jueves, 12 de julio de 2018

HIJO DE LAS MAGDALENAS

¿Y ahora, quién me protegerá? Boy, nunca tuvo otro nombre, levanta sus ojos buscando los del hombre que lo encuentra solo en la calle.

La piel, los rulos, el castaño oscuro de sus ojos  señalan una herencia africana. Uno de sus brazos es visiblemente más corto que el otro. Viste pobremente y está muy desabrigado para la noche de Dublin.

El hombre, que pasea un perro, se saca el abrigo para protegerlo.

Vamos a la policía.

No, por favor señor, no. Si me lleva a la policía, me devuelven al convento de la lavandería de las Magdalenas, y las monjas me van a castigar.

El hombre se conmueve y resuelve llevarlo a tomar algo caliente.

Dan la vuelta al paredón de piedra del convento, y al pasar por el jardín de la parte posterior, ante una parte amplia de tierra apisonada y sin cultivar, Boy se echa a llorar.

Allí pusieron a mi mamá esta mañana, yo lo vi, señor.

El hombre cambia de dirección con el niño de la mano y silba a su perro,
―¡A casa Willy! y luego le habla a Boy,

En casa también hay un gato. Se llama León.  Ahí estaremos tranquilos para hablar.

El niño es menudo y muy delgado con una mirada muy atenta. No sabe cuántos años tiene. Habla con fluidez, pero el hombre no le da más de cinco años. «A lo sumo seis», piensa.

―¿Y a usted también tengo que ayudarlo con los pantalones como  a Monseñor?

El hombre se queda helado. Una piedra formada de compasión y horror se instala en su pecho.

No tienes que hacerme nada. Ni a mí, ni a nadie. Nunca más. Sí tienes que contarme todo lo que puedas,  para ver cómo podemos ayudarte.

Hay otras señoras con hijos, pero los otros son blanquitos y lo señores que vienen a buscar chicos se los llevan en seguida. A mí no me quieren porque las monjas dicen que soy negro como hijo del diablo.

Y el brazo, ¿cómo te lo lastimaste?

No sé, señor. Mi mamá le contó a Mary que cuando nací alguien tiró mal del brazo y nadie lo curó después. Ahora las monjas me hacen llevar baldes para limpiar escaleras con este brazo. Dicen que así se va a estirar, pero a mí me duele mucho.

¿Qué otras cosas haces?

―Limpiar baños y ayudar en la cocina. Y cuando viene Monseñor, me mandan a ayudarlo.

―¿Qué pasó con tu mamá?

Boy llora sin consuelo. León se acomoda en su pecho dándole calor. Entre hipos y sollozos cuenta:

―No podía salir de la cama. Decía «ay, ay, ay», «ay, ay, ay» y las monjas creían que no se levantaba para no trabajar. Le pegaron y la obligaron  pero se cayó al suelo y  quedó toda dura. La  llevaron a ese terreno que le mostré, ahí había otras señoras que no se pudieron levantar. Yo las vi.

―Me dio mucho miedo y fui a esconderme al cuarto de castigo que está arriba de todo.  El cuarto estaba vacío. Me quedé pegado a la puerta por si la superiora me buscaba y la abría. Así quedaba tapado. A la hora de rezar en la capilla, me escapé por donde sacan la basura y corrí por  la huerta hasta un hueco que hicieron los ratones en el cerco. Sabía que si rezaban como siempre me daban tiempo, pero la superiora es muy mala y si quería buscarme, iba a ir ella. No quiero volver. No quiero ir a casas de chicos sin mamás.

El hombre piensa un rato.

