sábado, 13 de noviembre de 2021

GATO POR LIEBRE

 


Lidia llora tratando de despertar a Mozart, su gato, que parece dormir plácidamente a su lado pero en un estado de rigidez absoluta. Le masajea el corazón, las patas. Llama a Enriqueta, su amiga de toda la vida:

—Enri, se me murió Mozart —solloza— anoche, en mi cama.

—No, no sé la hora. Sí, le di sus gotas antes de dormir, pero esto es distinto, no reacciona. Está muerto.

—¿Cómo voy a dejar que lo entierren en cualquier parte o lo tiren a la basura? Mozart siempre fue mi compañero. Lo quiero cerca.

—Gracias, querida, en tu jardín estará feliz. Lo envuelvo y voy para allá.

Las cajas de zapatos son pequeñas para Mozart, pero apretándolo un poco… Lo envuelve en una funda vieja blanca; sin saber por qué no cubre su cabeza. Ata la caja con una cinta también blanca. Ella va de negro. Se detiene en la esquina a esperar un taxi.

Pasa una moto a toda velocidad, le arranca la cartera y la caja tirándola a la vereda.

—Mozart, Mozart —es todo cuanto gime.

La llevan al hospital, pero es tarde.

Entre tanto el ladrón intrigado por el peso de la caja, la abre para disfrutar su botín.

Mozart salta dando un maullido furioso, lo rasguña y escapa.

Las viviendas del barrio se derrumban. La gente se muda desde que por las noches en la esquina donde cayó Lidia  se oyen maullidos sin consuelo hasta el amanecer, pero jamás se ve un gato. 




martes, 5 de octubre de 2021

LA MUJER DE CENIZA

 


Queridos compañeros de El Tintero de Oro,

Anoche, preocupada más por los seres humanos destructores de su planeta que por los posibles extraterrestres, pregunté a Italo Calvino si me permitía usar el nombre del personaje –relator de Las Cosmicómicas para mi historia de Octubre.

Me miró como me mira siempre desde la fotografía con su sonrisa amable y algo irónica. Lo interpreté como un sí. Soy absolutamente consciente de que la distancia entre mi modesto Qfwfq y el original sólo puede medirse en años luz.

 

                        LA MUJER DE CENIZA

 

Ana Sofía, ASH para sus compañeros de trabajo, se desespera con la mirada que va del ordenador a la ventana con vista al mar. Aunque es tarde ya, sigue insistiendo en el intento de modificar las coordenadas que señalan el camino cósmico a la Tierra. Tampoco sus compañeros parecen estar logrando nada. Desde la primera señal de peligro, buscan una forma de hacer un riel alternativo que aleje esas naves de la Tierra. Pero el cosmos no es un ferrocarril.

El mar sigue subiendo y su color cambia a un verde peligroso que amenaza rayos y relámpagos.

Recuerda bien la alegría de aquel mediodía en el Instituto de Investigaciones Estelares cuando tras mucho tiempo de oír ondas que provenían de los movimientos de las estrellas, oyeron voces. ¡Voces! Y para más, comprensibles. Era el mensaje grabado en varios idiomas que se había enviado desde la Tierra al cosmos. Alguien estaba diciendo «lo hemos recibido», y tal vez «estamos buscándolos».

Nunca pensaron en quiénes eran los que lo habían recibido, ni por qué nos buscaban; menos aún si eran los únicos, o si solo eran los únicos en responder. Nunca pensaron que así como la luz crea sombras alrededor, las ondas sonoras traen silencios  indescifrables. No, nunca, nunca pensaron. Se dejaron arrastrar por las olas mansas de la alegría, esas que ya no están. Surge la terrible pregunta: ¿Y si fuera el fin de la Tierra? No ya de los seres vivos: de esa hierba que alguna vez arrancó; de la caricia de una mascota o de tratar de preservar una especie en extinción; ni de volver a ver nadar a los delfines, u oír el escándalo de los gorriones al amanecer; no más seres humanos amando, trabajando, peleando, pensando, creando. Nunca más la risa de un niño. No, el terror que la alcanza va más allá de su muerte. Milenios de milenios de evolución, todas las lenguas, todo el dolor y el sufrimiento humano, Beethoven, Virgilio, Van Gogh, y tantos otros aniquilados en minutos. Un hueco en el universo, el sistema solar rengo, corrigiendo elípticas, distribuyendo luz, oscuridad, calor, frío, agua y fuego con otro ritmo y distancia a todos los otros planetas. Todo para nada. Ah, es demasiado.

