se cantan.

Cabral salió de sus fiebres consumido y triste. No fue soldado. Cada amanecer, como en una oración repetía: «debí estar ahí, debí estar ahí.»

 

El punto Jonbar es la supuesta enfermedad de Juan Bautista Cabral. Ningún otro soldado es bastante rápido para interponerse entre San Martín y sus enemigos. De haber muerto San Martín, la independencia sudamericana se hubiera dado en condiciones muy distintas quién sabe cuánto después. Y jamás se habría escrito la Marcha de San Lorenzo.

Zambos se llamaba a los hijos de indígenas y africanos.







jueves, 11 de febrero de 2021

DOBLE DE TANGO

 

 Todas las frases en bastardilla son versos de distintas letras de tango.


                       DOBLE DE TANGO

 

 

 

 

 

«Volver, con la frente marchita», canturrea en su mente con amarga ironía.

Presencialidad discontinua por pandemia dijo el jefe, y él en plena crisis con Margarita que según se  imagina, debe estar poniéndole los cuernos con ese profesor de tango que le enseña tantos cortes y quebradas; eso sí con barbijo. Quiso  darle celos con Marta que nunca le llevó el apunte, pero ahora ni siquiera la verá en la oficina. Menos mal que desde hace unos días está Toby, el cachorro que le trajo su hermana del campo. En el peor de los casos no se quedará solo. El loro es de ella, pero todavía recuerda aquellos tiempos en los que juntos le enseñaban a cantar tangos, y se reían oyéndolo repetir: «que al mundo nada le importa, yira, yira». Pasado. Todo es pasado. Sueña con una cerveza bien fría.

Llega. Aquello es peor de lo que imagina. Toby se abalanza a recibirlo. En el living, los almohadones preferidos de Margarita están despanzurrados en la alfombra.

¿Qué hiciste, che? ¿No sabés que nos va a matar?

Toby mueve las orejas y pone ojos de “yo no fui”.

Armando oye la ducha y lanza un hola desde lejos. Por supuesto, no hay respuesta.  Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo, todos manoseaos. Cerveza en mano se deja caer en el sofá.

El grito del loro lo despierta, «te vi pasar, sonriendo altanera…»

 Margarita sale taconeando. Le echa una mirada despectiva:

¡Haragán, si encontrás al inventor del laburo,  lo fajás! Limpiá el desaguisado que hizo tu perro con mis almohadones, y esperame con la comida en la mesa.

Ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot replica tanto como para tener la última palabra.

Margarita sale pegando un portazo.

Con bronca busca la aspiradora y empieza; pero el loro que es de ella, claro que es de ella y no perdona, sigue el tango: «al campo a cachar giles, que el amor no da pa´tanto, a ver si se entrevera porque yo ya no lo aguanto…»

—¡El que no te aguanta soy yo, bicho de mierda! Lo amenaza con la manguera de la aspiradora. El loro salta a la percha más alta de la jaula y se calla.

Terminada una limpieza superficial, busca la correa del perro y lo lleva a caminar. Los pies lo llevan solos. ¿Cómo olvidarte en esta queja, cafetín de Buenos Aires, si sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja?

 

Margarita, muy lejos de encontrarse con el sospechado profesor de tango, se refugia en su amiga Sonia en busca de consuelo y le cuenta sus propias dudas:

Según dicen las personas de buen gusto, ese esperpento que su amor me ha disputao es un bagre que a cualquiera le da un susto, si lo encuentra por la noche y descuidao.

Sonia la tranquiliza. Ella ha investigado a fondo, y  solo se trata de inseguridades de su marido por celos, por el laburo, por la pandemia. De todos modos, siempre es mejor mantener al rienda corta y mostrar pilchas nuevas.

--Tranquila, son todos iguales --dictamina Sonia segura de la profundidad de su sentencia.

A esa altura de la noche, Armando está borracho con la cabeza sobre la mesa del bar murmurando apenas Mozo, traiga otra copa. Toby, sujeto a una reja, se inquieta. Llovizna. Margarita sale a buscarlo. Sabe muy bien adonde ir. Paga la cuenta y lo ayuda a levantarse. Él, en cuanto la ve, lucha por su perdida dignidad:

—¡Varón, pa´olvidar agravios porque ya te perdoné!... 

Mientras tanto la garúa se acentúa con sus púas en mi corazón.

Ni bien llegan a su casa, Margarita retoma su voz de mando:

Vos, a dormir la mona en el sofá. Toby a su cucha. Yo, al dormitorio.

Ya sé, no me digás, tenés razón, la vida es una herida absurda… musita antes de empezar a roncar.

A la madrugada Margarita se despierta con frío, tiene necesidad de un abrazo. No un abrazo de tango, un abrazo de Armando en la cama de los dos.

