jueves, 2 de diciembre de 2021

LA ENFERMERA, LA NIÑA Y EL PESCADOR

 









Es verano al sur del mundo, es Nochebuena y se sufre y se goza tanto como en el otro hemisferio, pero sin nieve, sin renos, sin trineos. Se hace todo para satisfacer la ilusión de niños criados en fantasías que les son ajenas. Hay una sobrexcitación general,  petardos, luces artificiales, música a todo volumen, risas y abrazos, obsequios. Sin embargo, algunos lugares  no se visten de rojo, verde y dorado. Lugares donde cuanto mayor es la algarabía  con su altisonante denuncia de felicidad, mayor es la oscuridad, el silencio, el dolor que albergan. Uno de ellos es el hospital de la ciudad.

En el Departamento de Pediatría hoy a media tarde ha muerto una niña; otra en cambio ha pasado muy bien una operación sencilla, pero llora desconsolada porque sus padres debieron retirarse mientras ella dormía, y ahora está segura de que la han abandonado. La enfermera de guardia hace lo posible por consolarla. Le cuenta que el cirujano ha dicho que mañana volverá a su casa para festejar  con sus hermanos y abrir sus regalos. Le moja la frente, le da un poco de agua, pero la niña se resiste.  La enfermera suspira. También ella está sola y lo estará más cuando cambie el turno. Al menos aquí cuida de otros.

Necesita el aire de la noche. Promete a la niña ir a fijarse si viene Papá Noel. 

Con los cigarrillos y un encendedor en el bolsillo sale a la puerta.

En la vereda, a pocos metros de la entrada, un hombre está sentado con la cabeza entre los brazos. Hay una bolsa de regalo  a su lado.

«Esta es noche de llantos», piensa ella. Va a encender el cigarrillo, pero se le ocurre  ofrecerle uno al hombre; tal vez juntos puedan llevar mejor las penas.

Es una oferta muda. Apenas un cabezazo parece agradecer. Se sienta a su lado. Fuman en silencio hasta que la pregunta surge como el humo. En la respuesta vuelven las lágrimas. La niña que murió  es su hija. No pudo verla ni abrazarla. No se lo permitieron. Llegó tarde a todo. Le traía un juguete que ya no será para nadie.

¿Cuánto pesan las dificultades cotidianas y los esfuerzos por llevar una vida digna ante la pérdida de un hijo? El dolor del hombre la deja muda de sí misma, en cambio…«tal vez ellos puedan consolarse mutuamente», piensa.

Lo acompaña, lo presenta  como «una visita sorpresa». Sin embargo, la fantasía infantil completa el deseo:

Sos un Papá Noel raro, vos. Sin barba, sin gorro, con cara triste, y manos lastimadas.

Es verdad, soy un pescador. Vengo del mar. Busco a mi hija.

¿Sabés dónde está?

—No.

Mi papá tampoco está. ¿Me contás un cuento?

Puedo hablarte del mar.

Dale.

Algunas veces hay tormenta, nubes y lluvia, mucho viento y no se ve el sol. Es como si el cielo se enojara y llorara como nosotros; y también el mar dice cosas, pero son terribles y no queremos entenderlas.

Otras, salimos con la barca cuando todavía es de noche, el azul es apenitas más claro. De pronto se pone muy calmo, una rayita amarilla aparece en el horizonte como un aviso. A medida que crece va haciendo un camino de luz. Entonces, si te apurás por llegar al camino  ya no lo encontrás debajo de la barca, sino que la luz viene a iluminar desde el cielo. Hay que trabajar sin descanso porque en unas horas más el calor será insoportable. Tiramos y recogemos redes. Devolvemos al mar lo que no sirve. La sal, las redes, el esfuerzo, nos dejan las manos ásperas y lastimadas como las ves. Al atardecer, el camino es rosado oscuro  y en vez de iluminar desde arriba,  el horizonte se lo traga casi como si le hubiera cortado la cabeza al sol.  Salen las estrellas. ¡Hay tantas! Y cuando la luna no se ve, o apenas es un cuerno plateado y limpio, hay muchas más. Me gusta mirarlas en el silencio  que se hace para oír la voz del mar en las olitas que llegan a la playa parejito, parejito: «ayer, hoy, mañaaaana» parece decir, y el mañana es siempre más largo.

En ese momento, un hombre entra a la sala.

Papá, papá llama la niña tirando los brazos.

El hombre se detiene a cierta distancia, mira al pescador con desconfianza. Parece querer interpelarlo, pero interviene la enfermera y explica la situación.

