EL ORIGEN DEL
PUÑAL
Fue por amor.
Salió de la cueva todavía aprendiendo a ver. Había
oído a su gemelo-aunque él no sabía qué era un gemelo- sacando piedras, cavando tierra, escupiendo
para humedecerla.
Se vieron, se
abrazaron, jugaron juntos envueltos en pieles de animales que habían matado por
amor, sin saber todavía qué era matar. Era el calor del animal vivo lo que
buscaban, lo que querían. Mataron creyendo que el calor del animal amado estaba
en la piel, y querían ser eso. Fue enorme la sorpresa de verlo caer
ensangrentado, para siempre inmóvil.
Sí, la piel
les dió un cierto calor, pero nunca fue igual. Las manos manchadas con la
sangre animal se apoyaron en la piedra de la cueva y dejaron unas marcas que no
terminaban de reconocer como propias.
Porque se
amaban, se buscaban en el calor del otro; se mordían, se golpeaban. En la mano, la piedra afilada con que había
buscado el calor del animal preferido. La clavó exactamente entre cuello y columna.
El gemelo cayó. Hilos de sangre corrían por ojos, nariz y oídos viajando por la
tierra. Su igual no sonreía, no devolvía el golpe: Ya no lo amaba.
Así lo sintió.
¿Enojado? Tal vez. Pero caía agua de sus ojos. Dijo ¡Ugh! Y se fue. La piedra
afilada quedó incrustada en su mano. Fue su señal.
Los otros
tres o cuatro que los habían visto jugar, sangrar, caer y partir, sin poder explicarse
lo ocurrido, cubrieron el cuerpo del gemelo con la tierra ensangrentada
tratando de reanimarlo. Al día siguiente echaron más tierra y encima pusieron
dos piedras, una sobre otra.
Siempre en
busca del calor del otro, fundó un pueblo violando y matando en desesperación,
sin ver que violaba y mataba. Él mismo murió a manos de la nieta que más lo amaba.
Todos sus
descendientes nacían con la señal que se transformaba de hijos a nietos en
puñal. Como él, muchos buscaron lo que no encontraban en ello mismos.
Aprendieron también
a usarlo para cavar. cortar, comer, dar formas. A partir de
su propia mano, crearon herramientas y toda clase de objetos útiles y bellos para
la vida.
A medida en que
las lenguas se desarrollaban en la mezcla de sangres de pueblos que traían toda
clase de marcas, tanto éstas como la señal se apagaban, aunque siempre estaban
formando temperamentos, justificando vicios y virtudes.
En el devenir
de los tiempos, la gente olvidó el comienzo; sólo conservó dos gestos que
consideraba instintivos por desconocer su origen: enterrar a los muertos y
poner piedras en el lugar.
Algunos
clanes creyeron con soberbia que bastaba con el calor propio, aunque el miedo a
las primeras hambrunas los llevó a la avidez por acumular. Crearon armas que
mataban sin tener que abrazar. Así, además de violar y matar, aprendieron a
robar. Como consecuencia de esto, su sangre se fue enfriando y surgió la raza
de hombres-hielo contrapuesta a los hombres-calor.
Pasaron
algunos milenios durante los cuales de tanto en tanto nacía en cualquiera de
las dos razas un niño con la señal nuevamente definida. Pero un día, entre los
hombres-calor nació un niño sin siquiera la sombra de una marca o señal. Un ser
distinto, un monstruo para la partera que lo recibió y lo ahogó inmediatamente
al ver cómo el padre desviaba la mirada y la madre lloraba de vergüenza. Sin
embargo, no fue el único. El mismo fenómeno ocurrió en varias ciudades y la
humanidad, -mirada va, murmullo viene- se habituó a los diferentes. Claro que
hubo abuelos orgullosos que exclamaron: «¡Hijo ´e tigre…!», al nacer alguno con
la vieja señal. Si por el contrario, llegaba un niño sin marcas, no faltaron
padres que se miraran suspirando: «¡Pobre hijo, es distinto!»
Eran criaturas
que irradiaban un calor constante y parejo desde el centro del pecho hacia todo
su alrededor. Los hombres-hielo los detestaban. Rehuían el contacto por temor a
ser derretidos –aunque bien sabemos todos cuan duro es el humano-hielo-.
Una mujer sensible
a los rayos y púas que salían de ojos y bocas cuando de los diferentes se
trataba, salió de la ciudad con su pequeña hija para criarla junto a la voz de
un arroyo al pie de la montaña.
Hoy, esa niña
es La Gran Madre. El arroyo cantó. Ella escuchó y grabó en su memoria. Repitió
ese canto hasta que su voz fue un hilo de agua. Escribió ese murmullo y el
ronquido de la montaña mientras vieron sus ojos. Entregó sus recuerdos, y se
sentó para volver a oírlos de boca de otros:
«Soy para
siempre música y verdad del presente que corre hacia el futuro,
Las piedras
se dejan redondear y suavizar mucho antes de hacerse arenilla; pero fueron
marca, crimen y señal.
No las
castigo, no las condeno, no las abandono.
Canto y acaricio.
Que tu gente
no olvide jamás al niño sacrificado por ser
el primer hombre-calor sin sombras.
Que tu gente
recuerde que lleva desde su origen
el puñal que
mató por amor.
Aun habrá
dureza, dolor y hielo-humano en el devenir incansable.
Brillarán las
notas de mi voz bajo los rayos del sol
Arrullaré a
todos los seres a la luz de la luna.
La montaña me
guarda en el frío, me despierta en primavera.
Tampoco
olvides eso.
Cuando los hombres-hielo pierdan el frío del
corazón,
Entonces
volverá a ser por amor;
Por el amor
transformado.»
_________________________________________________________________
(897 plbs)

Hola, Juana, qué halo de mitología tiene tu relato y, además, como extra perfecto, una pequeña canción, oración, leyenda, microrrelato, que ayuda a consagrar más todavía ese aroma de mitología que tiene tu relato. Qué bonita la historia de la gran madre nacida para ser diferente como a los niños que nacían igual y mataban (algunos). Un relato especial, no hay duda.
ResponderEliminarUn abrazo. :)
Muchas gracias, Juana, por participar con este relato en el homenaje a Emilia Pardo Bazán. Mucha suerte.
ResponderEliminarHola, Juana. Muy interesante tu propuesta. Un relato que tiene tintes de mito: nos llevas a un tiempo primigenio donde la violencia nace confundida con calor y ternura.
ResponderEliminarNos haces pensar en la forma en la que el amor y la violencia están íntimamente ligados a la historia humana.
Me pareció muy bueno, te felicito.