«Ver las estrellas una vez más», se dice. Pero al levantar sus ojos llorosos, descubre a su lado una forma luminosa. Trata de tocarla. Es insubstancial. Sin embargo, la forma es humanoide. En su cabeza resuena una risita irónica. Habla:

—Soy Qfwfq, ¿no me recuerdas? Nos conocimos cuando todos vivíamos en un punto antes del Big Bang. Esa explosión nos disparó como perdigones por el espacio y terminamos  en distintas galaxias. Pero también es cierto que después de la muerte las vamos recorriendo una por una otorgando lo aprendido y tomando de los otros lo que debemos aprender. Ustedes se aterran de los extraterrestres pero viven rodeados de ellos. También los terrícolas hacen ese viaje, solo que no están tan evolucionados y suelen dormirse después de la muerte.

—Pero los que vienen…

—Déjame hablar. Nos quedan apenas quinientas palabras de las novecientas que nos regaló David. Lleva millones de años poder contarlo todo. Los que vienen son de un planeta muy agresivo, parecido al de ustedes pero con tecnología mucho más desarrollada. Querrías que Tierra no fuera destruida por completo, ¿verdad? Porque me has visto por fin, después de muchas veces de cruzarnos aquí o donde vivo, porque me oyes y me entiendes, eres una entre los pocos que pueden hacer algo. Eso sí, no verás el resultado hasta que vuelvas, dentro de milenios. ¿Aceptas?

Basta un tímido «sí», y ya están a la entrada de una cueva bajo el lecho de un río.

—Cuando oigas llegar las naves, grita con todo tu corazón tu palabra de fuego.

—¿Cuál?

— La que salga será. Ahora debo seguir. Hasta el próximo cosmos, ¡buena suerte! Ah, sigues tan bella como entonces.

                                                                  ***

                           INCREÍBLE DESCUBRIMIENTO 

                         BAJO EL LECHO DE UN RÍO SECO.

 

Un grupo de destacados antropólogos excava a la entrada de una cueva bajo el lecho del río seco en la localidad de R¨jhin y halla el cadáver de una mujer cubierto de ceniza y algo parecido al plomo. Se trataría de un  ejemplar del “homo sapiens” desaparecido tras la primera guerra interestelar hace unos ocho millones de años.

 

( En la más romántica de las lunas de otro planeta a miles de años luz se oye una risita complacida:

—Te lo dije,Ash! Dame un beso.

—Claro, mi Qfwfq. ¿Crees que volveremos a vivir todos juntos en un punto alguna vez?

—Espero que no. Demasiado promiscuo. Soy celoso.)



martes, 21 de septiembre de 2021

LA VENTANA INDISCRETA

 








 

Elvira, todavía débil por varios días de cama durante los que solo ha  probado algo de  sopa que la portera le alcanza  para luego volver al sueño, se levanta tropezando.

La ventana del living  golpea entre el viento y  los infructuosos saltos de la gata tratando de cazar una paloma. Es  por donde se asoma al mundo, sol, lluvia y   su vecino Antonio. Enferma, ha soñado con él. Se encuentran en el mercado, y él es tan caballero que carga su canasta de compras. A menudo cruza la calle con una silla para sentarse junto a Elvira a mirar el atardecer.

Ella piensa que ninguno  invita al otro a su casa por aquello de «pueblo chico, infierno grande», pero qué bueno sería tomar unos vinos que suelten la lengua y los recuerdos.

Antes de cerrar, ve luz  enfrente: Antonio está abrazado al cuello de un joven que lo empuja suavemente hacia la cama mientras le desabrocha los pantalones que se deslizan.