El clima se vuelve tenso. La mirada de la niña va de uno a otro tratando de entender.

El pescador apoya distraídamente su regalo en la mesa de luz y se va, vuelto ya a su infinita tristeza.

La enfermera lo corre.

Espéreme lo llama. Pero el pescador sigue su camino.  

Ahora es ella quien llora:

Por un momento creí que podíamos hacer de las penas una buena Navidad.

La niña ve el paquete. Lo abre. Encuentra un muñeco suave, blando, cálido. 

Lo abraza:

Mirá, papá. ¡Era de veras Papá Noel!

Los ruidos y las luces se apagan. La noche se recobra.

Al salir, la enfermera encuentra al pescador esperando.

Pensé que después de todo su esfuerzo por consolarnos, no merecía quedarse sola.

Gracias, venga conmigo. Mi casa es  muy fresca. Mañana será un día duro para usted. Podrá dormir en la terraza y descansar.

Tal vez.

La mano herida se apoya en el hombro vencido.

¿Brillarán más las Tres Marías?


sábado, 13 de noviembre de 2021

GATO POR LIEBRE

 


Lidia llora tratando de despertar a Mozart, su gato, que parece dormir plácidamente a su lado pero en un estado de rigidez absoluta. Le masajea el corazón, las patas. Llama a Enriqueta, su amiga de toda la vida:

Enri, se me murió Mozart sollozaanoche, en mi cama.

No, no sé la hora. Sí, le di sus gotas antes de dormir, pero esto es distinto, no reacciona. Está muerto.

¿Cómo voy a dejar que lo entierren en cualquier parte o lo tiren a la basura? Mozart siempre fue mi compañero. Lo quiero cerca.

Gracias, querida, en tu jardín estará feliz. Lo envuelvo y voy para allá.

Las cajas de zapatos son pequeñas para Mozart, pero apretándolo un poco… Lo envuelve en una funda vieja blanca; sin saber por qué no cubre su cabeza. Ata la caja con una cinta también blanca. Ella va de negro. Se detiene en la esquina a esperar un taxi.

Pasa una moto a toda velocidad, le arranca la cartera y la caja tirándola a la vereda.

Mozart, Mozart es todo cuanto gime.

La llevan al hospital, pero es tarde.

Entre tanto el ladrón intrigado por el peso de la caja, la abre para disfrutar su botín.

Mozart salta dando un maullido furioso, lo rasguña y escapa.

Las viviendas del barrio se derrumban. La gente se muda desde que por las noches en la esquina donde cayó Lidia  se oyen maullidos sin consuelo hasta el amanecer, pero jamás se ve un gato. 




martes, 5 de octubre de 2021

LA MUJER DE CENIZA

 


Queridos compañeros de El Tintero de Oro,

Anoche, preocupada más por los seres humanos destructores de su planeta que por los posibles extraterrestres, pregunté a Italo Calvino si me permitía usar el nombre del personaje –relator de Las Cosmicómicas para mi historia de Octubre.

Me miró como me mira siempre desde la fotografía con su sonrisa amable y algo irónica. Lo interpreté como un sí. Soy absolutamente consciente de que la distancia entre mi modesto Qfwfq y el original sólo puede medirse en años luz.

 

                        LA MUJER DE CENIZA

 

Ana Sofía, ASH para sus compañeros de trabajo, se desespera con la mirada que va del ordenador a la ventana con vista al mar. Aunque es tarde ya, sigue insistiendo en el intento de modificar las coordenadas que señalan el camino cósmico a la Tierra. Tampoco sus compañeros parecen estar logrando nada. Desde la primera señal de peligro, buscan una forma de hacer un riel alternativo que aleje esas naves de la Tierra. Pero el cosmos no es un ferrocarril.

El mar sigue subiendo y su color cambia a un verde peligroso que amenaza rayos y relámpagos.

Recuerda bien la alegría de aquel mediodía en el Instituto de Investigaciones Estelares cuando tras mucho tiempo de oír ondas que provenían de los movimientos de las estrellas, oyeron voces. ¡Voces! Y para más, comprensibles. Era el mensaje grabado en varios idiomas que se había enviado desde la Tierra al cosmos. Alguien estaba diciendo «lo hemos recibido», y tal vez «estamos buscándolos».

