sábado, 10 de diciembre de 2016

APRESÚRESE, BORGES (sin usar el verbo Ser)

Cerrada a las consignas del mes. ¿Qué campamentos? ¿Los de mi primera juventud? Están muy lejos, recuerdos de recuerdos. ¿Qué poetas? Hay tantos tan queridos… Además, suprimir EL verbo. Me enojo conmigo. No sé. No puedo. Lo que escribo no sirve a nadie para nada. Faltaré a la cita. Renunciaré al trabajo que alimenta mis días. Abro al azar un libro de Borges y leo:

           « En vano te hemos prodigado el océano
             En vano el sol, que vieron los maravillados ojos de Whitman;
   Has gastado los años y te han gastado,
   Y todavía no has escrito el poema.»

Así, humillada, avergonzada, me voy a dormir. 
Quiero compartir este sueño con todos los que alguna vez ante la página en blanco sintieron una impotencia y un dolor similares:

«Borges nada en el Ródano», me digo. Pero no. Borges nada en nuestro Atlántico hacia el horizonte, y yo lo miro desde la playa.
Joven, enérgico y sin aparentes problemas en la vista.  Para mi asombro, acaso mi envidia, tiene aire suficiente para recitar o dictar algo mientras nada:

«Agua, te lo suplico. Por este soñoliento
            enlace de numerosas palabras que te digo,
            acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo.
            No faltes a mis labios en el postrer momento.»

Sigo en la playa, pero tal como ocurre en los sueños, cambia el plano y ya no me asombra que alguien que se aleja, esté más cercano a mis ojos.
Clarea en el horizonte donde la luz dibuja otras figuras. Sé, con el saber de la noche, que han estado siempre ahí.
A un lado, a la derecha y algo más lejos de la mirada todavía, Homero organiza una fogata que deberá encenderse en poco rato. Lo ayudan los tres grandes que tomaron sus cantos y sus mitos,  también Goethe, Shakespeare,  algún otro.  

Adelante, mirando de frente a Borges que sigue nadando,  Dante y la sombra de Virgilio  esperan.
Traga agua, tose, manotea como un náufrago. Se transforma en el agua y veo surgir el anciano que todos recordamos con bastón, mirando hacia vagas nubes amarillas.

Homero y los suyos encienden las primeras chispas.

La sombra de Virgilio tiende una mano de cinco caminos hacia el agua, mientras  el agudo perfil del Dante se agranda como un ave imperiosa sobre el mar. Reclama:
──¡Apresúrese, Borges!
──Alighieri, me han quitado el verbo de la Creación, ¿estoy en el infierno?
──No pueden, no se asuste. ¡Apresúrese! ¡Vamos! ¡Hay que encender la aurora!







lunes, 14 de noviembre de 2016

¿CUÁL DE NOSOTROS?



                                                               ¿CUÁL DE NOSOTROS?

«Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte», es lo primero que oigo cada mañana  al despertar.

Este alerta sólo aumenta mi angustia. Si  mi doble está en alguna parte,  también lo está el de  Helena. Pero espere, debo explicarle porque aún hay otra voz que me persigue por estos pasillos infames; una voz que dice, « Alejandro se mató». Entonces, todo es peor porque yo, Alejandro, estoy aquí hablando con usted.

Siempre fuimos felices. Sin embargo, cuando empezamos a convivir, a tener hijos, a luchar por los sueños de  vigilia,  los proyectos,  mi felicidad  fue trasladándose a la noche. No, no le hablo del sexo, -¿será lo único de lo que hablan los médicos?- aunque era bueno a cualquier hora. Le hablo del mundo en el que vivimos al dormir.

Durante esas horas, ella era  el ser que había encontrado cuando nos conocimos. No se trataba de cerrar  los ojos, comprenda, no eran fantasías  o deseos incumplidos. Al dormirme,  éramos otra vez los que descubrimos en la primera mirada, la esencia de nosotros mismos. Ese era mi verdadero descanso. Amanecía sabiendo que había estado recorriendo el universo con el ser de Helena.

Por un tiempo me bastó. Deseaba que a ella le pasara lo mismo, aunque muy pronto descubrí que  en sus sueños no había nada parecido.

Al despertar, quedaban hilachas de la vida.

 Alguien me espera cada mañana al borde de la almohada; alguien igual a mí que maneja mis deseos, mis debilidades, mis pasiones y que me hace actuar a su antojo. Soy y no soy yo. Es un él que quiere ser yo.

En mi obsesión por  recuperar el mundo de la noche de manera permanente, perdí todo: trabajo, amigos,  hábitos cotidianos. Mis hijos me evitaban. Siempre  callados, mirándome, deseando  que me fuera.  Me decía que no quería molestarlos, pero en verdad sólo quería dormir para encontrar a mi mujer; la verdadera.

La otra, la Helena diurna, trató de ayudarme con toda la batería que el mundo ofrece: médicos, psicólogos, técnicas de meditación,   ocupaciones  que no me gustaban, comprenderme, rebelarse, exigirme. Por fin, se cansó. Se limitó a seguir con su trabajo para mantener la familia y a hacer ella lo que  yo rechazaba. Salía con sus amigas, iba al psicólogo dos veces por semana, corría una hora  al volver de sus obligaciones, atendía a los chicos y mucho  más. 

Me humillaba. Me mataba.

Desesperé.

La odié de día tanto como la amé de noche.

Esa mañana la seguí una vez más. Iba ligera, sonriente, a buen paso por la vida.

Todavía la veo entrar a un café  a encontrarse con sus compañeras. Conversan y ríen. No puedo oírlas.  Alguna  se inclina sobre la ventana como buscando  con la mirada. A mí, claro, ¿a quién más?  
Quieren saber si realmente soy yo, si la sigo, si lo que ella cuenta se refleja en mi aspecto, si quiero acompañarla o espiarla.

Salen. De pronto  alguien más, ese “él” se acerca y  lleva a Helena apoyando la mano en el centro de su espalda. Un hombre común y corriente como yo, que  le habla al oído y la hace reír francamente. Las compañeras se alejan un poco dejándonos atrás, dándoles privacidad.

Quiero gritar pero se me cierra la garganta y el puño aprieta el mango de un cuchillo de cocina. ¿Cuándo lo puse en el bolsillo?
Se abalanza. Siento al otro entrar en mí, o yo en el otro. Ya no lo sé.

Ella me mira incrédula queriendo soltarse.

El cuchillo se clava en su garganta, y al apartarse, la veo retroceder hacia los ascensores tropezando, sin dejar de mirar al otro. Grita:
──¡Alejandro, no!

Lo sé, lo sé. Nadie más lo vió; es  a mí a quien vieron alcanzarla y dar juntos unos pasos riendo abrazados. He perdido ambos mundos…

En todo caso, la Helena nocturna, ¿también ha muerto?

Si, como dice la voz que me despierta, el doble de Helena y el mío en vez de estar aquí en nosotros mismos, como creo, viéndonos vivir y morir, están realmente en otro lado, ¿continuarán  ellos la vida que  no supimos seguir, o morirán castigados el uno por el otro?

Alguien debería advertirles el peligro. 

lunes, 24 de octubre de 2016

COMER POR LOS OJOS

El niño huele el almíbar  que empieza a  hacerse en la olla de barro.
En la cocina, la madre saca del horno dos placas de moldes redondos y vuelca el contenido de una sola vez en la olla.
El niño entrega su mirada deslumbrada a esos globos de oro claro que flotan y giran suavemente en el líquido hirviente.
La madre reconoce en su hijo el estado de plenitud del descubrimiento. Cierra el viejo  cuaderno de recetas cuidando de que no se desarme, y lo devuelve a su lugar.
En voz baja,  dice:
── Se llaman huevos quimbos. La abuela de mi abuela ya los hacía. Son muy dulces, se hacen con mucho tiempo a un calor suave y constante como el cariño. Los comeremos esta noche en el cumpleaños de  papá.
El niño no contesta. Los globos dorados se impregnan y se hunden en el almíbar, toman un tono de oro viejo  mientras se desinflan y se arrugan un poco.  Fin de la maravilla.
Los ojos del asombro  se llenan de lágrimas.
Como si despertara de golpe,  responde:
── Yo ya comí. Y huye de la cocina como de una trampa.


domingo, 12 de junio de 2016

LA NOCHE MIL DOS

El anciano encontró la llave en la arena del desierto bajo el árbol de los deseos, allí donde los pobres y los tristes cuelgan trozos de tela, papeles con alguna plegaria, pequeños objetos para pedir la bendición de Alá.

