lunes, 10 de abril de 2017

SUSANA Y EL TURISTA

Susana esperaba. Los turistas habían levantado sus cámaras casi al mismo tiempo y se oían los clic, clic de los obturadores.

Iba a ser una visita difícil. “Bobby-junior-behave-yourself” (así,  todo seguido y casi como una letanía sonaba el nombre cuando la madre quería llamarlo al orden), era un adolescente lleno de granos, inquieto, enojado con sus padres y  con el mundo entero, y ya había contrariado cuanto sus débiles progenitores, los otros turistas y ella misma habían hecho para calmarlo.

Dos veces, Bobby escapó por caminos opuestos a los que llevaba el contingente y hubo que recurrir a cuidadores de tumbas  conocidos para que lo buscaran antes de que se perdiera.

 El muchacho le desagradaba profundamente. Sin embargo, aunque le irritaban su falta de respeto, sus burlas y sus malas maneras, Susana se esforzaba por comprenderlo. Decidió desplegar todas las historias que habitualmente encantaban a los visitantes.
El cementerio había sido construido en las épocas de pomposos homenajes a la muerte, por familias ricas del lugar que competían en encargar a escultores famosos las imponentes estatuas con las que iban a recordar por siempre a sus muertos de ayer, de hoy y de muchas generaciones más. Ya no los momificaban, pero querían perpetuarlos en mármol.

 Repasó las principales tumbas por los que los llevaría. La niña cataléptica que murió enterrada viva, los duelistas que cayeron simultáneamente mientras cada uno de ellos creía defender el honor de una mujer que engañó a ambos; la novia que cometió suicidio el día de su boda y que según decían, por las noches paseaba por el cementerio; el héroe de la patria con tantas batallas ganadas; la viuda más bella de la ciudad asesinada por un pretendiente despechado; ¿cuál de todas ellas podría interesar más a Bobby?

«¡Fuck you, deaths!» gritó Bobby.

Eso fue demasiado. Susana furiosa saltó hacia él, mientras el resto de los turistas silenciaban sus cámaras de golpe y giraban en su dirección. Un gato había brincado del techo de una bóveda cayendo en la cabeza del adolescente. Cada vez más enojada, Susana se acercó a los padres de Bobby dispuesta a reintegrarles el dinero del paseo con tal de que se lo llevaran; pero en un segundo el adolescente redobló la  apuesta de su desparpajo y antes de que Susana pudiera detenerlo, se había trepado al techo de una bóveda adornada con la estatua de un Ángel de la Muerte de enormes alas, maullando como el gato y tratando de tomarse una selfie.

Resbaló, se sujetó de la punta de un ala. La estatua,  apoyada sin sujeción alguna, se desestabilizó con el peso del muchacho. Bobby y el ángel volaron juntos hacia el piso de baldosas, acompañados por el extraño sonido que producían varios “oh” que salían de algunas gargantas y una suerte de silbido terrible que se escapaba  de los que se tapaban la boca con las manos.

Susana corrió hacia él. Algunos volvieron a usar sus cámaras. La estatua había caído sobre Bobby, pero de tal manera que en lugar de aplastarlo lo había protegido. Las alas algo curvas del ángel habían hecho un nicho de aire casi abrazándolo. Bobby respiraba y hasta emitía un murmullo constante que parecía una canción de cuna. Mientras le tomaba el pulso, Susana llamó una ambulancia. Le indicaron que tratara de mantenerlo despierto hablándole, sin moverlo.

En cuclillas, ya tranquila y con la gran oportunidad de poner a “Bobby-junior-behave-yourself”  en su lugar de una vez por todas, con una sonrisa apenas sugerida en los labios, le dijo al oído: «Vas a aprender a respetarlos, pibe. Hasta que lo sepas como el arrorró…»

Bobby abrió los ojos y la miró. Susana ahí no más empezó a repetir:
                        “…
                        Serán ceniza, mas tendrá sentido;
                        Polvo serán, mas polvo enamorado.”


Lo dijo en voz baja, con devoción, casi como una plegaria, sin cansarse, muchas veces y cuando llegó la ambulancia, se enderezó y le dijo al médico, «fue un golpazo, pero el ángel  lo protegió».

martes, 10 de enero de 2017

LA SEGUNDA VEZ




Giró al escuchar el grito.  
Quedó sin aire.
Algo líquido corrió por sus piernas.
Un rayo  le atravesó el vientre; el llanto de la criatura en el mismo  grito.

