El reto del Tintero de Oro para Junio de 2026 fue escribir un relato sobre el Siglo de Oro Español, bajo el anonimato. Este relato recibió el número Anónimo 10
___________
CACAO DE INDIAS
−Mi señora, el caballero Don Luis de la Causajusta le
espera en el salón.
(Hondo suspiro resignado de la dama).
− Ve a entretenerlo con tus encantadoras historias que
tanto le admiran, y dile que me demoro. Quiero escribir una carta.
Unas horas después,
−Don Luis me ha obsequiado polvo de cacao de las
Indias, dice que es bueno para el ánimo y ayuda al descanso, pero debe
endulzarse con azúcar y leche para el amor. Prepara dos buenas tazas, tenemos
mucho que hablar.
−Sabes
bien que mi padre quiere casarme con Don Álvaro, repugnante señor de oro, minas
de plata y de lo que se te ocurra, aspirante a yerno de un Grande de España. Porque
no quiero obedecer, es que he aceptado que Don Luis me corteje. No es que me
agrade. Al menos no me desagrada. A ojos de mi padre le faltan oros e
importancia en las Cortes. Yo le encuentro aburrido, pero tú mueres por él, y
él, sin saberlo, por ti.
−No, no, no digas nada, ni pongas esa expresión
compungida. Tengo mejores ideas que casarme con él de tapadilla y permitir que
sigas a mi servicio para verte convertida en su manceba. No te apures. Pero
sólo a ti -y de a uno por día - te iré contando los pasos que hemos de dar. Ni
el futuro debe enterarse antes de que lleguemos a él.
−Toma la bolsa con doblones y esta carta, llama a
Zacarías, que enganche los caballos y te lleve a Cadiz; entrega
ambas cosas a Fray Silvestre. Vuelve cuanto antes.
Parte
Azofaifa con el recado, y Doña Elvira envía un billete perfumado a Don Luis,
solicitando su presencia.
Ha marchado
Don Luis esperanzado e inquieto a un tiempo por las últimas y misteriosas
palabras de Doña Elvira: «Venced, y al levantar el velo de la novia recibiréis
mi premio»
¿Y Doña
Elvira? Ella se dirige bailando y cantando a las habitaciones de su padre. Se
diría que ríe:
«−Don
Juan de las calzas blancas,
¿Cuántos
panes hay en el horno?
−Veinticinco
y un quemado
−¿Quién
lo quemó?
¡Este
pícaro ladrón!»
Ni tan siquiera
Azofaifa conoce el gran secreto que guarda en su corazón.
Es hora de
pasar su pañuelito manchado de cacao bajo los ojos, tomar una actitud humilde y
algo llorosa y golpear a las puertas del Grande de España:
−Es todo lo que pido, padre. Me entregáis a un hombre
que desprecio, madre ha muerto y ya no podrá enjugar mis lágrimas. Dejadme ir
solo con mi Dueña en el carruaje. Aguardadme al pie del altar. Solo mi velo
será tan negro como mi pena.
Y comienza a
sollozar.
El mismo Don
Ginés está conmovido, aunque no tanto como para volverse atrás. Accede al pedido
de su hija con un movimiento de cabeza por temor a que le tiemble la voz.
Al caer la
noche, la sombra de un fraile mendicante se desliza hacia los barrios bajos en
busca de un catre.
Ha vuelto
Azofaifa con palabras que repetir al oído.
−Será el domingo ante el Abad. Ayúdame. No llores, no
digas nada. Muda hasta la bendición, serás una columna vestida de seda al
costado del altar.
Mientras
caballos enjaezados llevan el coche de la novia golpeando con orgullo el
empedrado, un jinete cabalga presuroso hacia el puerto.
De dentro del
carruaje, la mano enguantada de Don Luis se tiende en ayuda a la novia.
Al llegar la
doncella al altar, se muestra Don Luis y reclama
−¡Entregádmela a mí, Don Ginés! ¡Que despose a quien la
ama!
Don Álvaro:
−¡Traidor!
Don Ginés:
−¿Qué es aquesto?
Don Luis a Don Álvaro:
−¡Desenvaina, bellaco!
El Abad:
−¡No en la casa del Señor! Al camposanto a pelear. Que yo mesmo cavaré
la fosa de quien caiga..
Sale también Don Ginés, da sus
lentes al Abad
−Guardádlos, dice, he de salvar el honor.
Silban las tres espadas. Una
entorpece el duelo contra todos, contra el aire. Sangran brazo y pecho de Don
Álvaro que huyendo, gritando va:
−¡Socorro! ¡Muerto soy!
La novia, para sí, recita:
−«Hombres necios….»
Ante el altar Don Luis pide:
−¡Buen Abad, bendícenos!
Y don Ginés:
−Mis quevedos, por favor.
Por fin se levanta el velo, y
al unísono los tres:
−¡Azofaifa!
−Y mi hija, ¿dónde está?
***
Con buen viento, a toda vela,
el bergantín suelta amarras.
Don Ginés, desalado llega:
−¡Que vuelva a puerto ese barco, que tornen hacia aquí las velas!¡Por
Dios, os lo pido que llevan a mi hija en
rapto!
Ya se acerca fray Silvestre,
copa de anís en la mano, va tomándole del brazo y suavemente parlando:
−Vamos, vamos, Don Ginés, ¿no es vuesa señoría uno entre Grandes de
España? Beba este anís y no grite que yo mesmo aquí bendije los desposorios de
la joven doña Elvira con don Francisco Olivares, quien, en el novísimo mundo, dueño
de muy buenas tierras es. Sembradíos de cacao, viñas, café, algún ganado, todo
eso conocerá vuecencia cuando haya perdonado, que la moza va preñada y más no
se pudo hacer.
(plbs 843)

No hay comentarios:
Publicar un comentario