miércoles, 13 de febrero de 2019

LA OFENSA



                                                                  "Yo quiero morir conmigo
                                                                   sin confesión y sin Dios,
                                                                   crucificao en mis penas
                                                                   como abrazao a un rencor."
  
                                                       Tango de Rossi y Podestá






El viejo entra a la cocina y se sienta  a la mesa suspirando. Tiene la respiración fatigosa, mira  a su hija que le da la espalda mientras trajina, y busca con los ojos al gato de la casa. Nadie parece reparar en él.

De pronto su mirada cae sobre una bolsa de comida que lleva impresos el nombre y la dirección del almacén. Sobreviene una catarata de furia. Tembloroso pero de pie, comienza a gritar:

—¿Cuántas veces he dicho que nadie de mi familia debe pisar lo de Gimenez? Ese hombre me ofendió, jamás se disculpó, me obligó a cambiar de casa y de barrio para no toparlo; con su ofensa nos forzó a dejar todo lo que habíamos construido con tu madre y a reducirnos poco menos que a una pocilga, y ahora vengo a enterarme que mi hija y mi nieta compran en su negocio y le dejan ganancias. ¿Qué soy yo, idiota?

Y así continúa un largo discurso de rencores donde el sentimiento de humillación ocupa el lugar principal. Eso sí, nunca menciona la ofensa.

Su hija se mantiene de espaldas, en silencio, mientras él se desgañita enloquecido.  Sin embargo el hastío la vence.  A más de cuarenta años de una situación cuyo origen desconoce pero que la acompaña desde siempre, también ella comienza a gritar:

—Asi que te sientes idiota ¿eh? Pues nosotras, desde mi madre hasta tu nieta deberíamos sentirnos cucarachas viviendo en los rincones que no ves. Perdí mis compañeros de escuela, dejé de ver a mis amigas, mi madre y la mujer de Gimenez se veían a escondidas para que los señoritos no se molestaran; tu nieta no puede ser amiga de la suya porque algo, no sabemos qué, ni cómo, ni cuándo te ofendió. Pues te aviso, hace mucho que esto acabó, compro en lo de Gimenez porque es más barato, de buena calidad, y sobre todo porque me da la gana. ¿Clarito?

Son días bochornosos, pesados, de soles que taladran el cráneo y ciegan los ojos. No obstante el viejo, indignado, toma su bastón y su sombrero y se aventura al calor del mediodía, justo cuando Alina, su nieta, está llegando a casa.

¿Dónde va, abuelo? Hace demasiado calor, le va a hacer mal.

No quiero  estar con tu madre, y mucho menos comer su comida. Compra en lo de Gimenez.

Alina suspira y resuelve acompañarlo. Le apena que tanto misterio y tanta odio descontrolado cada vez que se los nombra, no lo dejen descansar en paz. A veces piensa que ni lo dejan morir.  La ofensa es algo que no suelta, que guarda en el puño como para seguir sabiendo quién es.

Lo lleva del brazo por la sombra hacia a la plaza, a que se siente un rato bajo los árboles. Pero al llegar, el viejo ve en el lugar más fresco a su archienemigo. Se suelta del brazo que lo sostiene y se pone a caminar todo lo que le dan las piernas, bajo el sol. La muchacha lo sigue apresurada, apenas hace a tiempo para sostenerlo cuando las rodillas de su abuelo se aflojan, los ojos se le salen de las órbitas, boquea, la piel se le pone violeta.

Al llegar a casa, Alina avisa a  su madre  que lo acuesta, trata de calmarlo y confortarlo, pero él amenaza pegarle en cuanto se le acerca. 

Con una toalla empapada la nieta le refresca frente, nuca, pecho. La respiración se calma. Lo deja dormir.

Cuando despierta, tranquilo y lúcido, ella pregunta:

¿Cuál fue la gran ofensa, abuelo? Cuénteme.  Se aliviará.