Parece un hombre pobre, de los que no pueden mantener un camello y sólo cuentan con un asno por transporte y compañía, sin embargo no siempre  fue así. 
Muy cerca del árbol  hay un pozo de agua que sacia la sed de hombres y animales.
Ante todo da de beber al asno y lo deja a la sombra del árbol. Después, bebe él. 

Se sienta a observar la llave. Es pequeña. ¿Quién deja una llave de oro en el desierto?  Tiene una cinta manchada de tinta de la que alguna vez fue colgada a una rama  ahora desgajada por el tiempo.  Piensa en un alhajero de mujer, en una gaveta para cartas o pañuelos de seda. Un regalo con dedicatoria devenido en pena de amor. 

 Le recuerda algo. La mueve entre las manos tratando de sentirla mientras en su memoria se forma una nube que va definiéndose lentamente. ¿Cuántos años hace ya de aquella noche en la que ella terminó de relatar la historia de la princesa Almendra y el príncipe  Jazmín? ¡Tantas estrellas tuvo! Conoció a sus hijos, casó a su hermano y  encargó a los copistas el registro de los maravillosos relatos de los que había creído aprender tanto, para guardarlos  en un merecido cofre de oro con una llave  similar a ésta.

Aquel que fuera el poderoso rey Shahriar llora al borde del desierto, recordando a su amada Sheherezada.  Nunca supo de qué había muerto. Pero en el silencio del atardecer  cree oír la voz encantada que repite: «He llegado a saber, oh Emir de los Creyentes- pero Alá sabe más…» y tiembla como en aquel amanecer cuando, en medio de las oraciones del muecín, le trajeron la terrible noticia.

La llave sigue dando vueltas en sus manos, Necesita coraje para leer  algo que no fue escrito por él ni para él. Aunque solo pueda verlo un escarabajo, se siente con el miedo y la vergüenza de aquel que entra  en la intimidad de alguien que acaba de morir en busca de un secreto que no le pertenece. Sin embargo la llave fue expuesta en un lugar tan público y tan íntimo como el desierto.
Lee por fin: «¡Oh, Dueño de lo Visible y lo Invisible, Único Viviente, te devuelvo la llave del Paraíso para que la entregues al que sepas merecedor de ella!»
¿Qué Paraíso es ese que se abre con una llavecita de oro semienterrada en la arena?

Ahora hay algo parecido a un  mareo.  El viento hace volar la arena; de nuevo la amontona formando rápidas y confusas imágenes de mujeres. Apenas puede reconocerlas. Son las que él mandó matar. No aquellas por  las que se creyó redimido en la vida con Sheherezada. No,  no. Son las que reclamó después, cuando obcecado y ciego  pretendía consolarse con más historias contadas por otras voces. Pero ninguna supo relatar como ella.
La cólera y el dolor lo llevaron nuevamente al crimen.

Un día le trajeron una niña aterrada  y temblorosa que no se atrevía siquiera a decir su nombre en presencia del rey, la mirada clavada en el piso, los brazos cruzados sobre el pecho infantil.  De pronto, un rayo de conciencia le mostró que no había aprendido la lección. Se vio como el monstruo dormido en la placidez que Sheherezada y sus súbditos crearan para él. Supo que por la temible comodidad había disfrutado de esa paz sin conquistarla.  La vergüenza y el horror alcanzaron a Shahariar. Dejó ir a la niña; abandonó todo en manos de su hermano, y partió al desierto en busca de la Inexorable, la Separadora de Amigos, la Inevitable. Sin embargo Ella le rehuye. ¿Cuánto tiempo lleva..?

Con el atardecer comienza el frío del desierto. Se pone de pie. Antes de que el sol muera ahogado en la arena, vuelve a mirar la llave. Camina en círculos hablando solo.


Al llegar  a la boca del pozo, se asoma  y un grito de pavor resuena en el reflejo. Deja caer la llave.

viernes, 13 de mayo de 2016

LA CARTA

El viejo Elpidio y el loro Pico-Pico  abrigado en la capucha de la campera de su dueño hacen su paseo diario por la bahía. Elpidio va marcando sus pasos en la arena húmeda al ritmo de su pena, repitiendo incansablemente «también esto pasará»; para escuchar de Pico-Pico, luego de un largo silbido, la respuesta que él mismo le ha enseñado: «o nosotros también pasaremos  con esto»..
Veinte años hace que se renueva esta ceremonia en días soleados y sin viento después de que Elpidio, guardián del Museo del Fin del Mundo, termina de limpiar la Sala 3, la de recuerdos del presidio más austral de la tierra.

El viejo es guardián de lo que fuera una cárcel como la que aloja desde hace ya mucho tiempo a su hijo mayor  que, al oír la sentencia que lo condenaba por el asesinato de su hermano, giró la cabeza hacia él para mirar con soberbia y menosprecio las lágrimas que empapaban el rostro de su padre.
 Acaso equivocado, Elpidio cree que si su hijo reconoce el pleno significado de sus actos, el dolor constante de su corazón de padre pasará. Él no puede juzgar como el resto de los hombres: tantas puñaladas cuestan tantos años; por tal o cual parentesco se sumarán  tantos otros. Lo que el viejo Elpidio tiene siempre ante su alma es que alguien de su sangre por pura codicia o tal vez por la envidia de sentirlo más cerca de los dioses, fue capaz de quitarle la vida a su otro hijo; y ese crimen los ha dejado abandonados a los tres. Al muerto, sin su voluntad y sin destino. Al criminal mismo,  enfrentado al espejo de su crimen,  confinado al olvido o al eterno reproche de los otros. A todos,  en el vacío de una posible descendencia que les otorgara un  futuro y quizás el ejercicio del amor.
Ah, no sabe qué duele más, si la ausencia del hijo muerto o la acción del hijo vivo. ¿Cómo dejar de quererlo?  ¡Tan solo y con semejante peso sobre sus espaldas! Tal vez la mirada soberbia fuera apenas una defensa ante los jueces arrogantes e impiadosos.
En estos días se cumple el término de la condena y Elpidio espera no que  vuelva, porque es demasiado esperar; no que diga  «perdón», porque es demasiado pedir; Elpidio sólo sueña con una  carta que diga «Me equivoqué. Hice daño.»  Y por eso sigue repitiendo «también esto pasará» aunque Pico-Pico responda «o nosotros también pasaremos con esto».
Sí, Elpidio espera al cartero. En días de tormenta,  de nieve o de vientos helados, el viejo se sienta tras la puerta vidriada del Museo y cuando pasa alguna sombra apresurada, es el loro el que recita «cartero, cartero», entonces él vuelve  sobresaltado de su entresueño.

Pero hoy hay un aire templado y un sol suave, y allí va con su loro y su eterna plegaria, dejando una cadena de pasos en la arena.
De pronto,  Pico-Pico salta y parece salirse de la capucha, rompe el ritmo del ritual y grita «cartero, cartero».
Elpidio levanta la vista. Un poco más allá, un hombre con una bolsa de cuero colgada del hombro camina hacia él formando otra cadena de pisadas.
El hombre dice:
── ¡Hay carta, don Elpidio, hay carta!
Cuando las dos cadenas se juntan, Elpidio sostiene el sobre contra el pecho sin abrirlo y musita emocionado: « Nuestro primer abrazo después de tantos años, hijo.»