Ahoga un grito, quiere llamar a la policía. No recuerda el número de urgencias. Tremendas imágenes  bailan ante sus ojos.

Vuelve a la cama, a su cansancio mortal.

Por la mañana, Elvira pregunta:

—¿Qué sabe de don Antonio?

—¡Pobrecito, estuvo gravísimo! Diga que el hijo vino a cuidarlo  hasta que recupere fuerzas.

Ya a solas, Elvira oculta  la cabeza  bajo la almohada con el quejidito continuo de una niña que se ha orinado. No sabe cómo esconder la vergüenza de sus propios pensamientos.


domingo, 13 de junio de 2021

TEMBLORES

 

Cuentan que hace muchísimos años, no muy lejos de aquí, había una ciudad tan gris y triste que ni el sol lograba darle verdadero calor. Se la conocía como "la ciudad sombría".

Un monumento de acero en el centro de la plaza representaba un hombre gigantesco sentado sosteniendo un rifle, la primera liebre muerta por ese rifle, y sobre el lado izquierdo, un perro echado. Ambos animales yacían embalsamados en el Museo del Fundador, como modelos de lo que había hecho toda su vida: endurecer todo temblor, anular cualquier aliento; atar las ramas de los árboles para que el viento no fuera capaz de variar sus formas.

Los diseños de las calles y las casas  también colgaban de las paredes del museo, y si uno miraba bien, todo era tal cual lo había planificado: las verjas blancas todas iguales, las puertas y ventanas en el mismo lugar con cortinas inmóviles,  jardines de pasto que se mantenía siempre a la misma altura, pero ni una planta cuyas ramas pudieran moverse con el viento o cuyas flores crecieran dispares cada año. Cables y postes rígidos y el arroyo entubado. Se suprimía todo aquello que mostraba el hálito de la vida.

Antes de morir, el hombre de acero logró  implantar algunos criterios en la comunidad que se transmitieron de generación en generación:

Todo lo que se mantiene inmóvil es bueno.

Todo lo que tiembla es  malo.

Todo lo que crece, cambia y muere es peligroso.

Todo lo rígido es bello.

Así ocurrió que lo necesario para la vida diaria se traía envasado de otros lugares, y nadie vio nunca un pollo o un cerdo vivos. La gente se saludaba desde lejos. Los pocos niños que allí nacieron fueron enviados a estudiar lejos. Todo era gris, duro, frío.

Pasados los años, la ciudad moría idéntica a sí misma.

Rápidamente se buscaron culpables.

Muy lejos del centro, sobre los límites de la ciudad, vivía una mujer medianamente joven con cuatro niños pequeños de muy distintos tonos de piel.  Nadie sabía si eran sus hijos ni de dónde habían venido. Así, algunos los consideraban “hijos de la prostituta”; otros “los abandonados de Dios”; había quien los llamaba “los hijos del infierno”, aunque algún inocente creía que habían llegado gateando, perdidos, y que la mujer los había acogido. Las familias de bien jamás permitieron  que los suyos  se  acercaran a “los abandonados de Dios”, ya que no respondían a ninguna de las reglas consideradas decentes. Pues contra todo lo establecido, en esa casa todo temblaba, todo era movimiento, risas y aires nuevos. Se decía que esos niños eran capaces de hablar con los animales y hasta volar lejos con algunos pájaros. Sí, debían ser ellos los enemigos del pueblo.

Pero, ¿quién se atrevería a enfrentar el temblor? ¿Con qué armas? Una cosa es matar liebres, y otra matar niños. Ninguna ley lo permitía, y en el fondo nadie quería semejante cosa.

Algunos valientes pintaron pancartas reclamando que la mujer se fuera con sus criaturas. Mientras les alcanzó el coraje, las sostuvieron inmóviles frente a la casa sin acercarse demasiado. En otro esfuerzo, las dejaron clavadas en tierra, y se marcharon corriendo.

Los niños estaban estupefactos. Por un buen rato quedaron atrapados en el silencio y la inmovilidad de  sus contrincantes. ¿Serían ellos las nuevas estatuas? Alguno lloró. Ninguno durmió.