―Por unos días vas a ir a casa de mi madre en el campo. Te llevo con Willy y León para que tengas con quien jugar. Tengo que hacer una denuncia. Después veremos. No te preocupes, yo te protegeré.
                                                            *

(La ficticia historia de Boy  es un reflejo de lo que pasaba en las Lavanderías de las Magdalenas entre los siglos XVIII y XX, hasta una denuncia en  1956. En 1993 el estado irlandés encontró en un convento de Dublin una fosa común con 155 cadáveres de mujeres sin identificar. Recluidas por “impuras”,  por ser madres solteras, o por considerárselas dementes por su rebeldía. Trabajaban seis días a la semana, no podían hablar entre ellas en privado, sus hijos eran dados en adopción, sufrían maltratos y abusos. Lavaban la ropa de hoteles, hospitales y particulares de la ciudad. Las ganancias eran para el convento. El estado se hizo cargo. La Iglesia jamás se disculpó).

lunes, 2 de julio de 2018

UN HOMBRE AFORTUNADO


La oficina de redacción del periódico hierve. El gran maestro de casi todos los que trabajan allí, el admirado   periodista y escritor de policiales, por todos conocido como El Viejo, está muriendo.

Mientras esperan las noticias del mejor  amigo que lo acompaña y que tal vez rescate alguna palabra para el recuerdo si llega a haberla, los redactores se afanan en la búsqueda de datos biográficos para la necrológica. Hay tan poco…

Después de aquel incendio que destruyó todas las fichas del personal registradas a mano, la modernidad recompuso mediante la informática y las copias de seguridad no tan seguras, los datos actualizados de todos su redactores, pero El Viejo ya estaba jubilado, y si bien iba con frecuencia a la redacción que era su casa y su familia, nadie se preocupó por actualizar los suyos. Ahora quedan los recuerdos de unos, las anécdotas de otros, los cuentos tejidos con dos o tres frases repetidas a lo largo de los años y no mucho más.

Es, eso sí, el padre del Detective Mute, personaje principal de todas sus novelas policiales.

Mute jamás carga un arma, habla poco, es  medido y sereno, pero participa en historias de crímenes terribles cometidos por asesinos crueles y morbosos, y sufridos por víctimas no siempre buenas y bellas.

Así, quienes creen en la identificación directa de un autor con su obra, y quienes conocen la bonhomía y la integridad moral de El Viejo, se preguntan cómo alguien de tan buen talante, tan equilibrado y buena persona fue capaz de escribir cosas  que provocaban el terror, el insomnio y la necesidad rayana en el vicio de seguir leyendo cada una de sus novelas.

Firma sus libros como Frank Spadavecchia. Nadie tiene certezas sobre su origen. Europeo, sin dudas. Llegado hacia el fin de la Segunda Guerra, muy joven, ya sin una pierna pero aun así con un físico atlético. Alguien cree reconocerlo en una revista deportiva de los años treinta lanzando una jabalina.  Otro dice que en verdad se llamaba Iacopo, pero que se había cambiado el nombre para que no pudieran reconocerlo del otro lado del océano. La mayoría piensa que lo de la pierna es una herida de guerra. Sin embargo, hay quien asegura que ante esa insinuación un día se le oyó responder: «Más bien una herida de no guerra».

Su frase memorable, «si Hitler y Mussolini quieren la guerra, que hagan ellos la guerra; yo no hago la guerra», le valió amistades indestructibles tanto como enemigos acérrimos.

Y, «¿por qué no se casó nunca?» Es otra de las preguntas que de un escritorio a otro va buscando y encontrando las respuestas más extravagantes.

Los cafés se multiplican, los ceniceros amontonan colillas, el paso de las horas sin descanso se dibuja en ojeras, caras muy pálidas, algunas manos temblorosas y cierto malhumor a la hora de responder llamados  que repiten un «¿novedades?»

La madrugada es la hora del hambre. Se desata una ansiedad caníbal que busca reponer energías a toda costa. Hay que llamar a José “el gallego”, mozo del bar de la esquina, proveedor infaltable de sándwiches, pizzas, bebidas de distinto tipo.

José llega. Todos despiertan.

¡Al fin, Gaita!

Muero de hambre, José.

Che gallego, vos que siempre te quedabas charlando con El Viejo, ¿sabés algo de su vida en Europa?

