viernes, 13 de mayo de 2016

TAMBIÉN ESTO PASARÁ.

El viejo Elpidio y el loro Pico-Pico  abrigado en la capucha de la campera de su dueño hacen su paseo diario por la bahía. Elpidio va marcando sus pasos en la arena húmeda al ritmo de su pena, repitiendo incansablemente «también esto pasará»; para escuchar de Pico-Pico, luego de un largo silbido, la respuesta que él mismo le ha enseñado: «o nosotros también pasaremos  con esto»..
Veinte años hace que se renueva esta ceremonia en días soleados y sin viento después de que Elpidio, guardián del Museo del Fin del Mundo, termina de limpiar la Sala 3, la de recuerdos del presidio más austral de la tierra.

El viejo es guardián de lo que fuera una cárcel como la que aloja desde hace ya mucho tiempo a su hijo mayor  que, al oír la sentencia que lo condenaba por el asesinato de su hermano, giró la cabeza hacia él para mirar con soberbia y menosprecio las lágrimas que empapaban el rostro de su padre.
 Acaso equivocado, Elpidio cree que si su hijo reconoce el pleno significado de sus actos, el dolor constante de su corazón de padre pasará. Él no puede juzgar como el resto de los hombres: tantas puñaladas cuestan tantos años; por tal o cual parentesco se sumarán  tantos otros. Lo que el viejo Elpidio tiene siempre ante su alma es que alguien de su sangre por pura codicia o tal vez por la envidia de sentirlo más cerca de los dioses, fue capaz de quitarle la vida a su otro hijo; y ese crimen los ha dejado abandonados a los tres. Al muerto, sin su voluntad y sin destino. Al criminal mismo,  enfrentado al espejo de su crimen,  confinado al olvido o al eterno reproche de los otros. A todos,  en el vacío de una posible descendencia que les otorgara un  futuro y quizás el ejercicio del amor.
Ah, no sabe qué duele más, si la ausencia del hijo muerto o la acción del hijo vivo. ¿Cómo dejar de quererlo?  ¡Tan solo y con semejante peso sobre sus espaldas! Tal vez la mirada soberbia fuera apenas una defensa ante los jueces arrogantes e impiadosos.
En estos días se cumple el término de la condena y Elpidio espera no que  vuelva, porque es demasiado esperar; no que diga  «perdón», porque es demasiado pedir; Elpidio sólo sueña con una  carta que diga «Me equivoqué. Hice daño.»  Y por eso sigue repitiendo «también esto pasará» aunque Pico-Pico responda «o nosotros también pasaremos con esto».
Sí, Elpidio espera al cartero. En días de tormenta,  de nieve o de vientos helados, el viejo se sienta tras la puerta vidriada del Museo y cuando pasa alguna sombra apresurada, es el loro el que recita «cartero, cartero», entonces él vuelve  sobresaltado de su entresueño.

Pero hoy hay un aire templado y un sol suave, y allí va con su loro y su eterna plegaria, dejando una cadena de pasos en la arena.
De pronto,  Pico-Pico salta y parece salirse de la capucha, rompe el ritmo del ritual y grita «cartero, cartero».
Elpidio levanta la vista. Un poco más allá, un hombre con una bolsa de cuero colgada del hombro camina hacia él formando otra cadena de pisadas.
El hombre dice:
── ¡Hay carta, don Elpidio, hay carta!
Cuando las dos cadenas se juntan, Elpidio sostiene el sobre contra el pecho sin abrirlo y musita emocionado: « Nuestro primer abrazo después de tantos años, hijo.»

Sin embargo Pico-Pico saltando al hombro de su dueño, insiste entre silbidos: «O también nosotros pasaremos con esto».