Nunca pensaron en quiénes eran los que lo habían recibido, ni por qué nos buscaban; menos aún si eran los únicos, o si solo eran los únicos en responder. Nunca pensaron que así como la luz crea sombras alrededor, las ondas sonoras traen silencios  indescifrables. No, nunca, nunca pensaron. Se dejaron arrastrar por las olas mansas de la alegría, esas que ya no están. Surge la terrible pregunta: ¿Y si fuera el fin de la Tierra? No ya de los seres vivos: de esa hierba que alguna vez arrancó; de la caricia de una mascota o de tratar de preservar una especie en extinción; ni de volver a ver nadar a los delfines, u oír el escándalo de los gorriones al amanecer; no más seres humanos amando, trabajando, peleando, pensando, creando. Nunca más la risa de un niño. No, el terror que la alcanza va más allá de su muerte. Milenios de milenios de evolución, todas las lenguas, todo el dolor y el sufrimiento humano, Beethoven, Virgilio, Van Gogh, y tantos otros aniquilados en minutos. Un hueco en el universo, el sistema solar rengo, corrigiendo elípticas, distribuyendo luz, oscuridad, calor, frío, agua y fuego con otro ritmo y distancia a todos los otros planetas. Todo para nada. Ah, es demasiado.

«Ver las estrellas una vez más», se dice. Pero al levantar sus ojos llorosos, descubre a su lado una forma luminosa. Trata de tocarla. Es insubstancial. Sin embargo, la forma es humanoide. En su cabeza resuena una risita irónica. Habla:

Soy Qfwfq, ¿no me recuerdas? Nos conocimos cuando todos vivíamos en un punto antes del Big Bang. Esa explosión nos disparó como perdigones por el espacio y terminamos  en distintas galaxias. Pero también es cierto que después de la muerte las vamos recorriendo una por una otorgando lo aprendido y tomando de los otros lo que debemos aprender. Ustedes se aterran de los extraterrestres pero viven rodeados de ellos. También los terrícolas hacen ese viaje, solo que no están tan evolucionados y suelen dormirse después de la muerte.

Pero los que vienen…

Déjame hablar. Nos quedan apenas quinientas palabras de las novecientas que nos regaló David. Lleva millones de años poder contarlo todo. Los que vienen son de un planeta muy agresivo, parecido al de ustedes pero con tecnología mucho más desarrollada. Querrías que Tierra no fuera destruida por completo, ¿verdad? Porque me has visto por fin, después de muchas veces de cruzarnos aquí o donde vivo, porque me oyes y me entiendes, eres una entre los pocos que pueden hacer algo. Eso sí, no verás el resultado hasta que vuelvas, dentro de milenios. ¿Aceptas?

Basta un tímido «sí», y ya están a la entrada de una cueva bajo el lecho de un río.

Cuando oigas llegar las naves, grita con todo tu corazón tu palabra de fuego.

¿Cuál?

La que salga será. Ahora debo seguir. Hasta el próximo cosmos, ¡buena suerte! Ah, sigues tan bella como entonces.

                                                                  ***

                           INCREÍBLE DESCUBRIMIENTO 

                         BAJO EL LECHO DE UN RÍO SECO.

 

Un grupo de destacados antropólogos excava a la entrada de una cueva bajo el lecho del río seco en la localidad de R¨jhin y halla el cadáver de una mujer cubierto de ceniza y algo parecido al plomo. Se trataría de un  ejemplar del “homo sapiens” desaparecido tras la primera guerra interestelar hace unos ocho millones de años.

 

( En la más romántica de las lunas de otro planeta a miles de años luz se oye una risita complacida:

Te lo dije,Ash! Dame un beso.

Claro, mi Qfwfq. ¿Crees que volveremos a vivir todos juntos en un punto alguna vez?

Espero que no. Demasiado promiscuo. Soy celoso.)



martes, 21 de septiembre de 2021

LA VENTANA INDISCRETA

 








 

Elvira, todavía débil por varios días de cama durante los que solo ha  probado algo de  sopa que la portera le alcanza  para luego volver al sueño, se levanta tropezando.

La ventana del living  golpea entre el viento y  los infructuosos saltos de la gata tratando de cazar una paloma. Es  por donde se asoma al mundo, sol, lluvia y   su vecino Antonio. Enferma, ha soñado con él. Se encuentran en el mercado, y él es tan caballero que carga su canasta de compras. A menudo cruza la calle con una silla para sentarse junto a Elvira a mirar el atardecer.

Ella piensa que ninguno  invita al otro a su casa por aquello de «pueblo chico, infierno grande», pero qué bueno sería tomar unos vinos que suelten la lengua y los recuerdos.