Con la mirada  perdida, el viejo musita:

Ya no me acuerdo…

sábado, 12 de enero de 2019

CUANDO HUENU-CHAO ECHÓ A RODAR EL TIEMPO


—Laku, laku, tengo miedo! Se puso negro el cielo.

—Venga m´hijito, arrímese al fuego. No tanto, no se me vaya a quemar. Y no grite que Huenu-Chao se enoja si se hace mucho ruido.
¿Usted sabía que hace mucho, mucho, el tiempo estaba quieto con todos los inviernos y todos los veranos iguales; si moría un Nahuel nacía otro con las mismas manchas, y las flores de amankay se marchitaban para que nacieran otras idénticas de la misma rama?  Por entonces había además otro Lanín al lado del de ahora, pero mucho más grande.

¿Cómo desaparece una montaña?

Resulta que una vez andaba un cuis, ratón sin cola, medio perdido buscando hierbas en la base del Gran Lanín cuando se le aparecieron unos salamanqueros queriendo sombras. Ellos siempre necesitan más para agrandar la oscuridad, pero lo peligroso es que si roban la sombra de un animal o de un hombre, ese tiene que seguirlos a la salamanca para siempre.
El cuis  temblando les dijo: «Yo doy poquita sombra compañeros, pero en aquella cueva hay un dragón enorme. Si me ayudan a vencerlo, van a llevarse para aumentar lo negro del socavón hasta hacer bailar a Huecufü.»
A los diablos les gustó el trato,  y el cuis con mucho cuidado entró a la cueva del dragón y empezó a mordisquearle la cola. En cuanto el dragón despertó, el ratón salió y le habló escondido entre unas piedras: «Antes de comerme, ¿no querría jugar una chueca con ventaja? Usted vale por doce y yo, ya ve, ni cola tengo.»

El dragón  pensó  «este es cuis comido», y aceptó.

Pero, ¿qué es una chueca, laku?

Los antiguos no tenían baraja y les gustaba jugar corriendo como a usted. Era entre muchos, con palos y pelotas de cuero. El caso es que el cuis era mucho más rápido y podía agarrar los palos y tirar las piedras con más habilidad. Además los diablos sin hacerse ver, jugaban de su lado. El dragón se movía muy despacio, le costaba levantar las patas, y cada piedra que tiraba iba demasiado lejos. Así, el cuis ganó la partida y salió corriendo a esconderse en su madriguera.
Furioso, el dragón empezó a echar fuego y quemó todo lo que había alrededor; pehuenes,  calafates,  notros. La tierra quedó más negra que ese cielo que lo asusta, seca, reseca. Ni cuenta se dio el bicho de que los salamanqueros le habían robado la sombra.
A la mañana siguiente, el Nahuel desde una piedra y el Ñanco sobrevolando, miraron horrorizados la quemazón. 

No se daña así a la Mapu.

Ahí no más se pusieron de acuerdo. Ni bien el dragón volvió a salir de su cueva, con buenas palabras le ofrecieron llevarlo hasta la madriguera del cuis para vengarse.
El Ñanco volaba cruzando camino y el Nahuel iba al lado del dragón, no muy cerca y siempre sobre piedras. Al llegar a la boca del Gran Lanín, el Nahuel rugió, «allá, bien abajo, encontrarás al cuis.»
Así fue como el Gran Lanín pasó todos los días que le quedaban sacando humo, echando chispas. El dragón tiraba piedras, hacía temblar la tierra y bramaba como cien vacas, queriendo salir como fuera; pero su sombra estaba atrapada.
Hasta que un buen día Huenu-Chao  se cansó. Sacó su mano, empujó la rueda, de un golpe lo dejó plano, y el tiempo echó a rodar. Desde entonces todo empezó a cambiar.Quedó un solo Lanín que está quieto y callado. Ya ni las estaciones, ni los animales, ni los hombres son siempre iguales. Van corrigiéndose con el movimiento del tiempo.