Sin embargo Pico-Pico saltando al hombro de su dueño, insiste entre silbidos: «O también nosotros pasaremos con esto».

viernes, 15 de abril de 2016

LA PIEDRA TRANSLÚCIDA

                                                                                                    
  Lluvia de meteoritos.  Pedí a la nave transbordadora que me busque ya, pero hoy no podrá acercarse.  Todavía me dura el terror. En nuestro entrenamiento nos preparan para todo, pero todo nunca es todo.

Trabajo para  la Agencia Espacial Europea que tiene el proyecto de armar una ciudad lunar permanente para  científicos, astronautas, explotación minera y fines turísticos. Como científico debo  dudar, y me pregunto si eso es sólo la máscara con que nos han vendido el proyecto a todos los que participamos, para terminar construyendo una ciudad para criminales, locos, marginales, refugiados y toda clase de indeseables a los ojos de los políticos que quieren una Europa de sanos, integrados, moralmente aceptables y fanáticos nacionalistas. No sería la primera vez.

Es mi tercer viaje a la luna y aún no encontré la manera de disuadirlos.  Las autoridades consideran que se trata de conseguir más presupuesto de parte de cada país, y ya está.

Pero después de lo vivido ayer, hay una oportunidad. También existe el riesgo de que me internen en un psiquiátrico. Veremos.

Lo siento por Le Gosse, mi amigo selenita.                             
¡Somos tan distintos! Sin embargo juntos pasamos días estupendos. Me costó convencer a mis colegas de que los selenitas son seres casi humanos.  Los que vinieron conmigo en el primer viaje no les daban  más entidad  que a un agua viva.

Los selenitas no tienen forma fija. Son un líquido gelatinoso que reacciona a la temperatura de las corrientes de aire.  Se desparraman en formas de charcos, estrellas de mar o tomando la forma de un cráter que los contenga cuando algo les da placer y las corrientes de aire que los atraviesan se vuelven más cálidas. Eso se ve  en luna llena. Parece que quisieran robarle luz y calor al sol. Quedan estirados como bañistas en la playa.  En cambio, si algo les provoca disgusto o miedo, las corrientes de aire se hacen más frías y los selenitas se elevan  como olas que no rompen, tomando una forma casi humana que culmina en un óvalo  sin órganos de los sentidos. Una proto-cabeza.  No hablan, claro, pero son excelentes telépatas  y gozan de una percepción exquisita.  Son muy ávidos de placer.  Creo que si tuvieran manos y dónde esconder cosas, Le Gosse ya habría hecho desaparecer mi sombrero de copa. ¡Cómo le gusta!
Le puse ese nombre porque es tan curioso e inquieto como una criatura o una mascota . También porque los terráqueos necesitamos  nombrar y personalizar seres y cosas.

Pagué mis estudios universitarios trabajando como ilusionista en distinta clase de eventos, y  nunca  pude separarme de mis elementos. Me gusta hacer magia. 

La primera vez que noté el entusiasmo de Le Gosse por la galera, fue también la primera en  que pregunté-pensé sobre el lado oscuro de la luna.  Mi amigo entró en pánico; cientos de corrientes de aire helado lo atravesaron y lo vi convertirse en casi humano. Me causó tanta gracia que le puse la galera para sacarle una foto, pero  empezó a darle cierto calor,  fue perdiendo esa forma rígida y la galera quedó convertida en una budinera con gelatina.

Yo recibí un temblor que parecía decir «no sé, no preguntes, es  el mal».

No insistí, pero el  tema  me inquietaba.

Le Gosse  me impulsaba a estudiar cráteres, meteoritos, cuevas con minerales extraños. 

Sin saberlo, me empujaba  a lo que más temía.  

Ayer, examinando un cráter, descubrí en uno de sus bordes algo que parecía una piedra translúcida. Me costó sacarla, como si estuviera atornillada al suelo lunar. Por fin, la levanté. Fue como abrir una puerta al abismo.

Grité. Algo enorme y monstruoso se abalanzó desde el fondo hacia mí. A mi alrededor los selenitas se transformaron en un ejército petrificado de figuras humanas.

Brotó un humo oscuro  de olor fétido.  Antes de que pudiera reaccionar, el humo tomó formas terribles que recordaban a los monstruos de Goya. Volaban a mi alrededor en un viento que sonaba a carcajada del infierno. Después,  desaparecieron.

Habría querido ser como Le Gosse y poder meterme en el sombrero.
Cuando reaccioné,  estaba tiritando tendido en el piso de la cápsula con los puños cerrados. 

No todo era inmaterial. Del borde del cráter pude rescatar algo como paja quemada con olor a podredumbre.  Eso es lo que llevo a tierra como prueba.

Dejaré la galera a mi amigo aunque sé que una tormenta, un meteorito, un viento  fuerte la harán desaparecer muy rápido.

No volveré a
 vivir en la luna.                                



domingo, 13 de marzo de 2016

BURLAS, DUDAS, MIEDOS

« Espléndida ante todo. Matías me va a oír. ¿Qué se cree? Pero tengo que estar como para que se desmaye. Ah, menos mal que estos ascensores tienen espejo».  
Sara sigue alimentando su convicción y su discurso mientras termina de acomodar la melena ante el espejo. Gira apenas y pulsa el botón de la planta baja.  Fin de la jornada laboral. Comienzo de la jornada personal. Primero que Matías la oiga y –ojalá-  después de las disculpas que ella espera, lleguen los cuidados y los mimos, pero no piensa aflojar. Después correr a su casa. Agustín y Javier están con Margarita  que debe volver a atender a los  suyos.  
El ascensor da un  salto parecido a un respingo  y se detiene.  Sara, impaciente, pulsa varias veces  la botonera. Prueba en distintos pisos. No arranca. 
Pulsa el botón de alarma que resuena  como la sirena de una ambulancia. Pasa un rato. Nadie.
Segundo intento completo, tocar todos los botones y luego la alarma. Nada. Tercer intento, sólo la alarma pero dejar el dedo en el botón tanto tiempo como para que el mundo la oiga, se enloquezca y responda.  Silencio.
Es probable que todos se hayan ido ya. Era tarde cuando terminó de ordenar su escritorio. 
Veamos, ella es una mujer segura y razonable. Sólo hay que llamar al 911…
──  Buenas tardes, estoy encerrada en un ascensor.
── …
──  Sí, Corrientes…  no me acuerdo el número. Es la Compañía de Seguros  El Imprevisto, debe ser altura al quinientos.
── …
── ¿Cómo que van a demorar?  ¿Otro incendio en la Reserva Ecológica?  ¿Cuánto tiempo?  Por favor, el encierro es terrible.
Segundo paso, avisar a Margarita.
──  Margarita, hola. ¿Todo bien? Es posible que llegue más tarde. Estoy encerrada en un ascensor de la oficina y el 911 dice que los bomberos van a demorar por un incendio en la Reserva Ecológica. No les digas a los chicos, no quiero que se asusten.
── …
──  Sí Marga yo sé,  pero aguántame por favor. Voy a llamar a Sergio a ver si puede reemplazarte.

── Hola Sergio,  ¿podrías ir  a casa a reemplazar a Margarita…
──…
──  ¡No me creo nada, estoy encerrada en un ascensor, estúpido! Ya que interrumpís, al menos preguntá.
── …
── Ah claro, el solterito tiene sus compromisos y no puede suspender nada cuando sus hijos lo necesitan.
──  …
──   ¿Y cómo querés que te demuestre que estoy encerrada en un ascensor? 
«¡Pelotudo!»