Su niña patalea en el aire, sujeta por un hombre de espaldas anchas.
Quiere seguirlos, pero sus piernas  parecen pegadas en alquitrán a la vereda.
Sigue oyendo el grito desesperado que clama por sus brazos para calmarse.
Tira el bolso ¿o la placenta? hacia adelante.
Entregar lo que sea, ¡su nena, no!

Siete años se agolpan veloces en su cabeza, y se deshacen hacia el futuro como nubes en el viento.

Grita a su vez, y recién ahora le parece que corre.
La niña muerde con fuerza la mano del hombre. Se suelta.
Ella se abalanza,
── ¡Rápido, a casa!
La oye correr.


El hombre gira hacia ella. Tiene algo oscuro en la mano ensangrentada. ¿Un arma?

Se miran.
Ella lee en los ojos de él el terror y la desesperación de los perseguidos por sus propios actos;  el hombre ve en los de ella un instante de perplejidad  ante el arma con que le apunta. 
Con el último aliento, ella parece preguntarse: « ¿ tan corto es el límite del destino?» 

Un calor insoportable. 
Esta vez no es en el vientre; es un fuego duro entre los ojos. 
Cae.

sábado, 10 de diciembre de 2016

APRESÚRESE, BORGES (sin usar el verbo Ser)

Cerrada a las consignas del mes. ¿Qué campamentos? ¿Los de mi primera juventud? Están muy lejos, recuerdos de recuerdos. ¿Qué poetas? Hay tantos tan queridos… Además, suprimir EL verbo. Me enojo conmigo. No sé. No puedo. Lo que escribo no sirve a nadie para nada. Faltaré a la cita. Renunciaré al trabajo que alimenta mis días. Abro al azar un libro de Borges y leo:

           « En vano te hemos prodigado el océano
             En vano el sol, que vieron los maravillados ojos de Whitman;
   Has gastado los años y te han gastado,
   Y todavía no has escrito el poema.»

Así, humillada, avergonzada, me voy a dormir. 
Quiero compartir este sueño con todos los que alguna vez ante la página en blanco sintieron una impotencia y un dolor similares:

«Borges nada en el Ródano», me digo. Pero no. Borges nada en nuestro Atlántico hacia el horizonte, y yo lo miro desde la playa.
Joven, enérgico y sin aparentes problemas en la vista.  Para mi asombro, acaso mi envidia, tiene aire suficiente para recitar o dictar algo mientras nada:

«Agua, te lo suplico. Por este soñoliento
            enlace de numerosas palabras que te digo,
            acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo.
            No faltes a mis labios en el postrer momento.»

Sigo en la playa, pero tal como ocurre en los sueños, cambia el plano y ya no me asombra que alguien que se aleja, esté más cercano a mis ojos.
Clarea en el horizonte donde la luz dibuja otras figuras. Sé, con el saber de la noche, que han estado siempre ahí.
A un lado, a la derecha y algo más lejos de la mirada todavía, Homero organiza una fogata que deberá encenderse en poco rato. Lo ayudan los tres grandes que tomaron sus cantos y sus mitos,  también Goethe, Shakespeare,  algún otro.  

Adelante, mirando de frente a Borges que sigue nadando,  Dante y la sombra de Virgilio  esperan.
Traga agua, tose, manotea como un náufrago. Se transforma en el agua y veo surgir el anciano que todos recordamos con bastón, mirando hacia vagas nubes amarillas.

Homero y los suyos encienden las primeras chispas.

La sombra de Virgilio tiende una mano de cinco caminos hacia el agua, mientras  el agudo perfil del Dante se agranda como un ave imperiosa sobre el mar. Reclama:
──¡Apresúrese, Borges!
──Alighieri, me han quitado el verbo de la Creación, ¿estoy en el infierno?
──No pueden, no se asuste. ¡Apresúrese! ¡Vamos! ¡Hay que encender la aurora!







lunes, 14 de noviembre de 2016

¿CUÁL DE NOSOTROS?

«Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte», es lo primero que oigo cada mañana  al despertar.
Este alerta sólo aumenta mi angustia. Si  mi doble está en alguna parte,  también lo está el de  Helena. Pero espere, debo explicarle porque aún hay otra voz que me persigue por estos pasillos infames; una voz que dice, « Mauricio se mató». Entonces, todo es peor porque estoy aquí hablando con usted.
Siempre fuimos felices. Sin embargo, cuando empezamos a convivir, a tener hijos, a luchar por los sueños de  vigilia,  los proyectos,  mi felicidad  fue trasladándose a la noche. No, no le hablo de sexo aunque era bueno a cualquier hora. Le hablo del mundo en el que vivimos al dormir.
Durante esas horas, ella era  el ser que había encontrado cuando nos conocimos. No se trataba de cerrar  los ojos, comprenda, no eran fantasías  o deseos incumplidos. Al dormirme,  éramos otra vez los que descubrimos en la primera mirada, la esencia de nosotros mismos. Ese era mi verdadero descanso. Amanecía sabiendo que había estado recorriendo el universo con el ser de Helena.
Por un tiempo me bastó. Deseaba que a ella le pasara lo mismo, aunque muy pronto descubrí que  en sus sueños no había nada parecido.
Al despertar, quedaban hilachas de la vida.  
En mi obsesión por  recuperar ese estado de manera permanente, perdí todo: trabajo, amigos,  hábitos cotidianos. Mis hijos me evitaban. Siempre  callados, mirándome, deseando  que me fuera.  Me decía que no quería molestarlos, pero en verdad solo quería dormir para encontrar a mi mujer; la verdadera.
La otra, la diurna, trató de ayudarme con toda la batería que el mundo ofrece: médicos, psicólogos, técnicas de meditación,   ocupaciones  que no me gustaban, comprenderme, rebelarse, exigirme. Por fin, se cansó. Se limitó a seguir con su trabajo para mantener la familia y a hacer ella lo que  yo rechazaba. Salía con sus amigas, iba al psicólogo dos veces por semana, corría una hora  al volver de sus obligaciones, atendía a los chicos y mucho  más. Me humillaba. Me mataba.
Desesperé.
La odié de día tanto como la amé de noche.
Esa mañana la seguí una vez más. Iba ligera, sonriente, a buen paso por la vida.
Todavía la veo entrar a un café  a encontrarse con sus compañeras. Conversan y ríen. No puedo oírlas.  Alguna  se inclina sobre la ventana como buscando  con la mirada. A mí, claro, ¿a quién más?  Quieren saber si realmente soy yo, si la sigo, si lo que ella cuenta se refleja en mi aspecto, si quiero acompañarla o espiarla.
Salen. De pronto  alguien más se acerca y  lleva a Helena apoyando la mano en el centro de su espalda. Un hombre común y corriente como yo, que  le habla al oído y la hace reír francamente. Las compañeras se alejan un poco dejándolos atrás, dándoles privacidad.
Quiero gritar pero se me cierra la garganta y el puño aprieta el mango de un cuchillo de cocina. ¿Cuándo lo puse en el bolsillo?
Me abalanzo. Siento que el otro se mete en mí, o yo en el otro. Ya no lo sé. Ella me mira incrédula queriendo soltarse.
Él le ha clavado el cuchillo en la garganta, y al apartarse la he visto retroceder hacia los ascensores tropezando, sin dejar de mirar al otro. Grita,
──  ¡Mauricio, no!
Lo sé, lo sé. Nadie más lo vio; es  a mí a quien vieron alcanzarla y dar juntos unos pasos riendo abrazados.
En todo caso, la Helena nocturna, ¿también ha muerto?
Si, como dice la voz que me despierta, el doble de Helena y el mío en vez de estar aquí, en nosotros mismos como yo creo, viéndonos vivir y morir, están realmente en otro lado, ¿continuarán  ellos la vida que  no supimos seguir, o morirán castigados el uno por el otro?