¿Y Huecufü y los otros diablos, laku?

Andan bajo otros volcanes. A veces echan humo y cenizas y hacen temblar la tierra, pero Huenu-Chao no ha vuelto a enojarse tanto todavía. No sabemos qué hará cuando vuelva a empujar la rueda.
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                                                        Léxico:
Amankay: Vocablo quechua que designa una planta de la familia de las amarilidáceas difundida por todo el continente americano. En la Patagonia se la conoce también como Liutro o Pultro.
Calafate: Arbusto espinoso de hasta 2,550m de altura; produce un fruto azulado con el que se hace chicha o dulce. Sus raíces se usaban como tintura para los tejidos. Crece en la cordillera desde Catamarca hasta Tierra del Fuego.
Chueca: Juego mapuche en el que intervienen doce personas por cada equipo. También lo llaman palín. Tiene cierta familiaridad con el jockey.
Huecufü: El espíritu maligno más poderoso. El Diablo.
Huenu-Chao: Uno de los nombres de la principal deidad de la cosmogonía mapuche. Padre del Cielo.
Laku: abuelo.
Lanín: Volcán ubicado en el límite entre Argentina y Chile, en la Cordillera de los Andes.
Mapu: La tierra de los mapuches (lit. gente de la Mapu)
Nahuel: Tigre americano, actualmente desaparecido.
Notro: Arbusto de hasta 9 mts. de altura con flores rojas. También llamado ciruelillo.
Ñanco: Ave semejante al halcón o al águila, de pecho blanco y espaldas pardas. Se la considera un ave sangrada, mensajera de Dios y agorera para jornadas  de camino.
Pehuén: Conífera que alcanza hasta los 40m de altura. Su fruto es el piñón. Árbol de gran importancia religiosa y económica en la cultura mapuche.
Salamanca: Cueva en lo profundo de los cerros y montañas donde habitan los diablos y otros espíritus malignos.
Salamanqueros: Espíritus del mal, diablos y brujos que habitan en las salamancas.

lunes, 12 de noviembre de 2018

CRÓNICA DE UN AMOR-DOLOR




                                       “…………………………………………
                                       porque la sombra del árbol de los encuentros
                                       ha oscurecido para siempre el sol.”
                                                                                  Víctor Redondo




Hechos y Antecedentes:
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Él, científico aficionado, ejecutivo de una empresa financiera.

Ella, profesora de Artes Visuales.

Se  amaron desde muy jóvenes. La experiencia de perderse  en un lugar aislado y haber soportado  juntos el miedo y la incertidumbre, los  unió más.

Un hijo de trece años de inteligencia despierta y gran curiosidad.

Estables en una felicidad sin pretensiones, él hace experimentos en el sótano de su casa, siempre infructuosamente.

Ella se lo reprocha, también infructuosamente.

El hijo quiere saber y participar. La madre no quiere. El padre echa en cara a su mujer el celo excesivo en la protección a su hijo. Ella, a su vez, desaprueba el exceso de libertades que su marido otorga al niño y que se parecen, según ella, a la falta de límites por comodidad.

Un grito en la noche a la hora de las brujas.

El hijo muere por una descarga eléctrica del último experimento de su padre. En un segundo, la vida de todos se hace trizas. El padre es recluido en un psiquiátrico, loco de culpa.


Primera visita:
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Él: No puedo mirarte, pero necesito que me abraces.

Ella: No puedo tocarte, ni creo que vuelva a poder hacerlo. ¿Cómo haría para olvidar que eres el responsable de la muerte de nuestro hijo? Te veo, y lo veo en el piso quemado por la descarga… No, no pidas más que esta visita.

Él: Lo tenías tan atado… Quería ayudarlo a vivir…

Ella: Pero lo ayudaste a morir. ¡Al hijo de nuestro amor, a los trece años! Y todo ¿para qué? Para que triunfara en tu lugar, te aliviara de tus frustraciones.

Él: Ayúdame a morir, entonces.