Lo sé todo. Al cierre, cuando todos se iban, él se quedaba a escribir sus novelas. Yo le traía café y cognac y conversábamos largo rato. Fumaba puros. Según decía, el olor espantaba las moscas sin tener que matarlas.

Ja,ja, mientras mataba gente en el papel.

Che, dejen hablar al Gaita.

¿Es cierto que fue deportista?

Es que en la escuela se le reían por ser un alfeñique. ¿Cómo le dicen ahora? El bulin o algo así. El padre lo mandó a hacer deportes para que se defendiera, pero nunca contestó. Decía: «no valía la pena, gallego; me vengo ahora y mucho mejor», y se reía.
El caso es que las muchachas se lo disputaban y parece que fue novio de la más rica del pueblo, pero llegó la guerra…

Y como todos sabemos: «si Hitler y Mussolini…»

Así fue, muchachos. Desertó dos veces. La primera tuvo pena de cárcel y vuelta al frente, pero la segunda era huir de Europa o el fusilamiento. En un momento de debilidad buscó a su novia por ayuda, y ella que era fascista, lo delató. En la huida lo hirieron. Salvar la vida fue perder la pierna. Adiós al deporte, a la novia, a su pueblo y a su gente.
Aquí empezó como plomero, hasta que el director del periódico lo conoció y se lo trajo de “che pibe”.

---¡Pobre tipo, qué vida!

¿Qué hay del romance con la hija del “dire”?

Pues, no lo sé. Una vez, hablando de otras cosas dijo: «no hay que casarse con hija de rico ni con hija de patrón», pero eso fue todo.

O sea que no tenemos mucho más que el titular: A LOS 89 AÑOS DE EDAD MUERE FRANK SPADAVECCHIA, PADRE DEL DETECTIVE MUTE.

Un llamado a la redacción confirma la hora del deceso. El amigo de El Viejo hace un breve relato.

No creo que interese mucho, todo cuanto dijo fue: «Soy un hombre afortunado, me voy sin haber tenido que matar ni una mosca».

lunes, 14 de mayo de 2018

LA CUEVA ES DRAGÓN


Nadie
nos ampara
de la sombra
¿Pero quién nos ampara de Nadie?
                     Víctor Redondo

El dragón es cueva.

Hay una hora, la del llanto del sol deshaciéndose en el horizonte que muchos llaman “la hora del lobo”, en la que día a día mi dragón abre sus alas, se hace cueva y me adentra.

Sólo mucho más tarde una luz tenue, transparente, vendrá desde otros seres hacia mí, trayéndome descanso.

Adentro de mi dragón-cueva hay muchos caminos, corredores y desvíos que mienten un destino. Ellos mismos son llegada.

Los hay cada vez más oscuros, húmedos y fríos; otros cercanos a su corazón,  calurosos, ardientes, con promesas apasionadas pero llenos de fuegos fatuos.
Están los  que parecen ser sus garras, donde se incrustan las piedras preciosas del mundo que apenas vislumbro y quisiera sacar a la luz, pero que me desgarran cada vez que lo intento.

En cambio, en la covacha que le sigue encuentro trastos viejos acumulados a lo largo de la vida. Alguna vez brillaron como valiosos y hoy son plásticos rasgados, sucios, malolientes como deshechos de animales de albañal.

Alguna vez he creído caminar por una larga lengua de fuego cuyas paredes rugían lo innombrable  que el dragón no me permite olvidar.

Quizá pertenezca a alguna de sus alas un corredor silencioso de luz amarillenta contra la que se recortan las siluetas sin rostro de los muertos. No se miran ni se perciben entre sí; no hablan, están. Saben que veo sus sombras. Esperan que dé un paso más en mi oscuridad para pasar un mensaje que anhela, como en la cueva de las manos,  ser descifrado algún día.

Hay noches en las que no puedo ir más allá de mi alma y me encuentro en esos corredores de actos y deseos envilecidos por la avidez de una felicidad mentida en la representación. Es cuando clamo por estrellas, pero no las merezco. Cuando quisiera haber pensado lo que no supe pensar; haber sentido lo que no supe sentir; haber querido lo que no supe querer.