 «Ahora me toca Matías…»
── Hola, ¿cómo pudiste hacerme eso?  ¿Qué tal irte a tomar café con la íntima amiga de tu pareja? "¿Ayer un juramento, mañana una traición?"
── …
──  Anda al diccionario, pibe. Traición, perfidia,  infidelidad, mala fe, ¿querés más?
── ¿Que sólo la viste entrar al café y la invitaste a tu mesa porque es mi amiga? ¿Me lo jurás?
Los sollozos se le atragantan. Siente arder las mejillas. Se mira al espejo. Está roja.
── ¿Qué te pasa, nena?
Le parece que oye la voz de Matías por primera vez. Todo lo anterior fue una rara reverberación en su cabeza.
──  Estoy encerrada en un ascensor de la oficina,  los bomberos no llegan,  me duelen los pies,  quiero llorar y necesito sentirme querida y segura.
──  Sacate los zapatos, sentate en el piso. Sí, ya sé que está sucio; el sábado salimos y te comprás algo nuevo. Ahora tranquila, yo reclamo. Vas a ver que llegan enseguida.
Se cae la burla, la ironía cargada de bronca. Ya no quiere retar ni pelear. Empieza la duda. ¿Y si por la bendita Reserva Ecológica se olvidan de ella? ¿Y si Sergio no hace nada y Margarita tiene que irse? ¿Y si Matías no consigue hablar? Se ahoga. Ya debe estar azul por la falta de aire.
Apenas lo piensa, el miedo se instala en un temblor incontrolable. Oye  a su abuelo diciendo “Lo único seguro que tenemos es la muerte y es lo primero que olvidamos”.  ¿Qué va a ser de Agus y Javier? ¿No va a verlos más? ¿ No más abrazos? ¿No verlos crecer?
No puede parar de llorar. Se ve gris. Malditos espejos. Cierra los ojos.
Le parece que duerme, pero el recuerdo de Sergio sacando del río a Agustín escupiendo agua durante unas vacaciones juntos le dibuja la primera sonrisa de la tarde. Y cuando piensa en Matías conteniéndola, haciéndola reír,  aparece la segunda. Se ha ido el temblor.
¿Voces? ¡Voces!  
── Tranquila señora, ya la sacamos.
Lentamente, el ascensor empieza a moverse. Se detiene. Dos bomberos rompen el encierro.
 Alguien de blanco le pone un cuello ortopédico.  La suben a una camilla.
── ¿Es necesario?
──  Protocolo.
Cuando por fin salen, Agustín y Javier corren hacia ella y Sergio camina detrás. Sara acaricia a sus hijos. Mira a Sergio y le dice:
── Sos un buen padre, vos.
Más allá está Matías con sus zapatos y su cartera en la mano. Se acerca, la besa y murmura:
── Querida  y segura.

  

domingo, 14 de febrero de 2016

CAPITULO I: VOLVER



Camina inseguro como quien  acaba de bajar de un barco en el que ha pasado mucho tiempo. Y así es, aunque después de dejar el puerto  tomó un ómnibus local, viejo y sin mucha estabilidad, en el que durmió varias horas.
Soñó con el mar, el horizonte siempre igual y un albatros que pasaba  por su sueño chillando como el aviso de una tempestad.
Ahora trata de recuperar la tierra y hacerle sentir su peso.  Una lluvia sin viento lo obligó a sacar el capote marinero de la bolsa, pero no barrió la humedad pegajosa y pesada que anula el cerebro.

 No reconoce el lugar;  sabe  dónde está, sin más. Avanza. Mira las fachadas de las casas con detenimiento. No hay restos de destrucción, tan sólo altos y feos edificios cuya modernidad delata una construcción sobre ruinas. 
 Empieza a faltarle el aire. ¿Quién será a partir de ahora? Ante todo tendrá que recuperar su nombre. No  lo ha olvidado, pero tanto tiempo sin que lo llamen por él lo ha dejado sin resonancia.

 «No vuelvas a tu casa, te buscan», decía el papel que un compañero deslizó en su bolsillo una mañana en la universidad. Comenzaba el terror.
Atrás quedaron su madre y Germán, el hermano menor del que debía ocuparse y que abandonó, los sueños de una vida dedicada a los libros, algo que comenzaba con Andrea  que tal vez habría llegado a llamarse amor.

Después, las terribles ansiedades de cruzar a pie una frontera incierta, conseguir documentos falsos, cambiar de nombre y recomenzar trabajando en el “Stella Maris”, un barco de pesca en alta mar.
El viento fue cambiando muy lentamente a lo largo de esos años.  Un día, el capitán del pesquero lo recomendó a alguien de una compañía naviera de transporte de mercancías. En cierto modo  fue un progreso, aunque  sus primeros compañeros  fueron los mejores, los que no hicieron preguntas y lograron que volviera a reír. 
En una pelea de borrachos perdió la falange del anular izquierdo, pero también se ganó el mote de "Jack el destripador” porque en cada puerto compraba libritos de segunda o tercera mano, acaso robados, para no perder el hábito de la lectura, y verdaderamente los destripaba llevándolos en los bolsillos, dejando que se mojaran o releyéndolos por aburrimiento hasta que las páginas se desprendían solas.
De a pocos, también las noticias de su tierra - ese lugar borroso que quedó detrás del abismo-  se hicieron más frecuentes y más directas. El peligro había pasado, pero las licencias de más de una semana se conseguían sólo en caso de casamiento, enfermedad o muerte. 
«Se fueron veinte años, termina el siglo ──piensa con amargura─,  y ya tengo dos motivos». 
Junto  al mensaje de radio  que  comunicaba la muerte de su madre,  llegó un largo y tedioso estudio de los médicos de la compañía, en el que  daban cuenta de  una precoz artritis reumatoidea en sus articulaciones, a más de un serio problema cardíaco. Antes de los cuarenta años  es un viejo.
Ahora tendrá que dejar el mar misterioso y devorador que rara vez permite abandonarse; pero también el de los atardeceres de un sol  que se desangra sobre el agua  degollado por la noche implacable para volver en amaneceres de tonos de resurrección. Difícilmente vuelva a verlo,  está saltando el abismo hacia atrás. 

Se sienta sobre la bolsa marinera mientras  se seca la frente y la nuca.
La voz de hombre de su hermano, ¿se parecerá a la de su padre?  
Tal como le enseñó el médico de a bordo se golpea el pecho con el puño cerrado y trata de toser. Después con la mano derecha tira de los dedos de la mano izquierda hasta que siente que la sangre vuelve a circular.
Volver es un verbo peligroso. Suspira.

Retoma su camino y al dar vuelta la esquina, justo ahí, a menos de una cuadra de su casa se siente como un caballo que vuelve a la querencia, apurado, liviano, feliz. Es un chico otra vez. Agradece que Germán no haya querido modernizar el frente de paredes amarillentas desteñidas por muchas lluvias y  la reja baja que da al jardín con un simple pasador que uno puede quitar desde afuera cruzando el brazo por encima de ella.  Entonces, en el momento de repetir el gesto,  a sus espaldas una voz dice: ── ¡Bernabé!