Alguien debería advertirles el peligro. 

lunes, 24 de octubre de 2016

COMER POR LOS OJOS

El niño huele el almíbar  que empieza a  hacerse en la olla de barro.
En la cocina, la madre saca del horno dos placas de moldes redondos y vuelca el contenido de una sola vez en la olla.
El niño entrega su mirada deslumbrada a esos globos de oro claro que flotan y giran suavemente en el líquido hirviente.
La madre reconoce en su hijo el estado de plenitud del descubrimiento. Cierra el viejo  cuaderno de recetas cuidando de que no se desarme, y lo devuelve a su lugar.
En voz baja,  dice:
── Se llaman huevos quimbos. La abuela de mi abuela ya los hacía. Son muy dulces, se hacen con mucho tiempo a un calor suave y constante como el cariño. Los comeremos esta noche en el cumpleaños de  papá.
El niño no contesta. Los globos dorados se impregnan y se hunden en el almíbar, toman un tono de oro viejo  mientras se desinflan y se arrugan un poco.  Fin de la maravilla.
Los ojos del asombro  se llenan de lágrimas.
Como si despertara de golpe,  responde:
── Yo ya comí. Y huye de la cocina como de una trampa.


domingo, 12 de junio de 2016

LA NOCHE MIL DOS

El anciano encontró la llave en la arena del desierto bajo el árbol de los deseos, allí donde los pobres y los tristes cuelgan trozos de tela, papeles con alguna plegaria, pequeños objetos para pedir la bendición de Alá.

Parece un hombre pobre, de los que no pueden mantener un camello y sólo cuentan con un asno por transporte y compañía, sin embargo no siempre  fue así. 
Muy cerca del árbol  hay un pozo de agua que sacia la sed de hombres y animales.
Ante todo da de beber al asno y lo deja a la sombra del árbol. Después, bebe él. 

Se sienta a observar la llave. Es pequeña. ¿Quién deja una llave de oro en el desierto?  Tiene una cinta manchada de tinta de la que alguna vez fue colgada a una rama  ahora desgajada por el tiempo.  Piensa en un alhajero de mujer, en una gaveta para cartas o pañuelos de seda. Un regalo con dedicatoria devenido en pena de amor. 

 Le recuerda algo. La mueve entre las manos tratando de sentirla mientras en su memoria se forma una nube que va definiéndose lentamente. ¿Cuántos años hace ya de aquella noche en la que ella terminó de relatar la historia de la princesa Almendra y el príncipe  Jazmín? ¡Tantas estrellas tuvo! Conoció a sus hijos, casó a su hermano y  encargó a los copistas el registro de los maravillosos relatos de los que había creído aprender tanto, para guardarlos  en un merecido cofre de oro con una llave  similar a ésta.

Aquel que fuera el poderoso rey Shahriar llora al borde del desierto, recordando a su amada Sheherezada.  Nunca supo de qué había muerto. Pero en el silencio del atardecer  cree oír la voz encantada que repite: «He llegado a saber, oh Emir de los Creyentes- pero Alá sabe más…» y tiembla como en aquel amanecer cuando, en medio de las oraciones del muecín, le trajeron la terrible noticia.

La llave sigue dando vueltas en sus manos, Necesita coraje para leer  algo que no fue escrito por él ni para él. Aunque solo pueda verlo un escarabajo, se siente con el miedo y la vergüenza de aquel que entra  en la intimidad de alguien que acaba de morir en busca de un secreto que no le pertenece. Sin embargo la llave fue expuesta en un lugar tan público y tan íntimo como el desierto.
Lee por fin: «¡Oh, Dueño de lo Visible y lo Invisible, Único Viviente, te devuelvo la llave del Paraíso para que la entregues al que sepas merecedor de ella!»
¿Qué Paraíso es ese que se abre con una llavecita de oro semienterrada en la arena?

Ahora hay algo parecido a un  mareo.  El viento hace volar la arena; de nuevo la amontona formando rápidas y confusas imágenes de mujeres. Apenas puede reconocerlas. Son las que él mandó matar. No aquellas por  las que se creyó redimido en la vida con Sheherezada. No,  no. Son las que reclamó después, cuando obcecado y ciego  pretendía consolarse con más historias contadas por otras voces. Pero ninguna supo relatar como ella.
La cólera y el dolor lo llevaron nuevamente al crimen.

Un día le trajeron una niña aterrada  y temblorosa que no se atrevía siquiera a decir su nombre en presencia del rey, la mirada clavada en el piso, los brazos cruzados sobre el pecho infantil.  De pronto, un rayo de conciencia le mostró que no había aprendido la lección. Se vio como el monstruo dormido en la placidez que Sheherezada y sus súbditos crearan para él. Supo que por la temible comodidad había disfrutado de esa paz sin conquistarla.  La vergüenza y el horror alcanzaron a Shahariar. Dejó ir a la niña; abandonó todo en manos de su hermano, y partió al desierto en busca de la Inexorable, la Separadora de Amigos, la Inevitable. Sin embargo Ella le rehuye. ¿Cuánto tiempo lleva..?