Al amanecer, cientos de gorriones bulliciosos llegaron en una infinita conversación. Entonces escucharon, volvieron a reír  y aceptaron.

Con ayuda de los pájaros desataron las ramas apretadas de los árboles, y las dejaron al temblor del viento. Cayeron las viejas hojas en desorden, se desprendieron las  semillas a su alrededor. Perros y gatos cavaron la tierra donde los niños plantaron flores  de su jardín. ¿De dónde sacaron fuerzas estas criaturas? Lo cierto es que lograron romper parte del entubado del arroyo para que se lo oyera correr por su viejo cauce.  Cuando la ciudad despertó, sus habitantes ensordecieron ante toda la vida que surgía.

Primero fue el terror. Llegaban la destrucción y la muerte.

Sin embargo, alguien se animó a abrir la ventana. Tanto aire moviéndose entre los árboles le gustó. Otro descubrió que los colores de las flores recién plantadas lucían muy bien en su jardín, y los que vivían cerca del arroyo sacaron sus hamacas para moverse al ritmo del agua.

 La  estatua del fundador quedó bañada en excrementos de  pájaros. No hubo quien la limpiara. La primavera trajo también la risa, la charla, el agradecimiento. Pero los niños misteriosos y la mujer que los cuidaba no habían vuelto a dejarse ver.

Un buen día cinco colibríes de muy diversos colores  libaron en las flores de la plaza y hasta se bañaron en la fuente en una danza maravillosa.

Desde entonces, en el tiempo del rebrote la ciudad festeja el día del ”Canto de la fuente” cuando todo el pueblo se acerca a esperar a cinco colibríes  que llegan puntualmente a regalar la danza del temblor.


lunes, 17 de mayo de 2021

KARMA

Si quieres, puedes usar esta imagen en tu publicación



Otra vez. Dolor de cabeza, mareo y ganas de vomitar. No necesito repasar qué comí anoche. Debo  enfrentarme a lo que más temo. No puedo dejarlo, ya me falta poco para el retiro y llegar al primer puesto del grupo me ha costado toda la carrera. Años de ser un mediocre segunda fila y cuando finalmente el director me convierte en el número uno a cargo de todo el conjunto en su ausencia, el terror.

Creo que todo comenzó en el entierro de mi madre. Mis compañeros haciendo por mí lo que mejor sabían, y yo sintiéndome cada vez peor. No fue cosa de ellos, si lo pienso. Esta carrera era la ilusión de ella. Creí que  me gustaba aunque estaba claro que no tenía el don; solo fuerza de voluntad, trabajo, disciplina.

Alguna vez me he declarado enfermo, pero si quiero tener un retiro pasable, tengo que aguantar un poco más. Hice toda clase de consultas. El último psiquiatra me recetó unas pastillas que me hacían temblar las manos. Tuve que dejarlas. A veces mis amigos me han visto palidecer, casi desmayarme, taparme los oídos. Respuesta: «problemas en  el centro del equilibrio».

Hoy estará el director. Doble esfuerzo. Allá voy, a mi martirio.

                                                           *

El gran Director da unos golpes suaves en el atril con su batuta. Comienza el ensayo. De pronto,  interrumpe y se dirige al primer violín:

—Maestro Silvestrini, ¿se siente mal?

—Melafobia incurable, maestro.

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Melafobia: miedo a la música.


viernes, 9 de abril de 2021

EL CASTILLO

 Podéis usar esta imagen para acompañar al relato, si queréis



En medio de la pampa cercana al mar, está la estancia de la que desde hoy es señora, llamada  pomposamente “El Castillo”. La casa principal de estilo inglés, imponente con dos torres a los lados quiere imitar  alguna vieja reliquia de la época feudal. Una veleta con un gallo en la punta luce sobre la cúpula central.

La adivina había recitado: «Tu suerte está en un castillo. Las cartas dicen felicidad, liberación y muerte, en ese orden; pero hay algo oscuro en esa tierra.  Cuidate de El Loco.» Ella rio entre incrédula y feliz.