Levanta la vista y la ve rígida, con una estaca en el alma, partida de dolor. La abraza.

Oh, mi querida, querida…

Ella le golpea el pecho con los puños cerrados, hasta que por fin su cuerpo  cede a los brazos de él.

Son puro llanto.

Ella: Aquí te ayudarán. Yo no sé cómo.


Segunda visita:
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Ella: Vine a despedirme. Me voy lejos de aquí. Quiero empezar de nuevo. Quiero volver a reír, a amar si es posible. En casa, desde que no está, todo está muerto.

Él: Por favor, no me abandones. Sólo tengo tu voz, el recuerdo de su risa, y la aridez de un corazón que late únicamente por el desgarro de la culpa.

Ella: —¿No piensas en mí?

Él: Todo el tiempo.

Ella pone su mano sobre la de él y dice:

Cada uno lo quiso para sí. Los dos perdimos. Te escribiré, si puedo.


Tercera visita:
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Él: Volviste.

Ella: Lo intenté. Me quisieron y me comprendieron. Son muchos los que sufren penas similares, sin embargo… estás todo el tiempo allí con él; en mi cabeza, en mi corazón, en mis entrañas. Es inútil huir. El horror compartido no nos deja salir del infierno por separado.

Él: ¿Qué falta?

Ella: No participaron del comienzo, de sus pocos años, de su fin. Comprenden, pero solo pueden estar en la raíz de su propia pena, no de la mía. ¿Te acuerdas cuando tenía diez meses y te miraba silbar con ojos de maravilla y fruncía los labios queriendo imitarte? Para los otros, esas son bellas anécdotas, nada más.

Él: También aquí pasa. Hay hasta compasión, pero en su mirada no puedo encontrarlo ni encontrarte. No sé seguir. No hay caminos en este desierto. Solo confusión y un silencio aterrador.


Última visita:
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Ella: Dicen los médicos que podrías salir, si quisieras.

Él: ¿Salir? ¿A dónde? ¿A la nada? ¿Qué es un hombre que  tiene solo el recuerdo de un hijo que dejó morir, y un amor que  quedó vacío? ¿Qué puede darle al mundo?

Ella: —¡Por favor, no lo digas más! Es un amor cargado de lo más oscuro y de lo más luminoso que vivimos.

Algo viviente retoma su latido en el abrazo entregado de los dos.

Él: No volverá a ser un amor romántico, ni pasional; tampoco será un amor platónico…

Hay casi una risa.

Ella: No. Este será un amor de dolor. Allí lo encontraremos vivo siempre. Vamos.

martes, 16 de octubre de 2018

CONCIENCIA






Todos eran felices hasta que alguien preguntó: 

--- Pero, ¿somos verdaderamente felices?

Un mar de dudas se desplegó en miles y miles de preguntas. A su vez las respuestas, insuficientes, generaron  nuevos miedos. No hubo aplausos.

ARIADNA REVISITADA


Deja el barco y avanza por la playa. Todos lo esperan festejando de antemano su fracaso. Aunque se trate del matador de monstruos, nadie puede con el minotauro. Tras su segura muerte, Creta seguirá devorando vírgenes y jóvenes atenienses para vengar, por mucho tiempo más, la muerte de Androgeo.

Minos lo recibe con un banquete digno de su fama de héroe.

Ariadna recostada junto a Dédalo, lo ve entrar y reconoce inmediatamente el instrumento que la llevará a poder elegir su propio camino. Pero antes debe seducirlo. Habla a Dédalo al oído y él asiente. Luego, se dedica a enamorar  al forastero.

Teseo ríe seguro.  Él no necesita enamorarse, le basta con aparentarlo. Es bello, mata monstruos y las mujeres se rinden a su paso. Pero Ariadna, hija de quien es capaz de recibir  indicaciones  del propio Zeus, y de una maga promiscua y perversa que ha dado a luz al minotauro, sabe leer en los hombres y en las estrellas.