En  corredores de rocas que se apartan ensanchando un pasadizo cada vez más oscuro y sin límites, temo que hasta el suelo se abra bajo mis pies. Sin embargo, en ese desierto sin luz y sin guía, lugar de la soledad que exige un grito para confirmar que estoy allí y que no he muerto todavía, ronca una respiración pesada, lenta, que no se oye pero se siente.

Hay partes en las que el granito brilla como mojado de lágrimas a la extraña luz de relámpagos hechos de la mirada de los otros, y aun así es más compañía. Tiene voces de culpa y de pena. Sí, al menos tiene voces.

En otro pasillo de infinitos hilos tejo y destejo todos los errores, malos sentimientos y rencores que me alejan de los otros. Al tejerlos y destejerlos se hacen cada vez más finos, delicados, de brillo sedoso, y ya no queda casi nada de lo cortante y áspero que nos aparta.

Claro que pienso muchas veces en Penélope. ¿Estaba cansando a sus pretendientes o  estaba intentando que el hilo de los resentimientos y reproches a Odiseo por un abandono que duraba años dejándola como botín de guerra a hombres ávidos y codiciosos, fuera haciéndose tan fino como para tejer el manto más suave del perdón y del olvido, y así esperarlo renovada por haber vencido sobre sí misma?

Me pregunto hasta el infinito por este dragón que cada tarde abre sus alas, se hace cueva y me adentra. ¿Qué quiere de mí? ¿De qué le sirve este rito cotidiano? ¿Acaso él también  es  prisionero y guardián que espera que lo liberen luego de cumplir un deber que es instinto, que ya no le importa; con el que creyó ganar un cielo y ahora sólo quiere dejarse a sí mismo, salirse por sus fauces, por su fuego, por sus garras, escamas y espinazo, pero sobre todo por  sus ojos?

¡Ah, los ojos del dragón! A veces siento que me miran muy fijo, quietos, sin parpadear, en espera. ¿Observan? ¿Piden? En todo caso no amenazan. Se sienten  seguros. Sin embargo, algo quieren.

Algo que debe salir de mí hacia mí cuando lo mire con sus ojos y los sepa míos, cuando ame esta soledad terrorífica de nadie.

Entonces no me dejará ir, será él quien se vaya. Levantará las alas volviendo a su lugar de origen y destruirá la cueva.

Me dejará desnuda.

Al irse, tal vez se desprendan de sus garras  las piedras preciosas que me dio la tierra, y  empiecen a brillar para todos.

Sabré lo que es luz.

domingo, 15 de abril de 2018

UNA IDEA GENIAL


«¡Otra vez, otra vez!
Bella, perfecta, plena de promesas, abierta a la palabra creadora.
Aterradora.
Nada de lo que en ella aparezca, merecerá su blancura.
Inmaculada, ¿qué palabra merece mancharla? ¿Para decir qué a quienes?
Todo ha sido dicho ya.
Ah, sólo una palabra que deba ser escrita o pronunciada…
¿Quién merece la revelación?»

Hay tiempo todavía. Caminar un rato, despejarse.

Pero, hay tanto que hacer.  Comer, limpiar, hablar, verse con amigos…Sí, sí, hay tiempo todavía…

Tal vez baste animarse y escribir lo primero que venga a  la mente. Después de todo, una tecla puede  borrarlo todo y  la página vuelve a su blancura. Pero, “se ha guardado una copia de seguridad en Word”, dice el ordenador para tranquilizarnos.

De niños, con su hermana se entretenían en el juego de los espías. Con una pluma empapada en limón sobre una hoja perfectamente blanca, escribían un secreto recién descubierto. Quien la recibía, pasaba una vela encendida por detrás de la hoja, y encontraba el mensaje.

¡Horror! ¿Nada desaparece del todo en el mundo?