Ya está  se dice los dos tenemos frío, los dos tenemos miedo.

Va a buscarlo.  Vení, decime tu condena, contame tu fracaso…

Toby los sigue y se acomoda a los pies de la cama.

El loro duerme con  la cabeza bajo las alas. 

Chan,chan.


martes, 12 de enero de 2021

¿SOLO CINCO?

 Si



Quédate inmóvil.

La piedra da sobre la cabeza de la culebra. Siento el pecho del muchacho tan duro como la misma piedra. Luego, en el aire, su suspiro.

Pero, ¿cómo la viste? Casi la piso.

Ya sabes,  hay otros modos de ver. Tú confías en tus ojos casi a ciegas, como dicen los que ven. Si se distraen, te dejas morder.

Yo creo que ves y quieres engañarme.

No, sé el color de tus ropas por tu pobreza, no por mis ojos.  Pon atención a los detalles. En la danza vibra tu equilibrio. Los tambores guían tu sentido del ritmo o del peligro, y tus brazos te muestran el espacio. El calor vive en tu sangre y en tu piel. Te encuentras a ti mismo en los sueños, y al otro en la voz y en la mirada que me falta. Pero yo distingo el vuelo del ave al de la flecha cuando los oigo, el murmullo del río de la potente voz del mar, el lenguaje de los dioses en los truenos, las lluvias y los vientos, así como a Afrodita hablando de amor. En mis sueños están los mundos que tú no ves.

Yo canto la memoria. Tú inauguras una época, una red de signos en la que  hombres de otros tiempos fijarán la mirada, y en la que habrán de encontrarnos.

Ahora, toma tu tablilla y labra mi voz: «Canta, oh Musa, la cólera de Aquiles».




sábado, 5 de diciembre de 2020

PREGUNTEN A JUAN DIEGO

 


Podéis usar esta imagen en vuestro relato


«—¿De quién hablan, mamá, Yaya?

De nadie. Nada. ¿Por qué?

No, nada. Pusieron voz rara.

¿Rara cómo?

Como de secreto.

Las niñas no deben escuchar las conversaciones de los mayores.»

Tal como te lo cuento. Durante años. Era un susurro de verano. A la hora de la siesta, cuando se suponía que los chicos dormíamos. Sé que escuchaba un nombre de mujer, pero nunca  entendí bien o lo olvidé.   Murió la Yaya y nunca más oí a mi madre hablar con nadie de ese modo. Pero hasta pasados mis veinte años soñé con la mujer de esta foto, diciéndome «pregunten a Juan Diego». Mi madre  me dijo que en la quinta de su abuelo había un indio que cuidaba los caballos llamado así. Nada más.

¡Yo que creía que eran solo sueños, y la dama estaba entre fotos, cartas, encajes,  en el arcón! ¡No hay como mudarse para que empiecen a aparecer fantasmas todos los días! Debería tirarla ¿no? Si no sé quién es ¿para qué guardarla?

¿Pero, no querrías averiguar al menos con quién soñaste tantos años? Decís que esta mudanza es un cambio de vida. Sería bueno saber qué dejás atrás.

No, no.  Tuvo que ver con  abuelos o tíos pero no conmigo, ya está. Mi tema es Dalmiro que quiere hijos ya, y yo después de ese embarazo perdido no me siento capaz de cuidarlos.

¿Y los sueños?

Sueños son, como dijo Calderón. Tal vez a mis veinte años cuando todos estaban  vivos,  habría sido bueno buscar a Juan Diego y preguntarle por esta mujer. Aunque  como de costumbre, nadie preguntaba nada. Era más alta que mi Yaya, pero se le parece  ¿no? Pasame esa caja. Cartas, documentos, tarjetas postales. ¡Esto es la vida eterna!

Una catarata de lágrimas. Ángela la abraza.

¿Qué pasa?

Es un agobio terrible.  ¿Será la vieja historia de la niña enamorada del sirviente? Pero, ¿por qué decía «pregunten a Juan Diego», y no « me dejó» o  « me sedujo», por ejemplo?

Creo que ese indio debía saber algo que por algún motivo  calló muy bien. ¿No queda nadie de la familia de tu Yaya?

Sí, tengo una tía abuela que ya está muy mayor, pero quizá su hija sepa algo o pueda preguntarle. Ya veré. Tengo mucho que resolver antes del viaje. Mudarme, dejar el poder para la venta de la casa, ordenar  lo que queda y lo que haya que pagar mientras no estoy. Es mucho. Dalmiro se queda con la gata. También a ella la abandono.  No sé si algún día aprenderé a cuidar.

Basta con eso. A dormir.