Él necesita ayuda, y ella necesita de él para alejarse de lo monstruoso. Ama la vid, el vino y su inspiración. Ama la libertad que como mujer e hija del rey, no puede permitirse por ahora.

—— Tú sabes cómo, Dédalo. El laberinto es tu obra.

—— Pero Ariadna, ¿estás segura? ¿Irías como extranjera a Atenas, nuestra enemiga? 
Además, ambos tendríamos mucho que perder aquí. Tu padre me recibió en un momento peligroso de mi vida. Le estoy agradecido…

—— No llegaré nunca a Atenas. Él traiciona. Creerá traicionarme y traicionará a su padre. He visto las velas negras sobre los ojos de Egeo. Pero aunque no lo creas será mi hermana Fedra la que le hará saber  qué es ver morir un hijo. Todavía no entiende que el precio de matar monstruos es que algo de ellos se grabe en su alma.

—— ¿y tú?

—— Me creerá dormida y no sabrá que fui yo quien pidió a Bóreas que empujara sus velas negras. Dirán que lloré y no será cierto. En Naxos está mi destino. No sé más. Lo afrontaré. Estoy cansada, Dédalo, de esta isla de amores bestiales.  Quiero  el cielo de estrellas. Quiero mi libertad de elegir.

—— ¿Y si no lo mata?

—— Lo matará, lo matará. Eso sabe. Y también a ti puedo verte. Acumula la cera de los panales, te hará falta.

Dédalo finalmente se rinde y entrega a Ariadna un ovillo de hilo de plata que brilla en la oscuridad.

—— Esto es el salvoconducto…

—— Ah, ¡gracias! Ya vislumbro mi horizonte.

Ariadna entrega el ovillo al héroe y va a esconderse al barco.

Teseo no pregunta el origen ni el precio. Salva a sus compañeros y sale del laberinto con los puños empapados por la sangre del minotauro. Sonríe y comienza a hacer planes. ¿Quién va a pensar en el color de las velas?

Entretanto, Dionisios encarga a Hefesto  su regalo de bodas.

Las panteras devoran cielos y mares. Ariadna, sin saberlo, espera  al dios enamorado que porta una corona que resplandecerá en el cielo con su nombre.

jueves, 13 de septiembre de 2018

LOS GIRASOLES

Hace miles y miles de años, cuando dioses y seres humanos conversaban entre sí tan directamente como tú y yo, vivían sobre ambas orillas del río Paraná  dos pueblos hermanos. Sus  caciques  Pirayú y Mandi’ó eran buenos amigos y  velaban por el bienestar y la armonía entre  los suyos.

Pirayú tenía dos hijas, Yvoy´ju y Carandaí.

Yvoy´ju amaba Kuhanky, el dios sol. Todas las mañanas al alba salía en su piragua   para recibirlo sobre el río. Le dedicaba sus plegarias y leía los mensajes de Kuhanky en los colores del cielo. Al atardecer, se inclinaba hacia el poniente para recibir el último rojo apasionado del sol hasta el día siguiente.

Carandaí observaba a su hermana con no pocos celos porque nunca era invitada a esos paseos de los extremos del día, y porque veía asimismo a Mandi’ó contemplando a Yvoy’ju desde la otra orilla.  Se preguntaba por  qué todos miraban a su hermana, y ninguno a ella.En verdad, “todos y ninguno” se referían exclusivamente a Mandi’ó de quien estaba enamorada. Un día,  oyó decir a Yvoy´ju: «Padre Sol, gran Kuhanky, sabes que te amo. Prometo esperarte hasta que vengas a nosotros por el arcoíris». Escandalizada, corrió a contarle a su padre lo que había oído. ¿Cómo Yvoy’ju osaba esperar que el gran Kuhanky descendiera a la tierra? ¿Qué sería de los hombres si el dios sol abandonaba su lugar en el cielo?