                                                                         *

Una editorial  premió su novela hace ya dos años. Por entonces, firmó un compromiso de trabajo que le permitiría vivir sin lujos mes a mes, y que hoy no puede cumplir.
El editor llama.  Dimas va a explicar lo que no tiene explicación. Camina presuroso, ensimismado.

Los amigos están sentados a una mesa de café en la acera cuando pasa  sin mirar.

Ahí va “tengo-una-idea-genial” ―dice Carlos en voz bien alta y con sorna.

Por supuesto lo oye, le duele, sabe que en cierto modo tiene razón, pero la sorna y la descalificación lo hieren. Porque, aunque nunca debió compartir esa certeza con el entusiasmo de un niño  que aprende a abrir una puerta, en verdad él tiene “las ideas geniales”, hasta sueña con ellas, pero ni bien enfrenta la página blanca  del ordenador, todo desaparece.

Sabe que la así llamada “inspiración” es una gracia que alguna vez llega, pero siempre tras   mucho trabajo árido, constante, sin renunciamientos. No obstante, también la usa de excusa ante sí mismo cuando no puede soportar el espejo.

 Añora casi con desesperación aquel tiempo en el que escribía  sin descanso en un café, rodeado de murmullos indefinidos, gente que iba y venía sin verlo, sin ser vistos; de vez en cuando una voz se alzaba «son dos los cafés, uno sale cortado».

Ahora ese espacio, ese tiempo ya no le sirven de marco. Prueba con la soledad y el absoluto silencio. Tampoco.

―¿Puedo saber qué te pasa? ―pregunta el editor entre la recriminación y la paciencia.

Dimas intenta un largo razonamiento sobre la necesidad de la Verdad absoluta, de la Belleza perfecta, de la Esencia de las cosas, y tópicos similares.

Un suspiro del editor corta su discurso.

―Esas entidades viven en un mundo que no es el nuestro. Apenas las vislumbras en los sueños. Nosotros trabajamos en tierra con aspiraciones, intentos, nuestras personales limitaciones. Si te facilita las cosas puedo ofrecerte una oficina exclusiva durante algunas horas al día. A otros les ha servido. Pero antes de responder, quiero que salgas, veas a tu familia, a tus amigos, te olvides de la página en blanco y de todas esas ideas grandilocuentes. Luego hablaremos.

Dimas se retira humillado, aunque  en su interior algo ha perdido peso. 

No quiere ver a sus amigos. Las miradas burlonas, los silencios compasivos son piedras en su estómago. 

Busca a su hermana. Necesita compartir recuerdos, juegos.

Los sobrinos lo reciben con una algarabía que responde al tiempo que lleva sin verlos.
A la hora de dormir los niños reclaman la presencia de su tío. Quieren un cuento.

Dimas, sentado al borde de una cama los mira temeroso, y encuentra ojos brillantes de ansiedad y entusiasmo. Entonces se oye decir:

―Había una vez…

Y la vida recomienza.

martes, 13 de febrero de 2018

LA POETA



                                                              Sólo en el silencio la palabra
                                                              Sólo en la oscuridad la luz
                                                              Sólo en la muerte la vida,
                                                              El vuelo del halcón
                                                              Brilla en el cielo vacío.
                                                                           Úrsula K. Le Guin

En la oscuridad de la habitación, un rayo de luz se filtra por las rendijas    de la persiana. La niña, desde su cuna,  observa las motas de polvo que danzan. Callada, abstraída en su mundo tan nuevo, lleno de maravillas como ese movimiento de puntos minúsculos en el aire iluminado, no reclama nada, sólo mira.

Su madre entra a la habitación con cuidado, en silencio, creyéndola dormida. Al verla, la niña apunta con un dedito al rayo de luz. Mientras abre las persianas para que entre el sol de la mañana, la madre dice: «Luz».

La niña sonríe y tiende los brazos.

Al borde del Pacífico, va juntando los nombres de los seres y las cosas que su dedo señala primero, y por los que su voz interroga más tarde.

