domingo, 12 de enero de 2020

LEYENDA DE LAS LLUVIAS AMARILLAS


                                               “Mis cielos son amarillos.”
                                                                       Miguel Argibay, pintor


            —¡Padre viene sangrando bajo la lluvia! grita el niño.
La anciana se echa el manto sobre la cabeza y sale. Alcanza al hombre, lo ayuda a sostenerse y a recostarse sobre el camastro.

El arado… La lluvia… musita, mientras ella va en busca de agua para lavar la herida. Luego, vuelve a salir con un cuchillo y un cuenco pequeño, raspa  la corteza del arbusto de mirra. La resina cae amarilla en la oscuridad de la lluvia. Entra. Agrega un poco de vino al cuenco, lo mezcla y se lo da al niño.

Que lo beba  hasta la última gota.

¿Se va a morir?

No, no te asustes. Lo ayudará a dormir. Después, busca tu capote y la cuchara de oro que era de tu madre. Tenemos mucho que hacer.

Mientras el niño lleva la bebida a su padre, la mujer revuelve potes y frascos en la cocina, hasta encontrar uno con semillas diminutas.
La lluvia cae espesa, mansa, incesante. A lo lejos, le parece oír el llamado de un pájaro. ¿Una alondra tal vez?

Ya la tomó, pero la bebida se puso oscura.

Así debe ser.

Salen armados de sus curiosas herramientas: la cuchara de oro, el cuchillo, un tazón y el frasco de semillas. Corta unas hojas de helechos grandes y se las pone al niño en la cabeza.

Pareces un hongo verde.

Y tu pelo parece lluvia blanca que sale de tu cabeza.

Ríen juntos, y ella se alegra al ver que en los ojos de su nieto la nube de angustia ha dado paso al brillo por la aventura compartida. Llegan al bálsamo y la vieja vuelve a usar el cuchillo hasta lograr que salga un fluido viscoso amarillento que va oscureciéndose. Mientras se llena el tazón y la lluvia cede en intensidad, la abuela empieza a contar:

Hace millones de millones de años hubo una larga temporada de lluvias amarillas. Desde otros planetas se desprendían piedras que se iban haciendo polvo en el camino del cielo y penetraban muy profundamente  la tierra. Eso resultó ser el oro que hoy conocemos. El más perfecto de todos los metales. El rey. Los seres humanos le hemos quitado mucho a la tierra, sin embargo  todavía mezclada entre las piedras de los ríos y arroyos se puede encontrar alguna pepita.  Pero siempre hay que retribuir ¿sabes?; aún en las catástrofes, entre el cielo y la tierra hay acuerdos y retribuciones.
  Con este tazón lleno de bálsamo alcanzará para que la piel de tu padre se vaya cerrando sin ardores. Ahora que la lluvia amaina, con tu cuchara de oro debes cavar aquí. Con ella, la tierra va a sentir la caricia del rey. Le vamos a poner estas semillas que casi no se ven, para que crezca un olíbano que la perfumará; y será esta lluvia la que las empuje a crecer rápido en cuanto salga el sol.  Así, así. ¡Qué suerte tengo con este nieto de rodillas tan jóvenes! Con la panza de la cuchara aplasta la tierra. Un poco más. Muy bien.
  ¡Oh, lo que veo! ¡Arriba jovencito, que empiezan los milagros!

¿Qué ves, qué ves? salta el niño lleno de entusiasmo mientras la protección de helecho terminan de desprenderse de su cabeza.

Allá, entre las copas de los árboles, ese triángulo de cielo amarillo… Vamos, rápido al claro.

Cede la lluvia. Con la luz, las gotas parecen cristales que caen de las hojas  listas a morir en el barro. Casi sin aliento, la vieja sigue hablando mientras apuran el paso:

Todo el mundo habla de los amores del sol y la luna, pero no es así. La luna es ladrona, siempre robando luz al sol. El sol se deja, pero a quien ama es a la lluvia. Entre los dos alimentan la vida de toda la tierra, también la nuestra.

Una exclamación de su nieto la interrumpe. Acaba de descubrir el arcoíris.