Pero Pirayú se enojó de tal manera  que le impuso un duro castigo. Hizo cavar un pozo no muy hondo y dijo a su pueblo: «Cada vez que alguien vea a Carandaí espiando a su hermana, la llevará al pozo y la dejará allí hasta que pida perdón». Muchos compadecían a Carandaí, pero ella no quería aprender. Debía estar atenta a Mandi’ó, y si éste llegaba a acercarse a su hermana,  lo mataría con sus propias manos.

Un día, Mandi’ó  fue a pedir la mano de Yvoy’ju a  su amigo Pirayú.

Jamás esperó esa respuesta. Pirayú serio, conmovido le dijo:

Mandi’ó, amigo, yo querría complacerte, pero no puedo. Hace ya mucho tiempo que Yvoy’ju es la prometida del gran Kuhanky. Nadie, salvo él, podrá acercarse a ella. Si quieres a una de mis hijas, Carandaí sería una buena esposa.

Mandi’ó no pudo responder. Una mezcla de sentimientos desde la pena y la desilusión al odio y la furia ciega  endureció  su pecho. Corrió hacia el río y un grito tremendo que silenció hasta las aguas, fue el primer sapukai del que tienen memoria los guaraníes.Tampoco él quiso aprender. O se casaba con Yvoy’ju, o el pueblo entero del cacique  Pirayú debía desaparecer.

Empezó la guerra.

Por las mañanas,  las piraguas  solían salir a pescar. Pero las lanzas no iban  hacia los peces, sino  en busca del pecho  rival que lo enfrentaba  desde otra barca.Apenas era  una caída al agua. El Paraná se manchaba con  sangre, mientras con una velocidad que aturdía, los yacarés  se lanzaban al río a devorar  sus presas. En la selva, al atardecer los animales se silenciaban de terror. Los hombres imitaban sus sonidos para alertar al compañero, pero ningún animal respondía. Estaban los silbidos de las flechas y de vez en cuando el golpe suave de un cuerpo contra la hojarasca.

Mandi´ó alimentaba su pena con furia; y la furia con los cuerpos de sus muertos, pero no estaba dispuesto a ceder. Carandaí en cambio, ahora vigilaba a Yvoy’ju para  protegerla. El miedo y el dolor  le  habían enseñado.

Después de mucho tiempo de lucha, Mandi’ó decidió atacar a Pirayú en el caserío. Sus mejores hombres con flechas incendiarias quemarían las chozas de Pirayú.

Yvoy’ju, al saludar a Kuhanky alcanzó a ver los primeros fuegos, y corrió gritando a su amado: «¡Padre Sol, gran Kuhanky, no permitas que mi pueblo y yo desaparezcamos de esta tierra!»

Carandaí la vió  correr desesperada, se tiró al pozo de sus castigos y trató de sujetarla por los tobillos. Pero Mandi’ó ordenó que lanzaran estacas alrededor de Yvoy’ju formando una jaula.

Kuhanky, ante los gritos de Yvoy’ju, envió un remolino de rayos que en pocos segundos  quemó viejas formas y encendió nuevas. Pasó, y en la jaula de Yvoy’ju brotó una flor de centro oscuro, cuyos pétalos amarillos giraban al paso del sol, y en el tallo, casi tocando la tierra había dos hojas largas y finas  como las manos de Carandaí.

Así nacieron los girasoles a orillas del Paraná.





jueves, 12 de julio de 2018

HIJO DE LAS MAGDALENAS

¿Y ahora, quién me protegerá? Boy, nunca tuvo otro nombre, levanta sus ojos buscando los del hombre que lo encuentra solo en la calle.

La piel, los rulos, el castaño oscuro de sus ojos  señalan una herencia africana. Uno de sus brazos es visiblemente más corto que el otro. Viste pobremente y está muy desabrigado para la noche de Dublin.

El hombre, que pasea un perro, se saca el abrigo para protegerlo.

Vamos a la policía.