A pesar del cansancio, Leonor no duerme. Al amanecer se abalanza sobre la caja de cartas y postales como si la vida le fuera en ello. La cosecha es prometedora: Una foto en sepia ya muy borrosa  de cuatro criaturas, tres niñas y un varón de ojos tristes vestidos de luto, apenas un encaje blanco en los cuellos. Hay otra del bisabuelo con botas y fusta en mano a punto de montar un caballo que un niño de rasgos indígenas sostiene de las riendas. «Este debe ser Juan Diego, parece menor que los  hermanos.» piensa.  Se impacienta. Quiere vaciar la caja de una vez y al mismo tiempo leer todas las cartas y postales. Hay una con un paisaje marítimo dirigida a Rita y firmada por su abuela:

Cuidado Rita. Acordate de Amalia.” Nada más.

En el fondo de la caja, un sugestivo  sobre azul. Hay una comunicación de la Superiora de un convento donde renuncia a hacerse cargo  de alguien que no menciona, e invita al bisabuelo a ir  a aclarar la situación; también hay un certificado  con sellos y firmas municipales donde consta una donación al hospicio de la ciudad. La fecha es  pocos días después de la carta de la monja.

Es hora de  ver a Rita con sus descubrimientos en la mano.

Ante la foto de los niños, Rita suspira, 

El luto por mamá.

Después Leonor muestra la postal.

Nada, mujer. No recuerdo. Pavadas de adolescentes.

Pero, ¿quién era Amalia?

La mayor. No la recuerdo. Yo era muy niña cuando se fue.

¿A dónde Rita, por favor? Mirá, traigo una carta de un convento dirigida al Tata, ¿sabés algo?

Ahora que pienso, una vez oímos al Tata gritar enojado como nunca encerrado en su escritorio. Creo que Amalia estaba con él. Aullaba algo como: «Estás loca, es mi amigo,  ni más ni menos que el Presidente ¿cómo pretendés que te crea? ¡Mentirosa! ¡Mi hija una mujerzuela loca! » Al día siguiente Amalia no estaba más. Sé que Delia, tu abuela, le mandaba cosas con Juan Diego una o dos veces al mes, pero la última vez el indio no volvió. No supimos más de él. Dejá el pasado en paz.

No puedo, tía. He soñado con esta adolescente  como con nadie en mi vida.

El convento ya no existe. Queda el hospicio.

Va, determinada, temblando. Consigue que busquen en los archivos. Finalmente encuentra una carpeta con el nombre de la tía abuela perdida.

Fecha ilegible: Menor de edad. Signos de recién parida. Delirios de grandeza. Se cree amante de un Presidente y lo hace padre del hijo que no trae con ella.

Otra hoja, otra letra, otra tinta: Actual delirio, «Juan Diego sabe. Pregúntenle.»

Defunción (otro borrón de tinta): Intoxicación. Nadie reclama el cuerpo.
















sábado, 7 de noviembre de 2020

BAJO EL VOLCÁN (con perdón de Lowry)

 



Alrededor de mil años después de la archiconocida competencia entre la Liebre y la Tortuga, dos ejemplares de ambas especies se encontraron nuevamente en la pradera bajo un volcán.

Las dos masticaban hojas de su preferencia. La tortuga protegiéndose de la excesiva luz bajo un arbusto; la liebre buscando las hierbas más tiernas para su alimento. Hacía buen tiempo y ninguna  sufría dolores o preocupaciones. Cierta dosis de aburrimiento sobrepasaba los límites de herencia y costumbres, y se filtraba en esa felicidad. Fue la Liebre, siempre dispuesta al movimiento, quien soltó la propuesta:

      ¿Y si  volviéramos a intentar la carrera de nuestras abuelas? Me gustaría restablecer el honor de las Liebres. Después de todo ya no somos las mismas.

      Por mí, no hay inconveniente. Pero no creas que somos tan distintas de nuestra especie. Yo tengo  los antecedentes por todos conocidos y la sabiduría de la edad que me ayudan.

      ¡Ja! Quizás mis patas sean más rápidas que las de mi abuela, soy joven y traigo cambios y velocidad, ¡sabihonda! gritó la Liebre.

      La tierra es la que cambia, nosotras nos adaptamos murmuró la tortuga echándose a andar.

La liebre seguía comiendo hierba gozando del sol, algo sobradora, segura de su glorioso futuro. Las dos actuaban de acuerdo a sus instintos.

De pronto, ambas sintieron un temblor. Continuará.


domingo, 4 de octubre de 2020

¿CUÁL ES EL PROBLEMA?





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No entiendo cuál es el problema. Usted es abogado, explíquemelo. Antes de defenderla, tendría que oír la otra campana, creo yo. Era tan dulce, tan adaptable cuando nos conocimos. Siempre dispuesta a darme el gusto. Recuerdo un domingo de recién casados. Mientras leía el diario me dieron ganas de comer huevos fritos.