Ese es el regalo que se hacen  cuando se unen. Va y vuelve de uno a otro en un arco de colores que trae consuelo y esperanza.
Ya hemos hecho nuestro trabajo; la tierra ha recobrado el amor del rey y su perfume, y sigue dando su bálsamo. Volvamos a ver a tu padre, a limpiar nuestras cosas y a descansar. Más tarde saldrán a iluminarnos las estrellas.

domingo, 29 de diciembre de 2019

GERARD EN LAS PAMPAS




 Llega siguiendo a Mrs. Bruno. Le falta atar  cabos, pero huele varios rastros interesantes en esta nueva historia de la familia que es casi la suya. Sonríe.
Gerard es perspicaz y de una infinita paciencia. Nunca da por cerrada una investigación hasta la última prueba. Después del asesinato de Mr. Samuel Bruno, no puede dejar de vigilar a su viuda. La considera ninfómana, muy codiciosa y está seguro de que no hará largos duelos.  Ella por su parte, lo desprecia. Durante el funeral de su marido, le ha hecho saber que no lo cree un detective sino un espía, invitándolo que se retire.  


No está en sus planes dejar de seguirle los pasos.  Dos señores extranjeros que hablan español latinoamericano, compatriotas para más datos, la visitan con frecuencia pero no se cruzan jamás, ni parecen conocerse. Esa es la primera mentira. Tienen negocios en común. ¿Lo sabrá la señora?
 Los ubica sentados en una mesa algo apartada en el lobby de un famoso hotel de Nueva York, donde espera a Phil. Parecen discutir con cierta tranquilidad al principio, y luego cada vez más acaloradamente. Ninguno de los dos llega a los sesenta años, aunque uno de mirada más bien fría, tiene el cabello muy blanco. El otro, de gestos más vivos, viste con más formalidad y no disimula su impaciencia. 


¿Qué miras? pregunta Phil, al llegar.


¿Los conoces? retruca Gerard, haciendo apenas un gesto con el mentón.


El de traje oscuro es funcionario de un país sudamericano, seguramente en visita interesada.  Debe estar negociando algún préstamo  o algo por el estilo. El otro, no estoy seguro. Viene más seguido, tiene fama de mujeriego pero en general está con empresarios o comerciantes. ¿Por qué te interesan?


Antes de que Gerard pueda contestar, el de traje oscuro identificado como funcionario, se levanta indignado, dice algo en voz alta, y se retira. El empresario se queda un momento más dispuesto a pagar la cuenta. Esboza una sonrisa socarrona.
No vuelve a ver al funcionario. El canoso  visita a la mujer dos veces más.  Pero él no los borra de su mente. Sabe que hay algo más. Ella comienza a salir con frecuencia del brazo de un joven de unos treinta años que le envía flores a diario. 
Periódicos, colegas, chismes, y encuentra los datos que busca. Son argentinos. El funcionario aparece en una foto en la sección política, algo más atrás ¿quién?, pues el nuevo caballero de Mrs. Bruno.
Un día el mayordomo desliza que la señora se va a Sudamérica. 


«¡Y aquí estamos!», se dice mientras desarma un bolso de viaje en la habitación  de un hotel más bien modesto en una pequeña ciudad del interior rodeada de estancias. No elige el Gran Hotel, seguro de que la señora va a parar allí. Pero aún no entiende qué hace Elsie Bruno en ese lugar. 
Pide todos los diarios del día. El funcionario aparece en una foto en el Parlamento. Reconoce esos ojos saltones y el gesto entre excitado y furioso de sus brazos. Al costado, una foto más pequeña del empresario. Al parecer lo  acusan de negocios sucios, y hasta de narcotráfico. 

Con aire de turista curioso, se acerca a la conserjería y pregunta. El  empresario es de la región, tiene la mejor casa de la ciudad y una estancia espléndida a pocos kilómetros. Aquí se lo conoce por su afición a las mujeres. No saben más.
Como quien mastica un puro, Gerard murmura, «interesante, muy interesante». Y se retira.  Por un momento cree haber resuelto el enigma del viaje de la señora. Pero no, no hay que apresurarse. Nada nunca es lo que parece.


A  la tarde, el lobby del Gran Hotel  hierve. Gente que habla en voz alta, policías, desorden y un conserje que no sabe cómo tranquilizar  a los viajeros. Al parecer, en plena siesta sin importar el calor, la esposa del empresario se ha abalanzado a la habitación de Elsie Bruno a los alaridos:


¡Puta, sinvergüenza, ladrona!  


La señora, ha salido de la habitación y entre las dos han representado una escena  con tirones de pelo e intentos de arrancarse aros y collares. Luego, la esposa se ha retirado airada, mientras Elsie volvía a su encierro. 
Apartado, con un libro entre las manos,  muy concentrado, Gerard descubre al joven amigo de la señora.

