domingo, 11 de octubre de 2026

EL ORIGEN DEL PUÑAL





                                            EL ORIGEN DEL PUÑAL

 

Fue por amor.

   Salió de la cueva todavía aprendiendo a ver. Había oído a su gemelo-aunque él no sabía qué era un gemelo-  sacando piedras, cavando tierra, escupiendo para humedecerla.

   Se vieron, se abrazaron, jugaron juntos envueltos en pieles de animales que habían matado por amor, sin saber todavía qué era matar. Era el calor del animal vivo lo que buscaban, lo que querían. Mataron creyendo que el calor del animal amado estaba en la piel, y querían ser eso. Fue enorme la sorpresa de verlo caer ensangrentado, para siempre inmóvil.

   Sí, la piel les dió un cierto calor, pero nunca fue igual. Las manos manchadas con la sangre animal se apoyaron en la piedra de la cueva y dejaron unas marcas que no terminaban de reconocer como propias.

   Porque se amaban, se buscaban en el calor del otro; se mordían, se golpeaban.  En la mano, la piedra afilada con que había buscado el calor del animal preferido. La clavó exactamente entre cuello y columna. El gemelo cayó. Hilos de sangre corrían por ojos, nariz y oídos viajando por la tierra. Su igual no sonreía, no devolvía el golpe: Ya no lo amaba.

   Así lo sintió. ¿Enojado? Tal vez. Pero caía agua de sus ojos. Dijo ¡Ugh! Y se fue. La piedra afilada quedó incrustada en su mano. Fue su señal.

   Los otros tres o cuatro que los habían visto jugar, sangrar, caer y partir, sin poder explicarse lo ocurrido, cubrieron el cuerpo del gemelo con la tierra ensangrentada tratando de reanimarlo. Al día siguiente echaron más tierra y encima pusieron dos piedras, una sobre otra.

   Siempre en busca del calor del otro, fundó un pueblo violando y matando en desesperación, sin ver que violaba y mataba. Él mismo murió a manos de la nieta que más lo amaba.

   Todos sus descendientes nacían con la señal que se transformaba de hijos a nietos en puñal. Como él, muchos buscaron lo que no encontraban en ello mismos.

   Aprendieron también a usarlo para   cavar. cortar, comer, dar formas. A partir de su propia mano, crearon herramientas y toda clase de objetos útiles y bellos para la vida.

   A medida en que las lenguas se desarrollaban en la mezcla de sangres de pueblos que traían toda clase de marcas, tanto éstas como la señal se apagaban, aunque siempre estaban formando temperamentos, justificando vicios y virtudes.

   En el devenir de los tiempos, la gente olvidó el comienzo; sólo conservó dos gestos que consideraba instintivos por desconocer su origen: enterrar a los muertos y poner piedras en el lugar.

   Algunos clanes creyeron con soberbia que bastaba con el calor propio, aunque el miedo a las primeras hambrunas los llevó a la avidez por acumular. Crearon armas que mataban sin tener que abrazar. Así, además de violar y matar, aprendieron a robar. Como consecuencia de esto, su sangre se fue enfriando y surgió la raza de hombres-hielo contrapuesta a los hombres-calor.

   Pasaron algunos milenios durante los cuales de tanto en tanto nacía en cualquiera de las dos razas un niño con la señal nuevamente definida. Pero un día, entre los hombres-calor nació un niño sin siquiera la sombra de una marca o señal. Un ser distinto, un monstruo para la partera que lo recibió y lo ahogó inmediatamente al ver cómo el padre desviaba la mirada y la madre lloraba de vergüenza. Sin embargo, no fue el único. El mismo fenómeno ocurrió en varias ciudades y la humanidad, -mirada va, murmullo viene- se habituó a los diferentes. Claro que hubo abuelos orgullosos que exclamaron: «¡Hijo ´e tigre…!», al nacer alguno con la vieja señal. Si por el contrario, llegaba un niño sin marcas, no faltaron padres que se miraran suspirando: «¡Pobre hijo, es distinto!»

   Eran criaturas que irradiaban un calor constante y parejo desde el centro del pecho hacia todo su alrededor. Los hombres-hielo los detestaban. Rehuían el contacto por temor a ser derretidos –aunque bien sabemos todos cuan duro es el humano-hielo-.

   Una mujer sensible a los rayos y púas que salían de ojos y bocas cuando de los diferentes se trataba, salió de la ciudad con su pequeña hija para criarla junto a la voz de un arroyo al pie de la montaña.

   Hoy, esa niña es La Gran Madre. El arroyo cantó. Ella escuchó y grabó en su memoria. Repitió ese canto hasta que su voz fue un hilo de agua. Escribió ese murmullo y el ronquido de la montaña mientras vieron sus ojos. Entregó sus recuerdos, y se sentó para volver a oírlos de boca de otros:

«Soy para siempre música y verdad del presente que corre hacia el futuro,

Las piedras se dejan redondear y suavizar mucho antes de hacerse arenilla; pero fueron marca, crimen y señal.

No las castigo, no las condeno, no las abandono.

 Canto y acaricio.

Que tu gente no olvide jamás al niño sacrificado por ser

 el primer hombre-calor sin sombras.

Que tu gente recuerde que lleva desde su origen

el puñal que mató por amor.

Aun habrá dureza, dolor y hielo-humano en el devenir incansable.

Brillarán las notas de mi voz bajo los rayos del sol

Arrullaré a todos los seres a la luz de la luna.

La montaña me guarda en el frío, me despierta en primavera.

Tampoco olvides eso.

  Cuando los hombres-hielo pierdan el frío del corazón,

Entonces volverá a ser por amor;

Por el amor transformado.»

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(897 plbs)







                    

3 comentarios:

  1. Hola, Juana, qué halo de mitología tiene tu relato y, además, como extra perfecto, una pequeña canción, oración, leyenda, microrrelato, que ayuda a consagrar más todavía ese aroma de mitología que tiene tu relato. Qué bonita la historia de la gran madre nacida para ser diferente como a los niños que nacían igual y mataban (algunos). Un relato especial, no hay duda.
    Un abrazo. :)

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  2. Muchas gracias, Juana, por participar con este relato en el homenaje a Emilia Pardo Bazán. Mucha suerte.

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  3. Hola, Juana. Muy interesante tu propuesta. Un relato que tiene tintes de mito: nos llevas a un tiempo primigenio donde la violencia nace confundida con calor y ternura.
    Nos haces pensar en la forma en la que el amor y la violencia están íntimamente ligados a la historia humana.
    Me pareció muy bueno, te felicito.

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