No, por favor señor, no. Si me lleva a la policía, me devuelven al convento de la lavandería de las Magdalenas, y las monjas me van a castigar.

El hombre se conmueve y resuelve llevarlo a tomar algo caliente.

Dan la vuelta al paredón de piedra del convento, y al pasar por el jardín de la parte posterior, ante una parte amplia de tierra apisonada y sin cultivar, Boy se echa a llorar.

Allí pusieron a mi mamá esta mañana, yo lo vi, señor.

El hombre cambia de dirección con el niño de la mano y silba a su perro,
―¡A casa Willy! y luego le habla a Boy,

En casa también hay un gato. Se llama León.  Ahí estaremos tranquilos para hablar.

El niño es menudo y muy delgado con una mirada muy atenta. No sabe cuántos años tiene. Habla con fluidez, pero el hombre no le da más de cinco años. «A lo sumo seis», piensa.

―¿Y a usted también tengo que ayudarlo con los pantalones como  a Monseñor?

El hombre se queda helado. Una piedra formada de compasión y horror se instala en su pecho.

No tienes que hacerme nada. Ni a mí, ni a nadie. Nunca más. Sí tienes que contarme todo lo que puedas,  para ver cómo podemos ayudarte.

Hay otras señoras con hijos, pero los otros son blanquitos y lo señores que vienen a buscar chicos se los llevan en seguida. A mí no me quieren porque las monjas dicen que soy negro como hijo del diablo.

Y el brazo, ¿cómo te lo lastimaste?

No sé, señor. Mi mamá le contó a Mary que cuando nací alguien tiró mal del brazo y nadie lo curó después. Ahora las monjas me hacen llevar baldes para limpiar escaleras con este brazo. Dicen que así se va a estirar, pero a mí me duele mucho.

¿Qué otras cosas haces?

―Limpiar baños y ayudar en la cocina. Y cuando viene Monseñor, me mandan a ayudarlo.

―¿Qué pasó con tu mamá?

Boy llora sin consuelo. León se acomoda en su pecho dándole calor. Entre hipos y sollozos cuenta:

―No podía salir de la cama. Decía «ay, ay, ay», «ay, ay, ay» y las monjas creían que no se levantaba para no trabajar. Le pegaron y la obligaron  pero se cayó al suelo y  quedó toda dura. La  llevaron a ese terreno que le mostré, ahí había otras señoras que no se pudieron levantar. Yo las vi.

―Me dio mucho miedo y fui a esconderme al cuarto de castigo que está arriba de todo.  El cuarto estaba vacío. Me quedé pegado a la puerta por si la superiora me buscaba y la abría. Así quedaba tapado. A la hora de rezar en la capilla, me escapé por donde sacan la basura y corrí por  la huerta hasta un hueco que hicieron los ratones en el cerco. Sabía que si rezaban como siempre me daban tiempo, pero la superiora es muy mala y si quería buscarme, iba a ir ella. No quiero volver. No quiero ir a casas de chicos sin mamás.

El hombre piensa un rato.

―Por unos días vas a ir a casa de mi madre en el campo. Te llevo con Willy y León para que tengas con quien jugar. Tengo que hacer una denuncia. Después veremos. No te preocupes, yo te protegeré.
                                                            *

(La ficticia historia de Boy  es un reflejo de lo que pasaba en las Lavanderías de las Magdalenas entre los siglos XVIII y XX, hasta una denuncia en  1956. En 1993 el estado irlandés encontró en un convento de Dublin una fosa común con 155 cadáveres de mujeres sin identificar. Recluidas por “impuras”,  por ser madres solteras, o por considerárselas dementes por su rebeldía. Trabajaban seis días a la semana, no podían hablar entre ellas en privado, sus hijos eran dados en adopción, sufrían maltratos y abusos. Lavaban la ropa de hoteles, hospitales y particulares de la ciudad. Las ganancias eran para el convento. El estado se hizo cargo. La Iglesia jamás se disculpó).