«Ah, claro, te marchas esta noche con tu protector», piensa y se apresura. Acaso el epílogo ocurra en Buenos Aires.
El único pasaje que consigue es en tren. Tendrá unas horas para tejer su tela.
Ve subir una mujer joven con un niño de unos cuatro años y una jaula con un gato.  Luce cansada, inquieta. Acomoda al niño en sus faldas, y coloca  la jaula en el asiento a su lado. Gerard dormita. Su vecina también.


De pronto, gritos desesperados  lo despiertan. El niño ha desaparecido, el guarda corre, la mujer lo sigue, pero la cartera se le engancha en la puerta de la jaula. Tironea y corre sin mirar. Aprovecha el gato para meterse entre los pies de todos. El guarda alcanza al  hombre que lleva al niño clamando:


—¡Es mi hijo!, ¡es mi hijo! —y ¡zas!, salta el gato y lo hace caer a arañazos.


Detienen al hombre en la estación donde un canillita repite:


—¡Suicidio en la estancia! ¡Empresario muerto!


Gerard comprende al fin: Elsie Bruno fue el gato. Ganó el funcionario. Por ahora.

sábado, 14 de diciembre de 2019

SUSPIROS




Este año, el primer viento de primavera ha dejado un colchón cerrado de hojas secas sobre todo el jardín. Está tan parejo y los distintos tonos marrón rojizo, negruzco, amarillento hacen dibujos tan sugerentes y bellos que más que  rastrillar y limpiar, y dejar el terreno preparado para un pasto fresco, verde, me dan ganas de pintarlo.


¿El colchón donde se recostará la vejez? Sí, en cierto modo esa es la imagen. Pero el recuerdo es el sonido de las hojas secas al quebrarse bajo los pies de una niña que corre y grita entusiasmada por el primer cielo azul, por el aire que la empuja y llena de alegría la vitalidad que la desborda. La niña que fui.


Suspiro resignada. Siempre suspiro ante las obligaciones cotidianas que me llevan a deshacer lo bello en pro de lo práctico.


No, me corrijo: suspiro siempre. En casa me llaman “la suspirosa”, porque es lo primero que hago después de abrir los ojos, cuando veo las noticias que hablan de un mundo en llamas ante el que  no queremos rendirnos, pero no sabemos cambiar. ¿Qué haríamos si lo hiciéramos nuestro, sin los otros? Desconozco el origen de mi hábito, pero sé que cuando lo registré como característica propia, me di cuenta de que pertenezco al aire tanto como él  me pertenece. Cuando aspiro, es mío en mis pulmones, así como cuando lo suelto y lo doy, pertenezco a todo el aire exterior.


Empiezo a limpiar. Alrededor de los troncos de los árboles, bajo las hojas secas hibernan todavía cientos de caracoles. Levanto uno que empieza a abrir la capa protectora que tejió. Va asomando como si se desperezara.


“Caracol, col, col,

Saca tus cuernos al sol”


cantaba mi madre cuando yo era bebé, mostrándome sus antenas mientras lo sostenía en la palma de la mano.


—¡Son plaga! grita mi hermana que acaba de aparecer en el jardín. Ella cuida las plantas y sus flores y se ocupa con dedicación de una parte del terreno donde cultiva algunas verduras,  “su huerta”.


Lo sé, lo sé… —respondo apenas, mientras le entrego el rastrillo.


Comienza metiendo caracoles en una bolsa para el primo que los salta con ajo y perejil, pero a medida que encuentra más y más , se desespera y grita como si los caracoles quisieran hacerle daño. Se enfurece, los pisa con rabia. 


Vuelvo a suspirar. Ítalo Calvino hizo que su Barón Rampante a los doce años  trepara a vivir para siempre  en las copas de los árboles por no comer los caracoles que había visto hervir vivos a su hermana. En este momento, envidio al Barón.


Rastrillo en mano, frenética, desesperada, se vuelve hacia mí  para que responda por ellos. Mi hermana es el dictador. Yo, la revolucionaria que dirige la rebelión de los caracoles. ¿Por qué, si no, han elegido nuestro jardín? Mi permisividad, mi “vivir y dejar vivir” deben ser responsables aunque ella no pueda explicarlo. No me hablará en todo el fin de semana.


A punto estoy de contestar enojada, pero reconozco su entrega y su cuidado por la huerta y las plantas. Soy la única persona presente, y ella tiene buenos motivos para defenderse de la plaga.


Decimos amar la naturaleza y vivimos destruyendo todo lo que no nos gusta de ella. A su vez, Madre-Natura se encarga de diversas maneras de nuestra destrucción.

¿Seremos siempre depredadores?


La dejo en su danza de bruja contra los caracoles, y entro a casa.


