martes, 30 de junio de 2026

CACAO DE INDIAS








 El reto del Tintero de Oro para Junio de 2026 fue  escribir un relato sobre el Siglo de Oro Español, bajo el anonimato. Este relato recibió el número Anónimo 10

                                                                ___________




CACAO DE INDIAS

 

 

Mi señora, el caballero Don Luis de la Causajusta le espera en el salón.

(Hondo suspiro resignado de la dama).

Ve a entretenerlo con tus encantadoras historias que tanto le admiran, y dile que me demoro. Quiero escribir una carta.

Unas horas después,

Don Luis me ha obsequiado polvo de cacao de las Indias, dice que es bueno para el ánimo y ayuda al descanso, pero debe endulzarse con azúcar y leche para el amor. Prepara dos buenas tazas, tenemos mucho que hablar.

 Sabes bien que mi padre quiere casarme con Don Álvaro, repugnante señor de oro, minas de plata y de lo que se te ocurra, aspirante a yerno de un Grande de España. Porque no quiero obedecer, es que he aceptado que Don Luis me corteje. No es que me agrade. Al menos no me desagrada. A ojos de mi padre le faltan oros e importancia en las Cortes. Yo le encuentro aburrido, pero tú mueres por él, y él, sin saberlo, por ti.

No, no, no digas nada, ni pongas esa expresión compungida. Tengo mejores ideas que casarme con él de tapadilla y permitir que sigas a mi servicio para verte convertida en su manceba. No te apures. Pero sólo a ti -y de a uno por día - te iré contando los pasos que hemos de dar. Ni el futuro debe enterarse antes de que lleguemos a él.

Toma la bolsa con doblones y esta carta, llama a Zacarías, que enganche los caballos y te lleve a Cadiz;  entrega   ambas cosas a Fray Silvestre. Vuelve cuanto antes.

   Parte Azofaifa con el recado, y Doña Elvira envía un billete perfumado a Don Luis, solicitando su presencia.

   Ha marchado Don Luis esperanzado e inquieto a un tiempo por las últimas y misteriosas palabras de Doña Elvira: «Venced, y al levantar el velo de la novia recibiréis mi premio»

     ¿Y Doña Elvira? Ella se dirige bailando y cantando a las habitaciones de su padre. Se diría que ríe:

                                    «Don Juan de las calzas blancas,

                                    ¿Cuántos panes hay en el horno?

                                    Veinticinco y un quemado

                                    ¿Quién lo quemó?

                                    ¡Este pícaro ladrón!»

   Ni tan siquiera Azofaifa conoce el gran secreto que guarda en su corazón.

   Es hora de pasar su pañuelito manchado de cacao bajo los ojos, tomar una actitud humilde y algo llorosa y golpear a las puertas del Grande de España:

Es todo lo que pido, padre. Me entregáis a un hombre que desprecio, madre ha muerto y ya no podrá enjugar mis lágrimas. Dejadme ir solo con mi Dueña en el carruaje. Aguardadme al pie del altar. Solo mi velo será tan negro como mi pena.

   Y comienza a sollozar.

   El mismo Don Ginés está conmovido, aunque no tanto como para volverse atrás. Accede al pedido de su hija con un movimiento de cabeza por temor a que le tiemble la voz.

   Al caer la noche, la sombra de un fraile mendicante se desliza hacia los barrios bajos en busca de un catre.

   Ha vuelto Azofaifa con palabras que repetir al oído.

Será el domingo ante el Abad. Ayúdame. No llores, no digas nada. Muda hasta la bendición, serás una columna vestida de seda al costado del altar.

   Mientras caballos enjaezados llevan el coche de la novia golpeando con orgullo el empedrado, un jinete cabalga presuroso hacia el puerto.

   De dentro del carruaje, la mano enguantada de Don Luis se tiende en ayuda a la novia.

   Al llegar la doncella al altar, se muestra Don Luis y reclama

−¡Entregádmela a mí, Don Ginés! ¡Que despose a quien la ama!

   Don Álvaro:

−¡Traidor!

   Don Ginés:

−¿Qué es aquesto?

   Don Luis a Don Álvaro:

−¡Desenvaina, bellaco!

   El Abad:

−¡No en la casa del Señor! Al camposanto a pelear. Que yo mesmo cavaré la fosa de quien caiga..

   Sale también Don Ginés, da sus lentes al Abad

−Guardádlos, dice, he de salvar el honor.

   Silban las tres espadas. Una entorpece el duelo contra todos, contra el aire. Sangran brazo y pecho de Don Álvaro que huyendo, gritando va:

−¡Socorro! ¡Muerto soy!

La novia, para sí, recita:

−«Hombres necios….»

Ante el altar Don Luis pide:

−¡Buen Abad, bendícenos!

   Y don Ginés:

−Mis quevedos, por favor.

   Por fin se levanta el velo, y al unísono los tres:

−¡Azofaifa!

−Y mi hija, ¿dónde está?

                                                            ***

   Con buen viento, a toda vela, el bergantín suelta amarras.

   Don Ginés, desalado llega:

−¡Que vuelva a puerto ese barco, que tornen hacia aquí las velas!¡Por Dios, os lo pido que llevan a mi hija en  rapto!

   Ya se acerca fray Silvestre, copa de anís en la mano, va tomándole del brazo y suavemente parlando:

−Vamos, vamos, Don Ginés, ¿no es vuesa señoría uno entre Grandes de España? Beba este anís y no grite que yo mesmo aquí bendije los desposorios de la joven doña Elvira con don Francisco Olivares, quien, en el novísimo mundo, dueño de muy buenas tierras es. Sembradíos de cacao, viñas, café, algún ganado, todo eso conocerá vuecencia cuando haya perdonado, que la moza va preñada y más no se pudo hacer.

 

 

(plbs 843)


No hay comentarios:

Publicar un comentario