Siempre hay algo nuevo. En un mismo día, el llanto de un hombre y los ojos de un perro a punto de ser apaleado le enseñan las palabras pena y miedo. Pero cuando ella misma corre a mojarse los pies a orillas del mar, bajo la luz del sol, sabe que se llama alegría.

En un baúl de juguetes guarda las historias que se cuenta a si misma, y las que oye a su padre sobre antiguos mundos perdidos.

Más tarde llegan los diccionarios y las otras lenguas. Sin embargo, es con su madre con  quien comparte los secretos y deslumbramientos que encuentra en las palabras.

Lo que no conocemos, ¿también tiene nombre? pregunta un día.

Quien conoce lo que vive en su entorno, los seres y las cosas que lo rodean, sabe nombrarlos. Y lo que se nos revela en el descubrimiento, trae su nombre consigo. Las motas de polvo que te maravillaban cuando eras pequeña, parecían no estar en la oscuridad, sólo las conociste por la luz, ¿recuerdas?

                                                          *
Adolescentes que quieren devorar el mundo, Úrsula y su amiga May comparten aventuras, corren los primeros riesgos. May  es pura espontaneidad, risa, desparpajo. Admira en Úrsula la inteligencia, la mirada observadora y llena de vida, el coraje vital. Sin embargo, el arrojo de May tiene una inocencia temible. Úrsula percibe nombres en la sombra de vivencias y sentimientos confusos apenas alumbrados por los primeros atisbos de conciencia.

Una tarde de vientos que sacuden las palmeras anunciando tormentas, Úrsula oye a su madre  hablando por teléfono. Una nube  oscura, terrible, se cierne alrededor de la mujer que llora sin consuelo. Alcanza a oír «¡Eso es algo que no tiene nombre!»

May, su amiga del alma, abusada por el tío más querido, es internada en una clínica psiquiátrica.

Úrsula  se encierra. Pasa días en la oscuridad,  los oídos abiertos al silencio.

Una tarde, abre sus puertas y pregunta:

Sabemos qué le pasó a May, entonces, ¿qué es lo que no tiene nombre?

Hay aspectos del mal que nos deshumanizan,  nos quitan la dignidad y nos vuelven inhumanos. Tememos nombrarlos por el poder que tienen.

Pero habría que tratar de deshacerlos…

¿Cómo?

Deshaciendo las palabras que los nombran.

¡Ojalá bastara! Ya están demasiado arraigados en el corazón humano, ―suspira la madre.

Pero Úrsula no se rinde.  Como el halcón en un cielo vacío de respuestas, pasará el resto de su vida trocando las palabras de lo que no tiene nombre en aquellas que iluminan la oscuridad.


(Homenaje a la gran maestra  de escritores y lectores Úrsula K. Le Guin, fallecida el 22 de enero de 2018)

miércoles, 10 de enero de 2018

CAPÍTULO II - De los viajes de Bernabé-1

“Levántate, huésped, y ve a descansar.
Tu lecho te aguarda.”
               La Odisea- Canto VII
 Deja en la mesa el vino de bienvenida. Volver a casa y encontrarse con Germán, le dejan el estómago y el ánimo tan revueltos como si hubiera tragado litros de agua salada. Se acuesta agotado. Suspira, cierra los ojos, pero no duerme. Cada sentimiento, cada sensación le trae recuerdos de veinte años atrás. La madre no está y ellos son otros. El afecto surgió en el primer abrazo cálido, intacto. Después, se notaron las diferencias y los esfuerzos de ambos por no chocar, por no herir, tratando de disimular la enorme distancia acentuada por el tiempo.

Hasta que en boca de Germán estalló el primer trueno:

― ¡Claro que al menos, como decís vos, yo pude despedirme! ¿Qué esperabas, que todo fuera el dinero que enviabas? No hice mi vida por cuidarla, por resguardar lo que le quedaba de ese hijo perfecto y lejano que tuvo que irse.  Y yo, tonto de mí, admirando al hermano revolucionario que nos dejó temblando por él y por nosotros, clavados en un mismo lugar.