Otro suspiro. Este es más hondo.

                                   


jueves, 28 de noviembre de 2019

LA ESPERA









Cielo plomizo, nubes a la altura de los ojos,  necesidad de dormir al tiempo que la angustia no permite ni un segundo de descanso.

Como un rayo vuelve a la mente la palabra “preeclamsia”. Hace ya tantos años de eso. Su mujer en una camilla que corre como un relámpago a la sala de cirugía. Por entonces él fumaba. Y fumó como todos, para calmar los nervios que se tensaron más, para tener las manos ocupadas que no dejaron de temblar, para todo lo que  se mentía con el cigarrillo. Ahora piensa con qué mentirse. Algunos de sus amigos se embotan con alcohol. Tampoco sirve. Quiere estar despierto, despierto y desesperado. Claro, está el celular, sí, todos en el aeropuerto lo tienen encendido, también él, pero aunque intenta distraerse con algún juego, lo deja inmediatamente. Necesita noticias.

El aeropuerto  ruge en  sordina  como los truenos lejanos. Casi se alegra de estar solo.  Los que esperan en compañía se alimentan mutuamente la angustia y el temor.
«¿Se sabe algo más? ¿Hubo otro aviso? Por radio dicen que cayó un avión que venía de la cordillera…»

 Tiene ganas de gritar « ¡Cállense!» Piensa que sería mejor el silencio, pero siente que todo eso también está dentro de él; su hija, su chiquita, ¿dónde, cómo está? No  puede hacerse la última pregunta: «¿Volveré a verla?»

Por el altoparlante suena su nombre llamándolo a” Informes”. Corre como si se le escaparan y, ¡allí esta su niña!

Se abrazan llorando. Salen mientras ella  dice:

Perdí el avión, pero no pude avisarte. Vine en ómnibus y en  auto hasta aquí, porque sabía que estabas esperando.

Llega un viento que lo barre todo. Asoma un rayo de luz. Entonces, sonríe.

lunes, 11 de noviembre de 2019

EL SICARIO


Revisa una vez más su pasaje de turista a Tailandia, las fechas, los horarios, y elige uno de sus pasaportes falsos. Cree recordar que es de uno de sus muertos, de alguno de los que dejó dormido en algún café de aeropuerto porque el otro creyó reconocerlo o haber visto su foto en alguna parte. Unas gotitas en la bebida elegida lo adormecían; él  le sacaba el pasaporte y huía. Cuando, después de llamarlo innumerables veces el personal del aeropuerto  identificaba a su víctima, ésta ya estaba muerta y él volaba hacia algún  lugar remoto.


Alguna vez tuvo que improvisar en pleno vuelo. Hay gente tan insistente… Siempre alguien necesita entrar en conversación. En ese sentido se siente superior. Desde el primer encargo que lo llenó de dinero pero lo obligó a vivir más en el aire que en la tierra, supo lo que era la soledad hasta de sí mismo. Aprendió a no nombrarse ni con el pensamiento.


Ahora, retirado del oficio, vive en un espléndido rancho al borde de la selva, siempre bajo otro nombre. Sabe que Interpol lo busca, y esta mañana al leer el diario con la minuciosidad acostumbrada, encontró un recordatorio aparentemente ingenuo de familiares de uno de sus últimos muertos como suele llamarlos, que le indica que nunca creyeron en el ataque cardíaco que lo mató en vuelo y que siguen buscando testigos. Es mejor ausentarse un tiempo.


Habla con la mujer que lo acompaña desde que compró el rancho. Es una indígena sumisa y crédula. Sabe que  su hombre se dedica a los negocios importantes de los blancos, que a ella no le falta nada, y que solo debe atender su casa como la atendió siempre, cocinarle lo que le gusta y estar disponible para el sexo. Él no le pega, no le levanta la voz, no la maltrata. Muchas veces ni siquiera la mira, pero ella vive tranquila. Asiente, aunque él ya le da la espalda.


Ningún auto, ninguna motocicleta, ninguna bicicleta lo sigue. Todavía está a salvo.



                                                 ***

—¿No despacha equipaje, señor?


—No, voy por pocos días.


—Entiendo. Embarca por puerta  veintidós. Buen viaje.


La empleada casi no lo mira, pero su “entiendo” queda resonando.

 Compra una novela policial en el puesto de diarios y revistas, y va directamente al prembarque. Simula leer. Nadie le presta atención.


Ya en el avión, cede su asiento a una señora que protesta porque no le gustan las filas de cuatro pasajeros y quiere una ventanilla. Él por el contrario prefiere estar sobre el pasillo, y si el avión no va muy lleno, a su lado quedará algún espacio vacío.