Antes de cerrar, ve luz  enfrente: Antonio está abrazado al cuello de un joven que lo empuja suavemente hacia la cama mientras le desabrocha los pantalones que se deslizan.

Ahoga un grito, quiere llamar a la policía. No recuerda el número de urgencias. Tremendas imágenes  bailan ante sus ojos.

Vuelve a la cama, a su cansancio mortal.

Por la mañana, Elvira pregunta:

¿Qué sabe de don Antonio?

—¡Pobrecito, estuvo gravísimo! Diga que el hijo vino a cuidarlo  hasta que recupere fuerzas.

Ya a solas, Elvira oculta  la cabeza  bajo la almohada con el quejidito continuo de una niña que se ha orinado. No sabe cómo esconder la vergüenza de sus propios pensamientos.


domingo, 13 de junio de 2021

TEMBLORES

 

Cuentan que hace muchísimos años, no muy lejos de aquí, había una ciudad tan gris y triste que ni el sol lograba darle verdadero calor. Se la conocía como "la ciudad sombría".

Un monumento de acero en el centro de la plaza representaba un hombre gigantesco sentado sosteniendo un rifle, la primera liebre muerta por ese rifle, y sobre el lado izquierdo, un perro echado. Ambos animales yacían embalsamados en el Museo del Fundador, como modelos de lo que había hecho toda su vida: endurecer todo temblor, anular cualquier aliento; atar las ramas de los árboles para que el viento no fuera capaz de variar sus formas.

Los diseños de las calles y las casas  también colgaban de las paredes del museo, y si uno miraba bien, todo era tal cual lo había planificado: las verjas blancas todas iguales, las puertas y ventanas en el mismo lugar con cortinas inmóviles,  jardines de pasto que se mantenía siempre a la misma altura, pero ni una planta cuyas ramas pudieran moverse con el viento o cuyas flores crecieran dispares cada año. Cables y postes rígidos y el arroyo entubado. Se suprimía todo aquello que mostraba el hálito de la vida.

Antes de morir, el hombre de acero logró  implantar algunos criterios en la comunidad que se transmitieron de generación en generación:

Todo lo que se mantiene inmóvil es bueno.

Todo lo que tiembla es  malo.

Todo lo que crece, cambia y muere es peligroso.

Todo lo rígido es bello.

Así ocurrió que lo necesario para la vida diaria se traía envasado de otros lugares, y nadie vio nunca un pollo o un cerdo vivos. La gente se saludaba desde lejos. Los pocos niños que allí nacieron fueron enviados a estudiar lejos. Todo era gris, duro, frío.

Pasados los años, la ciudad moría idéntica a sí misma.

Rápidamente se buscaron culpables.

Muy lejos del centro, sobre los límites de la ciudad, vivía una mujer medianamente joven con cuatro niños pequeños de muy distintos tonos de piel.  Nadie sabía si eran sus hijos ni de dónde habían venido. Así, algunos los consideraban “hijos de la prostituta”; otros “los abandonados de Dios”; había quien los llamaba “los hijos del infierno”, aunque algún inocente creía que habían llegado gateando, perdidos, y que la mujer los había acogido. Las familias de bien jamás permitieron  que los suyos  se  acercaran a “los abandonados de Dios”, ya que no respondían a ninguna de las reglas consideradas decentes. Pues contra todo lo establecido, en esa casa todo temblaba, todo era movimiento, risas y aires nuevos. Se decía que esos niños eran capaces de hablar con los animales y hasta volar lejos con algunos pájaros. Sí, debían ser ellos los enemigos del pueblo.

Pero, ¿quién se atrevería a enfrentar el temblor? ¿Con qué armas? Una cosa es matar liebres, y otra matar niños. Ninguna ley lo permitía, y en el fondo nadie quería semejante cosa.

Algunos valientes pintaron pancartas reclamando que la mujer se fuera con sus criaturas. Mientras les alcanzó el coraje, las sostuvieron inmóviles frente a la casa sin acercarse demasiado. En otro esfuerzo, las dejaron clavadas en tierra, y se marcharon corriendo.

Los niños estaban estupefactos. Por un buen rato quedaron atrapados en el silencio y la inmovilidad de  sus contrincantes. ¿Serían ellos las nuevas estatuas? Alguno lloró. Ninguno durmió.

Al amanecer, cientos de gorriones bulliciosos llegaron en una infinita conversación. Entonces escucharon, volvieron a reír  y aceptaron.