jueves, 14 de enero de 2016

EL ÚLTIMO BESO

Se va el sol. En la tienda-escuela  los chicos ordenan y guardan los pocos elementos con los que contamos, y yo voy llevando desperdicios a los basureros. Me cuesta. Tengo que apoyarme en una muleta. Mi pierna derecha, algo encogida, parece siempre a punto de dar un paso que queda inconcluso;  así como  fue  para todos nosotros llegar al campo. Ahora,  estamos  congelados antes del siguiente. Nadie sabe con precisión cuándo podrá continuar el movimiento hacia un futuro.
Llevo mucho tiempo en el hospital. En plena huida estalló un explosivo. A mi lado cayeron varios. No es el ruido lo que más me sobresalta; de pronto, en el suelo hay un cuerpo inerte en un charco de sangre, y en el aire  algo que no sé llamar más que como un hueco habitado por una esencia. Nunca volveré a ser el mismo, pero tuve suerte.
Ahora, al menos puedo salir durante el día  a enseñar a los mayores y  entretener a los más pequeños.  La gran diferencia entre ellos se nota en la mirada. En los mayores,  junto a la tristeza leo una pregunta que no formulan y que los adultos no sabríamos responder. En cambio, los otros cantan las tablas de multiplicar, leen, escriben y pintan, preguntan hasta el infinito. Busco que rían todo lo posible. Me emociona ver lo poco que necesitan para sentirse vivos. Es su día, su sol, su juego. La preocupación por el futuro para ellos no existe. 
Ahmed y Yamila tienen una relación especial. Andarán por los cinco años y se los ve siempre juntos. Juegan,  ensucian, intercambian sus ojotas de plástico, saltan a la cuerda. Si juegan a las escondidas no lo hacen uno de otro, sino otra vez juntos. Un escarabajo, una hormiga, pueden ser objeto de observación durante horas. De a ratos  Ahmed toma los broches de pelo de Yamila, un moñito, una mariposa y va cambiándolos de lugar en la cabeza de su amiga. Yamila es pura alegría, baile, movimiento.  Me encanta observarlos.
En un rato llegarán los que pueden salir a trabajar a poblaciones cercanas. A veces traen algo más de comida para compartir, cigarrillos y sobre todo, noticias de nuestra tierra. Es una  ventaja. Otra, es que estamos muy cerca de la frontera y, si quisiéramos, podríamos arriesgar volver;  aunque se trate de una ilusión.
Muchos, entre ellos Halim padre de Ahmed, persiguen legalizaciones y papeles para instalarse en Europa. Otros, esperan la visa de algún país sudamericano, pero los parientes que los apoyan y los llaman no son gente de mucho dinero y las influencias cuestan.
Por lo demás, estamos muy solos. Desgajados del mundo, sin poder actuar, necesitamos pelear, gritar, conmovernos oyendo historias donde descargar toda clase de emociones para seguir sintiéndonos hombres entre los hombres.

Van encendiéndose las luces. Una luna apenas creciente se curva sobre el primer azul de la noche. Sin saber por qué pienso en la mirada maravillada de mi padre la primera vez que me mostró el lucero del alba apareciendo sobre la copa de la luna creciente.
 Varias mujeres  vienen en busca de sus hijos. Es hora de la comida diaria y luego el toque de queda. Por el oeste veo llegar a Halim. Trae un paso distinto; no diría entusiasmo, sí una nueva decisión. Yo tendría que empezar a caminar hacia el hospital pero quiero saber qué trae. Antes de poder hablar con él, lo veo acercarse a Ahmed, tomarlo en brazos y  hablarle en voz baja  con mucho cuidado.  Alcanzo a oír «mañana temprano, un camión a la otra frontera». La carita de Ahmed se separa un poco de la de su padre para mirarlo a los ojos. Entonces pregunta: « ¿Yamila puede ir con nosotros? Le presto mi manta.» Veo la cabeza de Halim negando.
Más allá, hacia el otro lado del campo, Yamila va saltando y bailando de la mano de su madre.
Ahmed se suelta de los brazos de su padre. Corre hacia Yamila sin llamarla. La alcanza. Con la delicadeza y la ternura que sólo un niño puede transmitir, apoya sus manos en las mejillas de  ella y  la besa. Luego vuelve corriendo a los brazos de su padre sin decir una palabra. Yamila tiembla pegada a su mamá.
Halim y yo  quietos,  mudos, miramos  casi sin poder respirar.
Ahora quiere caminar.  Da la mano a Halim.  Por fin, empiezan las lágrimas.
La voz le sale en un sollozo contenido cuando pregunta, «¿Papi, el amor va a ser triste para siempre?» Un profundo suspiro y su padre responde,  « No, Ahmed. Todos tus amores tendrán, por el dolor de éste, el reflejo de una luz como la de esa luna y los hará mejores.»
Ah,  finalmente el lucero del alba aparece en mi alma. Por puro agradecimiento abrazaría a Halim.  Ahora sí voy al hospital lo más rápido que puedo. Quiero llevar a mis compañeros el dolor y  la belleza del día. 

domingo, 13 de diciembre de 2015

EL BOSQUE SILENCIOSO

                                             ...uno de los heresiarcas de Uqbar
                                       había declarado que los espejos y la cópula
                                       son abominables porque multiplican 
                                       el número de los hombres... 

                                                                                        J.L. Borges


Al noroeste de la ciudad de Barg-Hor, sobre la ladera de la montaña estaba el bosque de H´y- Reyein silencioso y frío. Los árboles eran en verdad  arbustos grandes, rojizos, de tronco helado. Nunca se oía el canto de un pájaro. Pocos eran los que se atrevían a adentrarse en él: bandidos, criminales o fugitivos de otros reinos que cruzaban las montañas y lo atravesaban en busca de cierto alivio para lo que pesaba en sus vidas.
Cuando los vientos del norte soplaban implacables en las noches de invierno, solía relatarse junto al fuego del hogar una historia ocurrida bajo el reinado severo y despiadado de Pal-Hur-Até. Entonces parecía que afuera entre el viento y los árboles, sucediera una y otra vez.

Riz, guardia  de la ciudad, pasaba las noches recorriendo las calles, vigilando riñas y borracheras y que ningún peligro acechara casas y vecinos.  Era curioso como todo el que debe vigilar. En noches tranquilas solía acercarse a la ventana de los grandes sabios que estudiaban las estrellas con enormes espejos, leyendo en ellos el destino de los hombres. No se atrevía a mostrarse y preguntar, pero le atraían las imágenes que sugerían las luces que iban reflejándose en ellos. Habría querido saber si conquistaria el amor que ansiaba, pero intuía  la sombra de algo incomprensible que se alejaba de él día a día  tal como él mismo se alejaba de H´y- Reyein, cegado como vivía tanto por su irremediable mendacidad como por su cobardía.

En Barg-Hor cualquier información proveniente de Riz era puesta en duda, al tiempo que provocaba la desazón generalizada de no saber por dónde empezar a buscar la verdad. Siempre quedaban  piezas sueltas   como trozos de imágenes reflejadas en espejos rotos. 

Vivía solo. Como en demasiadas historias de amor así en el teatro como en la vida, Riz amaba a Coybí que amaba a Sherá  que correspondía con ardor y poesía al amor de Coybí.  De modo que tal como los sabios de los espejos, Coybí y Sherá eran espiados con ansiedad así como envidiados al extremo por Riz, aunque  por  motivos muy diferentes. Muchas veces, escudriñando por la ventana de Coybí había visto sus cuerpos entregados al amor.  Pero lo que Riz  más odiaba era la mirada que Coybí  dedicaba a Sherá cuando éste cantaba para ella las canciones que componía con la ayuda de un instrumento de dos cuerdas parecido a un laúd primitivo.

Pal-Hur-Até destinaba las cortas noches de verano para permitir fiestas populares que celebraran su casi interminable reinado.

Una de esas noches mientras Sherá cantaba en la plaza, Coybí -conocida también como "la niña de los pies ligeros"-, se vestía para ir a bailar con él, y Riz  la espiaba. De pronto sintió la punta de un cuchillo en la espalda , y oyó una voz casi animal que murmuraba algo parecido a «carne». 

En un segundo vió todas las posibles revanchas sobre la felicidad ajena. Sabía que él, Riz, jamás tendría un hijo con Coybí, pero Sherá tampoco. Dio vía libre al fugitivo. Éste se abalanzó sobre Coybí  apenas salió de la casa. Cada intento de defensa de la muchacha, cada grito pidiendo ayuda era  una cuchillada. Tras la brutal violación, corrió en la dirección indicada por Riz, dejando el cuchillo en la calle.