¡Quiero huevos fritos! —le grité a través de la puerta del baño donde estaba terminando de ducharse. Salió corriendo hacia la cocina con el pelo mojado y a medio vestir para darme el gusto. Era tan servicial entonces.

Es verdad, me avisó que estaban en la mesa pero ¿es que uno no tiene derecho a leer el diario con calma el domingo a la mañana? Cuando me senté a la mesa estaban fríos. Se los tiré a la basura.

¿Fríos, fríos, me servís la comida fría! volví a gritar y me fui al bodegón a comer. Es mi derecho ¿no? Soy un profesional que trabaja toda la semana y merezco comer calientes mis huevos fritos.

Volví tarde esa noche, después de haber ido al cine y a emborracharme en un bar. Como esa, hubo muchas situaciones parecidas y con el tiempo se fue poniendo más hosca, menos paciente más resentida. Pero no por eso yo pensé en divorciarme. Al contrario, quería ayudarla. Ella también trabaja. La oigo: «Además del trabajo de la casa». Pero no se lo digo. Esa es su primera obligación. Por otra parte, cuando quiere que hagamos mejoras en la casa o que salgamos de paseo algún fin de semana, yo le digo:

Habrá que ganar más… porque lo cierto es que  no gana tanto como yo y siempre está proponiendo cosas nuevas. Que por qué no ahorramos para comprar un auto, que por qué no podemos ir al río en el fin de semana, que por qué no invitamos a amigos a tomar una copa, y muchas pavadas más. Me gusta ver amigos, pero me parece que son ellos quienes deberían invitarme, después de todo no trabajo durante la semana para gastar en el whisky que se toman los amigos. Alberto y Matías solían invitarnos los viernes o sábados pero llaman cada vez menos. Alberto se molestaba cuando comentábamos una película. Comentábamos es un decir, yo repetía lo que decía ella porque estaba de acuerdo. ¿Era mi mujer, no? Una vez me invitó a que fuéramos solos a un estreno. Quería ponerme a prueba, estoy seguro Cuando salimos me preguntó qué pensaba. Como me había quedado dormido, no dije nada.

Si te falta el ladero, no sabés nada dijo riéndose.

Es verdad que ella hacía buenos comentarios y yo las más de las veces me quedaba dormido. Después de todo un intelectual  necesita descansar la cabeza de vez en cuando.  ¿Cuál es el problema? No puede ser por eso que quiera separarse. Tampoco porque cuando salíamos a caminar, yo siempre fuera varios pasos más adelante. Solamente tengo piernas más largas, pero se quejaba de que la dejaba sola y no se podía compartir nada.

Le pido que me entienda. ¿Le contó del robo? Era una fiesta grande y nos habían invitado a los dos. Ella iba a sacar las fotos. No quise ir. Había más  gente de su ambiente. No iba a tener con quién hablar así que me quedé. A la madrugada, cuando salió buscando un taxi la asaltaron y le quitaron todas sus herramientas de trabajo. Tuvo que volver al lugar de la fiesta para llamarme. Llorando me pidió que la fuera a buscar. ¿Se da cuenta? Cómo no me iba a enojar, estaba clarísimo que era uno de sus manejos para mostrarme que yo debía haberla acompañado. Se lo dije. A partir de entonces está cada vez más distante y enojada conmigo. Sé que los dueños de casa y otras personas presentes me consideran un monstruo o algo parecido, y hasta he llegado a preguntarme si no será que alguno de ellos, tal vez Alberto no anda medio enamorado.

No, claro que si quisiera engañarme no pediría el divorcio, pero ¿no será una puesta en escena para que yo afloje y vuelva a seducirla?   Porque está claro que con lo que ella gana no basta para mantener la casa y el crío.

Sí, sé muy bien que no puedo obligarla a vender la casa porque no es bien ganancial sino herencia de sus padres que me odiaban. ¿Dice que eso no tiene que ver con la simpatía o antipatía que me tuvieran? Puede ser, pero seguro que ellos querían que yo me fuera. Se los veía en la mirada. Y a propósito, si usted va a llevar el divorcio de su lado, es mejor que no quiera sacarme una buena pensión para el crío que con una escuela pública alcanza; y si me fastidian mucho desde ya le aviso que hay más de una mujer dispuesta a casarse conmigo, y ese día, mire lo que le digo, ese día le hago un juicio por loca y me quedo con el crío. Después de todo también es mi hijo. Aunque no estoy para limpiarle el culo. Soy un intelectual que trabaja toda la semana y precisa descanso. ¿Está claro?