Hay una pausa en el aire.

Algunos novísimos automóviles negros, brillantes,  temblorosos al andar  se detienen cerca  de los coches de caballo. En el gran parque los invitados pasean  bajo un cielo pesado y húmedo de fines de verano que presagia tormenta. El vaporoso velo de la novia se mueve como una nube amigable, en tanto el novio con su habitual empaque de señor y patrón conversa con figuras reconocidas de la sociedad.

En el salón principal, la mesa del banquete de bodas espera reluciente de cristales y porcelanas de Limoges.

Llega un jinete solitario, el chambergo haciéndole sombra  a los ojos. Entrega las riendas y un mensaje a un chiquilín hijo de un peón, y desaparece en la torre-este sin sumarse a la reunión.

Un rayo cae en seco sobre el horizonte. Todavía no hay muchas nubes, pero el calor de los asadores atrae las moscas. Mientras las manos saludan al aire, los pies comienzan a zapatear y a restregarse uno con otro: las hormigas invaden todo.  Poco a poco aparecen cascarudos, caracoles. Luego vendrán las arañas pequeñas que caen en sombreros y rostros, orugas. Todos tratan de  protegerse. Los invitados se amontonan bajo el primer techo huyendo de abejas y avispas. Es inútil, los insectos los persiguen con saña. Gritos  de las damas, gestos bruscos de los caballeros buscando alguien a quien reclamar.

En tanto los novios, recibido el mensaje,  alarmados, sorprendidos, mantienen un diálogo mudo. Hay fastidio y reproche en los ojos de él; temor y pedido de ayuda en los de ella que acentúa su súplica apoyando la mano en el brazo de su esposo. Él se desprende como tratando de espantar una mosca más, vuelve la cabeza buscando un amigo para retomar una conversación frívola. Ella lo mira dolorida, desencantada, y se aleja  hacia el inesperado visitante. El velo se mancha de insectos que no pueden desprenderse.  El chico la sigue asustado. 

El inframundo avanza.

Un trueno. No, es un tiro. Otro. La caída de un objeto pesado.

Apenas el tiempo que demora en alejarse el estupor,  la novia recupera su nombre, Delfina.

Ahora, perseguidos por las avispas todos corren hacia la torre.

Hernán (hasta hace un momento el novio) camina con más odio que urgencia. Entre varios han levantado el cuerpo de Delfina envuelto en el velo  ensangrentado. Un médico  le toma el pulso mientras acompaña el paso de los que la cargan a un coche de caballo que lo llevará con la novia moribunda y sus padres al pueblo más cercano.

Hernán casi no la mira, se abalanza sobre Rufo (el jinete misterioso) herido en el hombro izquierdo con su propia arma. Quiso suicidarse, pero Cipriano, el niño, lo desestabilizo pegándole en las piernas con el primer objeto que tanteó en la oscuridad. Rufo suelta el arma, se endereza apenas; varios hombres lo sujetan. Otros apartan a un Hernán enfurecido.

Aterrados por  zumbidos y  picaduras, inservibles en la tragedia, los invitados huyen en sus automóviles o en los coches de caballo hacia  el camino que lleva a un mundo de seguridades ficticias y distintos demonios.

La policía  no  llegará hasta el día siguiente. Los peones llevan a Rufo a una habitación de la torre-este. Limpian la herida y vendan el brazo. Lo  sujetan a la cama y cierran las puertas con llave. Acompañan a Hernán a las que serían las habitaciones nupciales en la torre-oeste.  Alguien esconde el arma de esos ojos de odio.

Avanza la tormenta, desaparecen las abejas y las avispas, pero un ejército de murciélagos salidos de árboles huecos  sobrevuelan El Castillo  amenazantes. Desde los cuatro puntos cardinales soplan todos los vientos. Se entrecruzan,  cada vez con más violencia.  En su dormitorio,  Hernán bebe mirando sin ver las llamas de un fuego que se enciende solo  en la chimenea.