Con ayuda de los pájaros desataron las ramas apretadas de los árboles, y las dejaron al temblor del viento. Cayeron las viejas hojas en desorden, se desprendieron las  semillas a su alrededor. Perros y gatos cavaron la tierra donde los niños plantaron flores  de su jardín. ¿De dónde sacaron fuerzas estas criaturas? Lo cierto es que lograron romper parte del entubado del arroyo para que se lo oyera correr por su viejo cauce.  Cuando la ciudad despertó, sus habitantes ensordecieron ante toda la vida que surgía.

Primero fue el terror. Llegaban la destrucción y la muerte.

Sin embargo, alguien se animó a abrir la ventana. Tanto aire moviéndose entre los árboles le gustó. Otro descubrió que los colores de las flores recién plantadas lucían muy bien en su jardín, y los que vivían cerca del arroyo sacaron sus hamacas para moverse al ritmo del agua.

 La  estatua del fundador quedó bañada en excrementos de  pájaros. No hubo quien la limpiara. La primavera trajo también la risa, la charla, el agradecimiento. Pero los niños misteriosos y la mujer que los cuidaba no habían vuelto a dejarse ver.

Un buen día cinco colibríes de muy diversos colores  libaron en las flores de la plaza y hasta se bañaron en la fuente en una danza maravillosa.

Desde entonces, en el tiempo del rebrote la ciudad festeja el día del ”Canto de la fuente” cuando todo el pueblo se acerca a esperar a cinco colibríes  que llegan puntualmente a regalar la danza del temblor.


lunes, 17 de mayo de 2021

KARMA

Si quieres, puedes usar esta imagen en tu publicación



Otra vez. Dolor de cabeza, mareo y ganas de vomitar. No necesito repasar qué comí anoche. Debo  enfrentarme a lo que más temo. No puedo dejarlo, ya me falta poco para el retiro y llegar al primer puesto del grupo me ha costado toda la carrera. Años de ser un mediocre segunda fila y cuando finalmente el director me convierte en el número uno a cargo de todo el conjunto en su ausencia, el terror.

Creo que todo comenzó en el entierro de mi madre. Mis compañeros haciendo por mí lo que mejor sabían, y yo sintiéndome cada vez peor. No fue cosa de ellos, si lo pienso. Esta carrera era la ilusión de ella. Creí que  me gustaba aunque estaba claro que no tenía el don; solo fuerza de voluntad, trabajo, disciplina.

Alguna vez me he declarado enfermo, pero si quiero tener un retiro pasable, tengo que aguantar un poco más. Hice toda clase de consultas. El último psiquiatra me recetó unas pastillas que me hacían temblar las manos. Tuve que dejarlas. A veces mis amigos me han visto palidecer, casi desmayarme, taparme los oídos. Respuesta: «problemas en  el centro del equilibrio».

Hoy estará el director. Doble esfuerzo. Allá voy, a mi martirio.

                                                           *

El gran Director da unos golpes suaves en el atril con su batuta. Comienza el ensayo. De pronto,  interrumpe y se dirige al primer violín:

Maestro Silvestrini, ¿se siente mal?

Melafobia incurable, maestro.

__________________________________________________________ 

Melafobia: miedo a la música.


viernes, 9 de abril de 2021

EL CASTILLO

 Podéis usar esta imagen para acompañar al relato, si queréis



En medio de la pampa cercana al mar, está la estancia de la que desde hoy es señora, llamada  pomposamente “El Castillo”. La casa principal de estilo inglés, imponente con dos torres a los lados quiere imitar  alguna vieja reliquia de la época feudal. Una veleta con un gallo en la punta luce sobre la cúpula central.

La adivina había recitado: «Tu suerte está en un castillo. Las cartas dicen felicidad, liberación y muerte, en ese orden; pero hay algo oscuro en esa tierra.  Cuidate de El Loco.» Ella rio entre incrédula y feliz.

Hay una pausa en el aire.

Algunos novísimos automóviles negros, brillantes,  temblorosos al andar  se detienen cerca  de los coches de caballo. En el gran parque los invitados pasean  bajo un cielo pesado y húmedo de fines de verano que presagia tormenta. El vaporoso velo de la novia se mueve como una nube amigable, en tanto el novio con su habitual empaque de señor y patrón conversa con figuras reconocidas de la sociedad.

En el salón principal, la mesa del banquete de bodas espera reluciente de cristales y porcelanas de Limoges.