Con el atardecer comienza el frío del desierto. Se pone de pie. Antes de que el sol muera ahogado en la arena, vuelve a mirar la llave. Camina en círculos hablando solo.


Al llegar  a la boca del pozo, se asoma  y un grito de pavor resuena en el reflejo. Deja caer la llave.

viernes, 13 de mayo de 2016

TAMBIÉN ESTO PASARÁ.

El viejo Elpidio y el loro Pico-Pico  abrigado en la capucha de la campera de su dueño hacen su paseo diario por la bahía. Elpidio va marcando sus pasos en la arena húmeda al ritmo de su pena, repitiendo incansablemente «también esto pasará»; para escuchar de Pico-Pico, luego de un largo silbido, la respuesta que él mismo le ha enseñado: «o nosotros también pasaremos  con esto»..
Veinte años hace que se renueva esta ceremonia en días soleados y sin viento después de que Elpidio, guardián del Museo del Fin del Mundo, termina de limpiar la Sala 3, la de recuerdos del presidio más austral de la tierra.

El viejo es guardián de lo que fuera una cárcel como la que aloja desde hace ya mucho tiempo a su hijo mayor  que, al oír la sentencia que lo condenaba por el asesinato de su hermano, giró la cabeza hacia él para mirar con soberbia y menosprecio las lágrimas que empapaban el rostro de su padre.
 Acaso equivocado, Elpidio cree que si su hijo reconoce el pleno significado de sus actos, el dolor constante de su corazón de padre pasará. Él no puede juzgar como el resto de los hombres: tantas puñaladas cuestan tantos años; por tal o cual parentesco se sumarán  tantos otros. Lo que el viejo Elpidio tiene siempre ante su alma es que alguien de su sangre por pura codicia o tal vez por la envidia de sentirlo más cerca de los dioses, fue capaz de quitarle la vida a su otro hijo; y ese crimen los ha dejado abandonados a los tres. Al muerto, sin su voluntad y sin destino. Al criminal mismo,  enfrentado al espejo de su crimen,  confinado al olvido o al eterno reproche de los otros. A todos,  en el vacío de una posible descendencia que les otorgara un  futuro y quizás el ejercicio del amor.
Ah, no sabe qué duele más, si la ausencia del hijo muerto o la acción del hijo vivo. ¿Cómo dejar de quererlo?  ¡Tan solo y con semejante peso sobre sus espaldas! Tal vez la mirada soberbia fuera apenas una defensa ante los jueces arrogantes e impiadosos.
En estos días se cumple el término de la condena y Elpidio espera no que  vuelva, porque es demasiado esperar; no que diga  «perdón», porque es demasiado pedir; Elpidio sólo sueña con una  carta que diga «Me equivoqué. Hice daño.»  Y por eso sigue repitiendo «también esto pasará» aunque Pico-Pico responda «o nosotros también pasaremos con esto».
Sí, Elpidio espera al cartero. En días de tormenta,  de nieve o de vientos helados, el viejo se sienta tras la puerta vidriada del Museo y cuando pasa alguna sombra apresurada, es el loro el que recita «cartero, cartero», entonces él vuelve  sobresaltado de su entresueño.

Pero hoy hay un aire templado y un sol suave, y allí va con su loro y su eterna plegaria, dejando una cadena de pasos en la arena.
De pronto,  Pico-Pico salta y parece salirse de la capucha, rompe el ritmo del ritual y grita «cartero, cartero».
Elpidio levanta la vista. Un poco más allá, un hombre con una bolsa de cuero colgada del hombro camina hacia él formando otra cadena de pisadas.
El hombre dice:
── ¡Hay carta, don Elpidio, hay carta!
Cuando las dos cadenas se juntan, Elpidio sostiene el sobre contra el pecho sin abrirlo y musita emocionado: « Nuestro primer abrazo después de tantos años, hijo.»

Sin embargo Pico-Pico saltando al hombro de su dueño, insiste entre silbidos: «O también nosotros pasaremos con esto».