Suspira. Por fin empieza a relajarse. Todo está en orden.


En el otro extremo de su fila se sienta un hombre de unos cuarenta años que parece no verlo. Ni bien las indicaciones de los cinturones de seguridad se apagan, el hombre reclina el asiento y se dispone a dormir. Él aparenta hacer lo propio, pero sabe que no puede descuidarse. Registra las caras de las azafatas y del comisario de abordo.

Se levanta al baño. ¿Habrá algún sospechoso? Se ríe de sí mismo, actúa como los que lo persiguen.


Un matrimonio de turistas jubilados, un ejecutivo metido en su ordenador, dos amigos o socios que beben sin parar. Todo tranquilo. Hizo bien en reservar el primer vuelo a un lugar tan lejano. Al parecer esta vez no tendrá que matar a nadie. Quizás hasta pueda tomarse vacaciones.


Cierra los ojos. Durante el viaje puede descansar. El alerta debe ponerlo sobre el aterrizaje.


Sin embargo, todo vuelve en el sueño. Dos crímenes por encargo y siete por temor a ser reconocido, infinitas millas de vuelo, viviendo en el aire hasta poder recalar en un rancho de lujo y soledad; y siempre las caras de los nueve asesinados atados como globos a la cola del avión que lo transporta. Siempre con él. Sólo en el rancho no los ve. ¿Habrá hecho bien en irse?


Las luces se encienden. Los cuerpos empiezan a moverse. Es hora. Bajar entre muchos, ni de los primeros ni de los últimos. Pasar desapercibido. Pero esta vez, los muertos no se van en cuanto abre los ojos. 


Se los refriega. Se despereza. Vuelve a mirar. A su alrededor, la señora que pidió la ventanilla, el ejecutivo del ordenador, los jubilados, los bebedores y las azafatas lo miran fijo mientras su vecino de fila dice:


Buenos días, Félix cerrando un par de heladas esposas en sus muñecas.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

PARAISOS PERDIDOS


                                                       









—¡Uf, día fatal en Estación Espacial!

—Hola

—¿Por qué llorás?

—Está muy mal.

—Contame.

—-Quiere irse al espacio en un cohete individual.

—Nosotros nos conformábamos con un auto y una botella de whisky.

—No, dice que quiere ir a otra esfera del tiempo donde no hay referencias, todo es igual, no hay nadie, entonces uno puede ver venir la muerte. Saborearla dijo, ¿te das cuenta?

—¿Saborearla? ¡Está loco o drogado!

—No, justamente, no quiere repetir lo que hacen sus amigos. Dice que no sirve para nada, que van más allá de la sensación y después se olvidan y terminan sin sentir ni reconocer nada. Y de los adultos dice que preferimos morir distraídos. Él quiere estar presente.

—Es la adolescencia. Se le pasará. Nadie quiere estar tan presente. Habrá que ver de darle algunas vacaciones en las que pueda conocer otra gente, otros modos de vida.

—¡Ojalá!

—Y yo tan orgulloso de un hijo brillante siguiendo la carrera espacial…. Hablaré a Houston, le pediré a Jerry que lo incluya en un viaje de turismo a Júpiter, por ejemplo.

—¿Y los afectos? No volverá, nos olvidará o estaremos muertos.

—Al contrario, se aferrará a nuestro recuerdo. Creció, busca su lugar. Seremos su paraíso perdido. Todos tenemos alguno.

—¿Te das cuenta de lo que decís? ¿Qué hicimos? Algo tenemos que ver. También giramos en esferas distintas.  Si al menos se dejara abrazar…

—Bueno, ya basta. Me cansé. Mejor, vayamos  a comer afuera.

Ahh! ¡Mirá! Ese cuerpo que cae, ¿no es…?

sábado, 8 de junio de 2019

PRUEBA DE AMOR













Ella preguntó:

¿Qué es la felicidad para vos?

Reconocerme en el espejo de tus ojos; hablarnos las veinticuatro horas; escuchar música todo el tiempo; ver los cielos y los hechos del mundo desde mi sillón; que baste  decir «quiero» para tener mi comida caliente; un auto en la puerta; no tener que hablar ni mirar a desconocidos.

¡Ah! dijo ella.

Al día siguiente, él recibió un regalo. La tarjeta decía: «Gasté todo lo que tenía en tu felicidad. Adiós.» 

En la caja encontró un teléfono móvil de última generación con una selfie de sus ojos.