Llega un jinete solitario, el chambergo haciéndole sombra  a los ojos. Entrega las riendas y un mensaje a un chiquilín hijo de un peón, y desaparece en la torre-este sin sumarse a la reunión.

Un rayo cae en seco sobre el horizonte. Todavía no hay muchas nubes, pero el calor de los asadores atrae las moscas. Mientras las manos saludan al aire, los pies comienzan a zapatear y a restregarse uno con otro: las hormigas invaden todo.  Poco a poco aparecen cascarudos, caracoles. Luego vendrán las arañas pequeñas que caen en sombreros y rostros, orugas. Todos tratan de  protegerse. Los invitados se amontonan bajo el primer techo huyendo de abejas y avispas. Es inútil, los insectos los persiguen con saña. Gritos  de las damas, gestos bruscos de los caballeros buscando alguien a quien reclamar.

En tanto los novios, recibido el mensaje,  alarmados, sorprendidos, mantienen un diálogo mudo. Hay fastidio y reproche en los ojos de él; temor y pedido de ayuda en los de ella que acentúa su súplica apoyando la mano en el brazo de su esposo. Él se desprende como tratando de espantar una mosca más, vuelve la cabeza buscando un amigo para retomar una conversación frívola. Ella lo mira dolorida, desencantada, y se aleja  hacia el inesperado visitante. El velo se mancha de insectos que no pueden desprenderse.  El chico la sigue asustado. 

El inframundo avanza.

Un trueno. No, es un tiro. Otro. La caída de un objeto pesado.

Apenas el tiempo que demora en alejarse el estupor,  la novia recupera su nombre, Delfina.

Ahora, perseguidos por las avispas todos corren hacia la torre.

Hernán (hasta hace un momento el novio) camina con más odio que urgencia. Entre varios han levantado el cuerpo de Delfina envuelto en el velo  ensangrentado. Un médico  le toma el pulso mientras acompaña el paso de los que la cargan a un coche de caballo que lo llevará con la novia moribunda y sus padres al pueblo más cercano.

Hernán casi no la mira, se abalanza sobre Rufo (el jinete misterioso) herido en el hombro izquierdo con su propia arma. Quiso suicidarse, pero Cipriano, el niño, lo desestabilizo pegándole en las piernas con el primer objeto que tanteó en la oscuridad. Rufo suelta el arma, se endereza apenas; varios hombres lo sujetan. Otros apartan a un Hernán enfurecido.

Aterrados por  zumbidos y  picaduras, inservibles en la tragedia, los invitados huyen en sus automóviles o en los coches de caballo hacia  el camino que lleva a un mundo de seguridades ficticias y distintos demonios.

La policía  no  llegará hasta el día siguiente. Los peones llevan a Rufo a una habitación de la torre-este. Limpian la herida y vendan el brazo. Lo  sujetan a la cama y cierran las puertas con llave. Acompañan a Hernán a las que serían las habitaciones nupciales en la torre-oeste.  Alguien esconde el arma de esos ojos de odio.

Avanza la tormenta, desaparecen las abejas y las avispas, pero un ejército de murciélagos salidos de árboles huecos  sobrevuelan El Castillo  amenazantes. Desde los cuatro puntos cardinales soplan todos los vientos. Se entrecruzan,  cada vez con más violencia.  En su dormitorio,  Hernán bebe mirando sin ver las llamas de un fuego que se enciende solo  en la chimenea.

Las ventanas se abren, los cristales estallan,  las cortinas levantan vuelo allí donde Hernán cree ver a Delfina con su velo ensangrentado por el reflejo de las llamas.

—¡Volviste! Ya ves, no logró herirte tanto.

Las cerraduras no resisten. Los goznes de las puertas repiten un grito sordo de queja, y lo invitan a seguirla.

Siempre por alcanzarla, él se aventura en la oscuridad del eterno pasillo que comunica las dos torres.

—¡Esperame! Quiero amarte, besarte…

En la torre-este, Rufo despierta sobresaltado. También él cree verla.

¿Me llevarás contigo? Donde estés quiero estar.

Pero le parece que Delfina se aleja.

—¡No, no con él, nunca con él! suplica con voz desgarrada, mientras se suelta de las ataduras y  avanza a la negrura tras una pálida llama que escapa.

Las puertas y ventanas se baten en un  interminable aplauso ante la risa siniestra del chirriar de la veleta.

La policía encuentra a los dos hombres muertos a medio camino del largo pasillo; semidesnudos, los ojos  abiertos al horror,  los cuerpos casi entrelazados.

Alguien dice:

Parecen abrazarse.