Las ventanas se abren, los cristales estallan,  las cortinas levantan vuelo allí donde Hernán cree ver a Delfina con su velo ensangrentado por el reflejo de las llamas.

—¡Volviste! Ya ves, no logró herirte tanto.

Las cerraduras no resisten. Los goznes de las puertas repiten un grito sordo de queja, y lo invitan a seguirla.

Siempre por alcanzarla, él se aventura en la oscuridad del eterno pasillo que comunica las dos torres.

—¡Esperame! Quiero amarte, besarte…

En la torre-este, Rufo despierta sobresaltado. También él cree verla.

—¿Me llevarás contigo? Donde estés quiero estar.

Pero le parece que Delfina se aleja.

—¡No, no con él, nunca con él! —suplica con voz desgarrada, mientras se suelta de las ataduras y  avanza a la negrura tras una pálida llama que escapa.

Las puertas y ventanas se baten en un  interminable aplauso ante la risa siniestra del chirriar de la veleta.

La policía encuentra a los dos hombres muertos a medio camino del largo pasillo; semidesnudos, los ojos  abiertos al horror,  los cuerpos casi entrelazados.

Alguien dice:

—Parecen abrazarse.

 
















domingo, 14 de marzo de 2021

EL ZAMBO

 








—¿A dónde? Hay solo ruinas de un viejo convento junto al río. ¿A qué quiere ir allí, abuelo?

—A morir. Ese es el lugar donde debí morir.

Los nietos del zambo Cabral se apenan, sacuden la cabeza como diciendo «delira»; suspiran, pero buscan un carro en el que acomodan algo de paja para llevarlo.

Ágil, silencioso y rápido como su padre, ensartaba los peces de un golpe, y con apenas un reflejo sabía esquivar yacarés y lampalaguas. De su madre tenía el color, dientes blanquísimos y una voz que atravesaba la selva a la hora de cantar.  Había sido reclutado para formar el Regimiento de Granaderos a Caballo que iba a luchar por la independencia. El orgullo de acompañar al Coronel San Martín en la batalla se le escapaba en la luz de su sonrisa. En Buenos Aires desdeñó las críticas que despertaba su jefe. Juró defenderlo a muerte.

Dos días antes de partir para San Lorenzo, unas fiebres malignas se apoderaron de varios soldados. El médico no supo diagnosticarlas pero aconsejó que no fueran de la partida.

En San Lorenzo, a poco de amanecer, las bombardas enemigas disparan sin descanso. Una da en el caballo de San Martín. Preso por el animal, se defiende hasta que tres soldados enemigos lo rematan a bayonetazos.

Las derrotas no se cantan.

Cabral salió de sus fiebres consumido y triste. No fue soldado. Cada amanecer, como en una oración repetía: «debí estar ahí, debí estar ahí.»

 

El punto Jonbar es la supuesta enfermedad de Juan Bautista Cabral. Ningún otro soldado es bastante rápido para interponerse entre San Martín y sus enemigos. De haber muerto San Martín, la independencia sudamericana se hubiera dado en condiciones muy distintas quién sabe cuánto después. Y jamás se habría escrito la Marcha de San Lorenzo.

Zambos se llamaba a los hijos de indígenas y africanos.







jueves, 11 de febrero de 2021

DOBLE DE TANGO

 

 Todas las frases en bastardilla son versos de distintas letras de tango.


                       DOBLE DE TANGO

 

 

 

 

 

«Volver, con la frente marchita», canturrea en su mente con amarga ironía.

—Presencialidad discontinua por pandemia —dijo el jefe, y él en plena crisis con Margarita que según se  imagina, debe estar poniéndole los cuernos con ese profesor de tango que le enseña tantos cortes y quebradas; eso sí con barbijo. Quiso  darle celos con Marta que nunca le llevó el apunte, pero ahora ni siquiera la verá en la oficina. Menos mal que desde hace unos días está Toby, el cachorro que le trajo su hermana del campo. En el peor de los casos no se quedará solo. El loro es de ella, pero todavía recuerda aquellos tiempos en los que juntos le enseñaban a cantar tangos, y se reían oyéndolo repetir: «que al mundo nada le importa, yira, yira». Pasado. Todo es pasado. Sueña con una cerveza bien fría.