Riz no se movió. Vio a Sherá volver en busca de Coybí, correr hacia ella, abrazarla y besarla hasta empaparse con su sangre mientras gritaba desgarrado. Tomó el cuchillo tratando de perseguir al criminal  hacia ninguna parte.

Cuando la gente empezó a llegar, Riz salió. Dijo que había visto pelearse a los amantes, que Sherá había sacado el cuchillo y que el resultado estaba a la vista. 
Pero Coybí respiraba aún. Sin muchas esperanzas la llevaron a la tienda del hechicero.
Entre tanto, la mayoría de las personas descreían de la versión de Riz. 
Sherá lo miraba entre el horror y el asombro y no podía hablar.
La indignación popular creció a tal punto que Pal-Hur-Até  decidió presidir él mismo el juicio. Por primera vez Riz atestiguó con una única versión que no modificó nunca. Sherá había perdido el habla. Las pruebas eran su camisa ensangrentada y el cuchillo. Finalmente el tribunal exigió a Riz un juramento  que comprometiera el cielo.
── Que nunca más pueda reconocerme en el espejo de los astros si esto es mentira, ──dijo Riz.

Sherá fue ahorcado en la plaza principal.

Coybí un día preguntó por  él.  Otro, se levantó y fue a buscarlo.

Los restos de Sherá pendían aún de la horca. Antes de suicidarse, Coybí habló.
Entonces Pal-Hur –Até ordenó colgar trozos de espejo en los troncos de los árboles del bosque silencioso, y abandonar en él a  Riz.

Durante mucho tiempo al pasar por el linde del bosque se oían sus gritos:
── ¿Cuál soy? ¿Quién soy?

Un día, el silencio volvió al bosque. Sólo el silencio.  

sábado, 14 de noviembre de 2015

EL LÁPIZ MÁGICO

Laura está entusiasmada, casi exultante. Tiene ya once cuentos atrapados en su ordenador, sólo falta uno que completará la serie.
Antes de  preparar el café con el que se acompaña en su trabajo, da una palmadita a la pantalla del ordenador y dice:
── Gracias, Otto.
¡Cómo para no agradecer! Piensa sonriente en lo que significó poder trabajar en silencio y aún escuchar música en lugar del ruido de las teclas de la máquina de escribir;  con un dedo borrar el error o lo indeseado, pero también poder conservar todas las versiones de un mismo texto. No más carbónicos, no más papeles correctores ni ensuciarse las manos para cambiar la cinta de tinta. Y no sólo guarda, diseña, corrige  siempre al  leve movimiento de un dedo, sino que permite obviar muchos libros de consulta abriendo ventanas y más ventanas al mundo globalizado. ¡Al fin se han cumplido sus fantasías infantiles!
Cuando era pequeña amaba los cuentos en los que los seres humanos hablaban con los animales, los duendes y las hadas. Algo que la inquietaba especialmente era la capacidad de brujas y hechiceros para lograr que sombreros, capas, calderos y varas obedecieran sus órdenes. Soñaba con el día en el que amaneciera diciendo:
 ── Pava al fuego, taza con su plato, cuchillo  al pan, manteca y mermelada a las rodajas, ──y así  hasta que una bandeja voladora le alcanzara el desayuno perfecto.  
Un suspiro de satisfacción, una taza de café humeante y vuelta al trabajo. Pero el ordenador  misteriosamente se niega. « Tal vez se cayó el sistema, —comienza a especular—  tal vez el antivirus es un guardia de seguridad que previene al punto de impedir; podría ser un corte de la electricidad, pero no, en el resto de la casa los aparatos eléctricos funcionan. Entonces ¿qué? Entonces ¿quién?»
Algo semejante a rabia, desencanto, temor a que sus ideas se escurran por un agujero negro la invade. Repara en que tras esas infinitas ventanas, la web tiene voluntades  desconocidas y absolutamente indiferentes a la propia. Ese es su misterio. Su aparente magia  es un vacío.
Al borde de las lágrimas, y acaso por ellas, los recuerdos vuelven a la primera infancia.
 El día en que cumplió siete años, sus padres le regalaron  ropas y zapatos nuevos  que ella había elegido, pero también un cuaderno de tapas rojas y un lápiz ya que, según le dijeron con mucha seriedad, era hora de empezar   la escuela. Laura lloró, suplicó, pataleó, se negó a comer, enfermó, decidió no hablar ni escuchar.  Nada parecía conmover a los padres. Una tarde, milagrosamente, llegó de visita la abuela. Ella le contó sus cuitas, se quejó de la maldad de sus padres y pidió la compasión y la ayuda de su adorada Nona. Ésta le prometió que hablarían a la hora de los cuentos.
Ya en su dormitorio, Laura mostraba orgullosa sus regalos pero iba dejando de lado el cuaderno y el lápiz. Al cabo la abuela preguntó:
── ¿Y estos también son regalos?
── Te dije, Nona, quieren obligarme a ir a la escuela.
La abuela abrió el cuaderno y mientras sacaba punta al lápiz, canturreó:
── Lápiz nuevo, lápiz nuevo escribe, si sabes, el nombre de tu dueña.
Luego, escribió Laura en la primera página, y mirando a su nieta le dijo:
── ¡Un lápiz mágico, Laura, te han regalado un lápiz mágico!
── Pero si es mágico no necesito ir a la escuela, hace lo que yo quiero y ya está.
── A ver, probemos…
Terrible fue la desilusión. Sólo había garabatos. Laura recuerda, ahora con una sonrisa, cómo se enojó con su abuela:
── ¡Sos como las brujas de los cuentos, y no querés enseñarme!
── Vamos, vamos, si no sabemos dónde está nuestro querer, creemos encontrarlo donde no está. Tus manos mostrarán lo que hay en tu alma.
Tomó la mano de su nieta y la fue guiando. Así Laura  aprendió que la magia de su lápiz provenía de la voluntad que corría por su brazo hasta la punta de los dedos.
Aliviada por el  recuerdo, palmea a Otto una vez más y dice:
──  Descansá, hoy salgo con tu hermano mayor.
Busca un lápiz y remedando a su abuela canturrea:

── Lápiz mágico, lápiz mágico escribe, si sabes, lo que quiere tu dueña, y te llevaré siempre en mi bolso para abrir otras ventanas al mundo.

miércoles, 14 de octubre de 2015

“El Rulo”


Camina y llora. Y sin saber por qué, sigue caminando. El jefe fue muy claro: «esto te pasa por meterte con traidoras». Después le dio un sobre de merca y agregó: «es todo lo que merecés. Agradecé que te dejo vivo».

