lunes, 13 de junio de 2022

ENTRE EL ALCE Y LA PERVERSIDAD

Si queréis, podéis acompañar vuestro relato con esta imagen


De acuerdo a la propuesta de David Rubio Sanchez para este mes, elegí mencionar ya desde el título dos espléndidas narraciones de Poe. Considero El Alce como uno de sus más bellos cuentos y quise contraponerlo al Demonio de la Perversidad que está en la línea del terror gótico solicitado.


Tengo frío, mucho frío. Consigo lo que he buscado, no lo que ansié.

Siempre me gustó leer, uno de los motivos de mofa de mi patrón, pero eso ya no importa. Recuerdo un cuento que en su momento me pareció la perfecta descripción de la belleza en la paz. Hacia el final de la historia, un alce tranquilo, manso surgía en el paisaje;  llegaba un hombre con un puñado de sal en la mano, se lo ofrecía mientras le pasaba un lazo por la cabeza y se lo llevaba. Recuerdo también haber ansiado con todas mis fuerzas que llegara un momento en mi vida en el que alguien me ofreciera un puñado de sal y yo me dejara llevar. Pero en mi sangre siempre ha podido más el demonio de la perversidad.

Éramos una familia pobre de varios hijos. Comencé a trabajar muy pronto en una carnicería grande de nuestra vecindad que abastecía casas de gente rica. Nunca sabré si fue mi padre quien pidió trabajo para mí, o si fue el carnicero quien le pidió un chiquilín que lo ayudara. Según los días y el humor de mi patrón, la historia se repetía de distintas formas: “Te traje para enseñarte y darte de comer porque me daba pena verte tan mal alimentado”; o bien “No sé por qué tuve que creerle a tu padre que servías para algo”. Esas frases eran preámbulo de burlas y descalificaciones constantes. Otra de sus supuestas bromas era usar su enorme cuchillo, que hacía bailar en el aire con habilidad asombrosa, para asustarme o ponerme en ridículo. Llegó al extremo de desprenderme el pantalón con la punta del cuchillo delante de la hija de una cliente que era mi compañera de escuela. Jamás odié tanto a alguien.

Pero para vengarme no podía contar con un físico casi esmirriado contra un hombrón capaz de cargar media res sobre sus espaldas. Debía pensarlo bien y planearlo de modo que nadie pudiera descubrirme. Por otra parte, en mi cabeza resonaba siempre la voz de mi madre: “Aprende a respetar al menos. Piensa que gracias a que cada día traes algo de lo que le ha sobrado de sus ventas, podemos comer mejor.” Las sobras para los perros, eso nos daba. Más resonaban las palabras de mi madre, más y más el demonio de la perversidad se apoderaba de mi alma. El alce se iba borrando de mi memoria.

Con el tiempo, el trabajo de mi padre fue mejorando. Dejé la carnicería y pude terminar mis estudios. Aquella época pertenecía a un pasado doloroso que parecía quedar atrás. Un día, pasando en bicicleta frente a la carnicería, lo vi afanándose en la cerradura de la puerta del enorme congelador donde se guardaban las reses. Frené en seco. Algo me dijo que allí estaba la clave de mi venganza. Lo saludé amablemente y le pregunté qué hacía. Me dijo que esa puerta era muy pesada y se cerraba con excesiva facilidad, lo que la convertía en un peligro para quien entraba al congelador, de modo que estaba modificando la cerradura. Le ofrecí ayuda y observé todo el proceso grabando cada paso con mucha precisión.

Dejé pasar algo más de un mes. Que se sintiera seguro de su trabajo, que se relajara; que se olvidara de haberme visto.

Aproveché una noche de un domingo de invierno, cuando según sus costumbres pasaba la tarde bebiendo junto al fuego y maltratando a su mujer, para colarme por la entrada secreta que yo conocía bien, y con sumo cuidado deshacer paso a paso su seguro en la cerradura. Una vez comprobado el resultado, me fui.

Dio la casualidad o mi demonio –de ningún modo puedo hablar de la Providencia- que quizás el frío y la culpa me enfermaran. Estuve varias noches delirando. Mi madre me dijo que repetía una sola frase: “Las ratas merecen morir.” Días más tarde mi padre trajo la noticia. La puerta se había cerrado, no pudo abrirla. Se enteraron muchas horas después, cuando su mujer vio que no volvía. Como nadie sabía de su preocupación y del trabajo que se había tomado, la policía interpretó su muerte como un accidente. Yo llevaba varios años sin trabajar allí, además había estado en cama al cuidado de mi madre. Nunca habría sido un sospechoso.

Había triunfado sobre mi enemigo y sobre el mundo. Durante unos meses me sentí exultante, poderoso. El único acto creador del hombre es el crimen, la procreación es obra de la naturaleza, me decía riendo. Sin embargo, mi exaltación duró poco. La perversidad misma me empujaba a contarle al mundo mi proeza.

¿Quién no quiere envanecerse de su obra ante los demás? De haber sido así, en cierta forma habría recuperado al alce al entregarme a la justicia, pero creyéndome Creador también creció el orgullo. Hoy, nadie está a mi altura como para merecer castigarme. Solo yo puedo hacerlo. Elijo la muerte de mi víctima.

No puedo dejar de temblar.  Mi sangre se congela en la perversidad.

He enviado por correo (no sea que se apresuren a buscarme) una carta a mi madre. Al menos así me encontrarán y podrán enterrarme. Ella sabrá si entregarla a la justicia. Esta vez me dejaré llevar.

Le pido también que, en lugar del acostumbrado puñado de tierra, eche sobre mi féretro un puñado de sal.