Llega. Aquello es peor de lo que imagina. Toby se abalanza a recibirlo. En el living, los almohadones preferidos de Margarita están despanzurrados en la alfombra.

—¿Qué hiciste, che? ¿No sabés que nos va a matar?

Toby mueve las orejas y pone ojos de “yo no fui”.

Armando oye la ducha y lanza un hola desde lejos. Por supuesto, no hay respuesta.  Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo, todos manoseaos. Cerveza en mano se deja caer en el sofá.

El grito del loro lo despierta, «te vi pasar, sonriendo altanera…»

 Margarita sale taconeando. Le echa una mirada despectiva:

—¡Haragán, si encontrás al inventor del laburo,  lo fajás! Limpiá el desaguisado que hizo tu perro con mis almohadones, y esperame con la comida en la mesa.

—Ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot —replica tanto como para tener la última palabra.

Margarita sale pegando un portazo.

Con bronca busca la aspiradora y empieza; pero el loro que es de ella, claro que es de ella y no perdona, sigue el tango: «al campo a cachar giles, que el amor no da pa´tanto, a ver si se entrevera porque yo ya no lo aguanto…»

—¡El que no te aguanta soy yo, bicho de mierda! Lo amenaza con la manguera de la aspiradora. El loro salta a la percha más alta de la jaula y se calla.

Terminada una limpieza superficial, busca la correa del perro y lo lleva a caminar. Los pies lo llevan solos. ¿Cómo olvidarte en esta queja, cafetín de Buenos Aires, si sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja?

 

Margarita, muy lejos de encontrarse con el sospechado profesor de tango, se refugia en su amiga Sonia en busca de consuelo y le cuenta sus propias dudas:

—Según dicen las personas de buen gusto, ese esperpento que su amor me ha disputao es un bagre que a cualquiera le da un susto, si lo encuentra por la noche y descuidao.

Sonia la tranquiliza. Ella ha investigado a fondo, y  solo se trata de inseguridades de su marido por celos, por el laburo, por la pandemia. De todos modos, siempre es mejor mantener al rienda corta y mostrar pilchas nuevas.

--Tranquila, son todos iguales --dictamina Sonia segura de la profundidad de su sentencia.

A esa altura de la noche, Armando está borracho con la cabeza sobre la mesa del bar murmurando apenas Mozo, traiga otra copa. Toby, sujeto a una reja, se inquieta. Llovizna. Margarita sale a buscarlo. Sabe muy bien adonde ir. Paga la cuenta y lo ayuda a levantarse. Él, en cuanto la ve, lucha por su perdida dignidad:

—¡Varón, pa´olvidar agravios porque ya te perdoné!... 

Mientras tanto la garúa se acentúa con sus púas en mi corazón.

Ni bien llegan a su casa, Margarita retoma su voz de mando:

—Vos, a dormir la mona en el sofá. Toby a su cucha. Yo, al dormitorio.

—Ya sé, no me digás, tenés razón, la vida es una herida absurda… —musita antes de empezar a roncar.

A la madrugada Margarita se despierta con frío, tiene necesidad de un abrazo. No un abrazo de tango, un abrazo de Armando en la cama de los dos.

—Ya está  —se dice— los dos tenemos frío, los dos tenemos miedo.

Va a buscarlo.  Vení, decime tu condena, contame tu fracaso…

Toby los sigue y se acomoda a los pies de la cama.

El loro duerme con  la cabeza bajo las alas. 

Chan,chan.


martes, 12 de enero de 2021

¿SOLO CINCO?

 Si



—¡Quieto!

La piedra da sobre la cabeza de la culebra. Siente el pecho del muchacho tan duro como la misma piedra. Luego, en el aire, su suspiro.

—Pero, ¿cómo la viste? Casi la piso.

—Ya sabes,  hay otros modos de ver. Tú confías en tus ojos casi a ciegas, como dicen los que ven. Si se distraen, te dejas morder.

— Yo creo que ves y quieres engañarme.