¿Norma traidora? El Rulo sabe  que no. No para él. Arrastra los pies, los mocos resbalan de su nariz, pero él no se da cuenta. Norma lo quería lejos de la droga, del jefe y de los otros pibes como él. Decía que estaba mal lo que hacían, que él, El Rulo, valía más que eso, y que había otra manera de vivir.  Le creyó, pero no pudo dejar  de pincharse, aspirar y tomar lo que fuera. Y ella, en un  intento desesperado quiso llevarlo a un centro de recuperación, pero El Rulo tratando de escapar, mató o hirió (no está seguro)  alguno; los perros mataron a Norma para que no hablara. Le parece que tiene moscas delante de los ojos y trata de espantarlas mientras camina y murmura cosas sin sentido.
Empieza la desazón y quisiera abrir el sobre que lleva en el bolsillo pero hay muchas luces lastimándole los ojos, debe estar demasiado a la vista. Prende un cigarrillo. Tiene sed. ¡Qué no daría por una birra!
No puede volver al barrio, a las cuadras que vigilaba. La cana lo encontraría inmediatamente.
Ya no llora, tiembla. Busca soledad porque todo lo hiere a pesar de la coraza dura y fría en la que el miedo lo envuelve. No elige un camino, vaga dando vueltas pero de pronto está cerca de la canchita que todos esquivan en cuanto anochece. Alambres, vidrios rotos, zanjas  llenas de ratas, basura, perros sueltos y sobre todo una oscuridad ominosa.  Se sienta entre yuyos pero no hay dónde apoyar la espalda; ni atrás ni adelante, nada que tocar con el brazo extendido. Le quedan el odio y ese poquito de merca. Ya verán todos, en cuanto le haga efecto se vengará. No quedará en pie nadie que se le cruce. 
Saca el ansiado sobre del bolsillo y lo abre de un tirón. Busca y rebusca con los dedos y hasta con la nariz dentro del sobre. Inútil, el sobre estaba vacío. Una última ilusión lo lleva a tantear a su alrededor como un ciego que espera reconocer una diferencia de asperezas entre los yuyos. «Hijo de puta, vos sos el traidor»,  grita con la rabia que nutre el crimen.
 En un cielo tan negro como la tierra  cree ver a Norma que cae una y otra vez,  siempre con la misma sangre empapando la remera, y una sombra delgadísima que le da la espalda cuando quiere  decir “mamá”, pero nada se articula en el grito. ¿Qué hay en el aire? ¿Nubes, monstruos? ¿Quién lo persigue?
Se levanta y quiere correr hacia ninguna parte. Algo helado pero vivo se desliza entre sus piernas y parece caer al agua. ¿Dónde está la zanja? ¿Dónde el alambre, el límite? Tropieza con una estaca. Ah, ¡por fin dónde apoyarse! Y allí se queda tratando de recobrar el aliento.
Nada. Vacío, sólo vacío. Como ese cielo, como la canchita. Todo es engaño; hasta Norma, puras palabras. El mundo es ese inmenso hueco negro. Cierra los ojos.

¿Sueña o despierta? Oye susurros y hay una luz azulada como el borde de un lago en movimiento. Vuelve a mirar sin ver. Podrían ser las luces de un auto de la cana. Apenas se endereza. Un golpe de calor en el vientre, dolor en el alma; ya no es más “El Rulo”. Ahora, apenas es Carlitos.  

sábado, 6 de junio de 2015

AYER NOMÄS

El día en que nació, su tío veinte años mayor dijo a su padre ─ Ésta la reservas para mí.
Al cumplir los doce,  su madre le habló  ─ Conoces a tu tío. Será tu marido. Obedece y calla.
Salía él a sus negocios y ella sacaba el cajón de juguetes para vestir muñecas. Enterada la madre, ante el primer embarazo, se lo escondió. Veintitres hijos parió. Sólo cinco se malograron. A los cincuenta años, la cabeza perdida, Ana preguntaba ─ ¿Quién me ha quitado mi cajón de juguetes?
Ayer no más, a principios del siglo XIX en la Gran Aldea.

lunes, 1 de junio de 2015

SEA o LA PALABRA ABANDONADA

Silencio, dolor, vergüenza, temblores.
Empieza a formarse como un carbunclo en fuego de corazón.

El aire de la voz la lleva a las aguas multiplicadoras, y entonces millones de estrellas fugándose al infinito van a repoblar el cielo; vuelven a oír  el canto de la noche, y en lo que era obscuridad ES por fin, una suave y cálida luz iluminando el nuevo monte de la vida.

jueves, 14 de mayo de 2015

“TODO-OÍDOS”

Fue el sobrenombre que le puso su madre, aun sabiendo que no expresaba lo que quería decir. Así como aquel que percibe imágenes de seres y cosas que tienen su existencia en mundos inmateriales es llamado “vidente”, en algún momento pensó llamarlo “el oyente”, pero tampoco era exacto y remitía a una actitud de cierta pasividad que ella no quería sugerir. Tampoco se trataba de eso. Percepción de la resonancia de los seres y las cosas sería tal vez lo más aproximado.
Al conocer a alguien, su primera impresión era un sonido. No siempre se trataba de algún instrumento tradicional, muchas veces tenía que ver con los sonidos de la naturaleza o con los ruidos de la civilización urbana. También “oía”, si así puede  decirse,  cuando una persona comenzaba a “desafinar”.
Su madre, por ejemplo, fue siempre una campana; no tanto porque hablara o cantara mucho o en voz alta, sino porque con apenas un gesto era transmisora a distancia de todo cuanto había que celebrar o lamentar. Hubo un tiempo, sin embargo, durante el cual no transmitió nada y esa mudez se volvió peligrosa.  Todo-Oídos tuvo un compañero no muy corpulento pero que era como la bocina de esos enormes camiones de transporte de carga que apenas suenan dicen ”¡cuidado!”. Su maestro de escuela fue un fagot rezongón y dulce. Su mujer, un arroyito de montaña cantarín, transparente y modesto pero constante. Su hijo, tan buena madera,  prometía la madurez de un violoncelo acaso, una lira o una guitarra como él.
Pero siendo todavía un niño, sólo una vez había escuchado un sonido que lo aterró de tal manera que se tapó los oídos como si eso sirviera para no oírlo, y que supuso el de muchos tambores. Fue a la muerte de su padre, y nunca más se repitió. En las épocas del terror fueron a pasar una temporada al campo a casa de sus abuelos. Su padre jamás dormía en el mismo lugar, y no quería ponerlos en peligro. Una noche despertó a los gritos con tambores que le reventaban el cerebro. Más tarde supo que el padre había muerto al caer por un balcón tratando de escapar, según las fuerzas represoras, o más seguramente empujado y golpeado hasta perder el equilibrio, según su madre. A ella, la falta de resonancia le duró muchos años.
Todo-Oídos estudió. Se recibió de arquitecto. Disfrutó del ritmo, la armonía y la exactitud de las formas. Trabajó para convertir belleza en utilidad, y aportar nuevas maneras de vivir acordes a la sociedad de la que formaba parte. Un verano en la playa, al retirarse la espuma de la orilla, percibió el sonido de odio del mar. Alcanzó a avisar. Cinco minutos después, una ola monstruosa devoró el balneario. También su médico alguna vez le pidió ayuda ante un diagnóstico inseguro. Acertó. La fama de brujo crecía. No quiso seguir. Eligió negar su percepción. Con ella podía eventualmente ayudar a algunos, pero usarlo como oficio sonaba a pereza; el suyo era el camino de trabajo y desarrollo de cualquier ser humano. Entonces, con el tiempo fue perdiendo la capacidad de interpretar los sonidos, y poco a poco estos fueron haciéndose  más débiles. Como todo el mundo, ahora oía  sólo con sus oídos.
La vida había empezado con ruidos, alaridos, sollozos y silencios ominosos, pero se regulaba en afectos y armonías. No añoraba ni infancia ni juventud. De algún modo el orden que por lo general se atribuye al transcurso de la existencia se había invertido. Tenía derecho a pensar que bastaba ser moralmente correcto para que la vida lo premiara. Luego vendría la vejez y habría que aceptarla, pero por el momento se trataba de ver crecer un hijo sano y alegre, ayudarlo a encaminarse y hacer vibrar las cuerdas de la guitarra al lado del arroyo. Todo estaba bien.
Así pensaba Todo-Oídos mientras preparaba algo de comer. Su hijo había salido en busca de su novia, y su mujer miraba por televisión  lo de siempre: malas noticias políticas y terribles hechos policiales. Sirvió dos copas de vino.
De pronto, un alarido desbordó arrasando cuanto encontraba a su paso. Alarmado, miró el televisor. En la calle un bulto cubierto, sangre, ambulancia, policías. El periodista hablaba de un  grupo de jóvenes aparentemente drogados que habían muerto a golpes a otro para robarle la moto. Según los documentos encontrados, la víctima sería…


Una a una estallaron las cuerdas de la guitarra cuando los tambores comenzaron a sonar. 