«¿Por qué volví?», se pregunta o más bien se reprocha, aunque conoce sobradamente la respuesta. Así como se fue obligado, empujado por el terror, también volvió obligado por la madre que no pudo esperarlo, y por su propia enfermedad. Pero sabe que iguales motivos sirven también para justificar una ausencia definitiva, un darse vuelta hacia la vida que, forzado o no, hizo para sí.

Germán no puede esperar nada de él. De eso está seguro. Tampoco él de su hermano. Sin embargo, volvió, abrió los brazos y encontró los de Germán tendidos hacia él como cuando eran niños y Bernabé lo llevaba a “cococho” corriendo por la casa.

Pero apenas se enternece por la infancia lejana, sobreviene otra ola de preguntas: «¿Qué haces aquí, qué se te pierde?» «Cobarde, vuelve a lo tuyo.» «¿Perderás una vida ganada con tu dolor y tu esfuerzo, por sombras del pasado?»

Se siente un náufrago. La cabeza le da vueltas. ¿Dónde está su voluntad?  No puede ser esto todo.

Una ola de oscuridad lo alcanza, y con ella despierta la memoria.

Todavía era marinero en el pesquero. Vientos huracanados entrecruzándose, truenos y relámpagos,  la tempestad  levantó un mar que pudo con todos ellos. Recuerda una inmensa roca negra, pero no sabe si de verdad lo era o si se trataba de una ola tan alta, tan oscura, tan terrible como la que le golpea hoy el alma.

Recuerda también haberse sostenido de algo que flotaba a su lado; no sabe qué. Sacudido de un lado a otro, trata de no soltarse, de resistir, de no tragar agua, de no perder toda conciencia. No ve ningún compañero; es sólo la fuerza que le va quedando, sin pensamientos, sin sentimientos reconocibles, sin nombre. ¿Cuánto tiempo?

De pronto, sobre un horizonte impreciso cree ver, llevada por grises remeros, una nave  recortada de la negrura por los relámpagos. Aparece y desaparece detrás de las olas, pero está siempre ahí.  Hasta que tres remos sacan sus paletas del agua y en medio del rugido del mar y de los vientos, oye una voz portentosa que dice:

Marinero, sujétate de los remos, vamos, te llevaremos a la Isla de los Bienaventurados.

Ah, tan grande puede ser la tentación…

Pero, el marinero no subió al barco. La voz portentosa sirvió de latigazo a su conciencia.

«¡Gracias, Homero, por decir la verdad!» tartamudea mientras escupe agua. Pasado un instante, recobra su verdadero nombre: Bernabé.

Los hombres grises  desaparecen y en el horizonte hay un principio de claridad. Los vientos amainan.

Ahora duerme. Lleva al sueño  preguntas y temores.

Pasa la noche. Bernabé se levanta para ver el amanecer en la ciudad que apenas recuerda.

Mira un cielo amarillo suave, y sonríe ante el piar enloquecido de los gorriones.

«La pregunta no era por qué, sino para qué», piensa descansado y en calma.
Habrá de descubrirlo. Comienza a aceptar.

martes, 5 de diciembre de 2017

EL ´76


Era Navidad. Esa mañana avisaron que  la dejarían en libertad. 

Esperamos en silencio.

Desde la madrugada en que una bayoneta rasgó la puerta, nos acostumbramos a cuchichear como las hormigas, y a  que el silencio  fuera una pesada niebla en nuestras vidas.

Después, oímos los partes de ignominia. Una voz avisó: «Devoto».

Nos sostuvo el dolor de poder poner los labios sobre un rectángulo de piel enmarcado por barrotes.

Otros, no estaban.

Llegó enferma.

La abrazamos con la alegría ensangrentada como los nudillos del hermano que, borracho, golpeaba la pared de la impotencia repitiendo: «¡Hay que sacarla!»