sábado, 11 de abril de 2015

LA MALDICIÓN (sólo palabras sin "T")

No fue maldición la que sufrieron Adán y Eva, más bien fue penalidad. Si bien miramos, el que educaba a los rebeldes aún sin causa pero ya en  busca de lo que creían liberación, era ni más ni menos  el Creador del universo, y el paso previo a la maldición – la ocasión llegará con la maduración de las peras- debía ser probar educarlos. Ya es algo sudar por la labor del día y regresar a casa cansado  y feliz por lo logrado, o bien sufrir los dolores de parición y hallarse con un crío amado. Pero peor es  verse obligada a la dominación del machismo.
Más pesado fue lo de Caín. Un primer crimen que, como bien sabía, sabe y sabrá el omniconocedor  de las almas, será la piedra basal de millones y millones  que forman la escalera empedrada que sólo desciende. Pero si bien le impuso  la pena de errar solo, asimismo  le grabó una señal que lo defendería de los que quisieran vengarse copiando su acción sobre él.  Y Caín fue fundador de ciudades, lugares para seres solos y errabundos  que no saben cuidar de sus hermanos.
Seguimos empeorando con Sodoma y Gomorra para las que no hubo maldición, sino lisa y llana aniquilación. Aunque su descendencia sigue pagando, ahora sí, una maldición.
A Judas, a cargo de hacer cumplir lo preanunciado, el Salvador  lo llama “hijo de perdición”.  Mucho  pensar merece ese nombre.
En una época  de dioses diversos, hubo bendiciones que a la larga llegaron a ser maldiciones por olvidos o descuidos.  La pobre Sibila de Cumas,  después de haber logrado su deseo de vivir por siempre,  deslumbrada por la luz de Apolo olvidó pedir ser siempre joven.  Hay que alabar su dignidad, pues pudo haber mejorado su sino. Apolo ofreció corrección, pero puso precio: la virginidad de la sibila. Ella no quiso sacrificar su don de profecía, su esencia misma. Llegó a reducirse como una chicharra que los pobladores colocaron en una jaula para que nadie la pisara. Los niños, burlándose,  le decían cada día:
 --Sibila de Cumas ¿qué quieres?—para oírla responder con pena:
--¡Quiero morir!
Mas la lejanía de las épocas y el hecho de que hablemos de dioses versus hombres, hace de  penalidades y maldiciones una relación de imaginaciones y leyendas de invierno que conviene oír con el corazón.
En cambio aún leemos con horror  la maldición de Jacques de Molay, Superior de la Orden de los Caballeros de la Cruz y la Espada,  después de pasar por pavorosos dolores infligidos por el rey de Francia y el Papa. Sin embargo, al cabo de crímenes, enfermedades, diversas malas hierbas en las sopas y en los pañuelos  de las generaciones reales, se pondrá fin a la familia de una época oscura de Francia.
Hoy  ansiamos no creer en maldiciones, a pesar de lo cual día a día enviamos a alguien a la madre que lo dio a luz, o bien lo expedimos a la vela cuadrada que los pescadores de Veracruz colocan en el palo del  barco que puede sacarse hacia afuera cuando es necesario.
Para maldecir o bendecir hay que creer  que la palabra crea. Yo, no sólo creo en la palabra, creo en cada uno de los signos de mi lengua.  Desafiada a suprimir uno de los más comunes, poderosos y preferidos,  formado por el choque de la lengua con los blancos huesos de la boca, por  breves segundos abrigo el deseo de maldecir.Y así concluye  mi relación sobre la maldición. 


sábado, 14 de marzo de 2015

FAUSTO

Grueso, enorme,   con una respiración fatigosa que oía como  a  un animal resoplando  a su lado; recostado en un sillón con una manta escocesa sobre las piernas, miraba un engañoso otoño en su jardín.  Aún sostenía  un grueso cigarro sin encender entre los labios. Le gustaba mascarlo, descargar su rabia destrozándolo entre los dientes.
Por un instante le pareció ver entre el follaje  amarillo-rojizo la silueta de quien se le acercó  una tarde a sus cuatro años, ofreciéndolo todo: el talento  y más, el genio,  la vitalidad y la  voluntad del toro;  por tanto  un éxito que le permitiría hacer lo que quisiera, pero sobre todo una voz portentosa y seductora que llevaría a sus oyentes el  sentimiento exacto que quisiera transmitir.  ¿Podía pedirse más?  No lo sabía. Tenía cuatro años entonces. Tampoco sabía que siempre hay que preguntar por el precio.  Parecía un regalo.
 Aceptó, por supuesto. Todo era un juego: deslumbrarse ante  su propia percepción del mundo; reírse del asombro del mundo por su precocidad. Imposible no sentirse superior. Pero ya  en su primera juventud despertó  la ilusión de hacer algo importante para la humanidad.  Cuanto más grande era su ilusión  mayor era su avidez por la vida, por bebérsela a grandes sorbos, tal  como según él, correspondía a un genio.
La radio lo acogió como al hijo dilecto, y él lució su voz leyendo para los oyentes las grandes obras de todos los tiempos.   Pero también se daba cuenta de que creían a pie juntillas tanto  las mentiras más simples de la publicidad,  como  las más engañosas de la política. Deseaba pertenecer a la raza de los grandes creadores de conciencia.   Quería hacer de lo totalmente increíble algo absolutamente creíble para poner en evidencia su tesis: no debes creer nada de lo que oyes en la radio.
Un día dio con esa historia, por entonces novedosa,  de alienígenas invadiendo la tierra. Disfrutó leyéndola y creyó que la comprensión de sus intenciones sería inmediata.
El resultado fue devastador. Ataques de pánico, histeria, suicidios, gente en las calles tratando de huir hacia quién sabe dónde. Nadie se lo reprochó siquiera. Por el contrario, fue su éxito personal, aunque no el de sus ilusiones.  Sin embargo, en su espina dorsal algo se densificó.
Pero le faltaba el amor.  Envalentonado, convencido de que en realidad nunca había precisado de la ayuda de ningún ser de éste u otros mundos, buscó a la más bella y sensual entre sus pares. Nuevamente triunfó. Ahora los éxitos eran sólo propios. La soberbia creció en la risa y  en la mirada.
No, no quiere recordar, ni tiene por qué. Enciende la radio para  distraerse,  quizá dormir.
 El locutor anuncia el programa de la tarde: Cuarenta años atrás, un programa hecho por jóvenes, con jóvenes y para jóvenes.
Hace rodar el cigarro en su boca, queriendo burlarse del  título presuntuoso.
Dejaremos a nuestros oyentes dos preguntas antes del espacio publicitario, pero también les daremos algunas pistas. Atención, hoy hablamos de una gran actriz de Hollywood que  se encuentra gravemente enferma.  Nació en 1918.
¿Cuál es el nombre artístico de Margarita Carmen Cansino?
¿Cuál es su frase más famosa?
A la vuelta, una canción de su película emblemática.
¡¿Para qué encendió la radio?! No quiere recordar, no es joven, no necesita ningún premio. Muerde el cigarro con tanta fuerza que lo  parte  en dos.  Furioso, escupe tabaco. Quiere apagarla, pero tiembla  y vuelve a ver la siniestra figura del pasado en el jardín.  Se aproxima sin  pisar el pasto como una nube oscura, un cuerpo de pasiones contrapuestas buscando su lugar.
En la radio, Margarita canta : --Put the blame on me, babe. Put the blame on me.
Cierra los ojos y un larguísimo guante de seda  vuela seductoramente hacia él.
Grita lleno de dolor y de rabia.  Por fin,  apaga la transmisión  de un manotazo.  Ha sido burlado.
No llega a sollozar, la garra de la estafa se instala en su pecho.
Ahora la figura del jardín parece haber atravesado la ventana. Le habla.
--Perderla  era el precio – dice.        
Desaparece, y con ella el mundo entero.