—No, sé el color de tus ropas por tu pobreza, no por mis ojos.  Pon atención a los detalles. En la danza vibra tu equilibrio. Los tambores guían tu sentido del ritmo o del peligro, y tus brazos te muestran el espacio. El calor vive en tu sangre y en tu piel. Te encuentras a ti mismo en los sueños, y al otro en la voz y en la mirada que me falta. Pero yo distingo el vuelo del ave al de la flecha cuando los oigo, el murmullo del río de la potente voz del mar, el lenguaje de los dioses en los truenos, las lluvias y los vientos, así como a Afrodita hablando de amor. En mis sueños están los mundos que tú no ves.

Yo canto la memoria. Tú inauguras una época, una red de signos en la que  hombres de otros tiempos fijarán la mirada, y en la que habrán de encontrarnos.

Ahora, toma tu tablilla y labra mi voz: —«Canta, oh Musa, la cólera de Aquiles».




sábado, 5 de diciembre de 2020

PREGUNTEN A JUAN DIEGO

 


Podéis usar esta imagen en vuestro relato


«—¿De quién hablan, mamá, Yaya?

—De nadie. Nada. ¿Por qué?

—No, nada. Pusieron voz rara.

—¿Rara cómo?

—Como de secreto.

—Las niñas no deben escuchar las conversaciones de los mayores.»

—Tal como te lo cuento. Durante años. Era un susurro de verano. A la hora de la siesta, cuando se suponía que los chicos dormíamos. Sé que escuchaba un nombre de mujer, pero nunca  entendí bien o lo olvidé.   Murió la Yaya y nunca más oí a mi madre hablar con nadie de ese modo. Pero hasta pasados mis veinte años soñé con la mujer de esta foto, diciéndome «pregunten a Juan Diego». Mi madre  me dijo que en la quinta de su abuelo había un indio que cuidaba los caballos llamado así. Nada más.

¡Yo que creía que eran solo sueños, y la dama estaba entre fotos, cartas, encajes,  en el arcón! ¡No hay como mudarse para que empiecen a aparecer fantasmas todos los días! Debería tirarla ¿no? Si no sé quién es ¿para qué guardarla?

—¿Pero, no querrías averiguar al menos con quién soñaste tantos años? Decís que esta mudanza es un cambio de vida. Sería bueno saber qué dejás atrás.

—No, no.  Tuvo que ver con  abuelos o tíos pero no conmigo, ya está. Mi tema es Dalmiro que quiere hijos ya, y yo después de ese embarazo perdido no me siento capaz de cuidarlos.

—¿Y los sueños?

—Sueños son, como dijo Calderón. Tal vez a mis veinte años cuando todos estaban  vivos,  habría sido bueno buscar a Juan Diego y preguntarle por esta mujer. Aunque  como de costumbre, nadie preguntaba nada. Era más alta que mi Yaya, pero se le parece  ¿no? Pasame esa caja. Cartas, documentos, tarjetas postales. ¡Esto es la vida eterna!

Una catarata de lágrimas. Ángela la abraza.

—¿Qué pasa?

—Es un agobio terrible.  ¿Será la vieja historia de la niña enamorada del sirviente? Pero, ¿por qué decía «pregunten a Juan Diego», y no « me dejó» o  « me sedujo», por ejemplo?

—Creo que ese indio debía saber algo que por algún motivo  calló muy bien. ¿No queda nadie de la familia de tu Yaya?

—Sí, tengo una tía abuela que ya está muy mayor, pero quizá su hija sepa algo o pueda preguntarle. Ya veré. Tengo mucho que resolver antes del viaje. Mudarme, dejar el poder para la venta de la casa, ordenar  lo que queda y lo que haya que pagar mientras no estoy. Es mucho. Dalmiro se queda con la gata. También a ella la abandono.  No sé si algún día aprenderé a cuidar.

—Basta con eso. A dormir.

A pesar del cansancio, Leonor no duerme. Al amanecer se abalanza sobre la caja de cartas y postales como si la vida le fuera en ello. La cosecha es prometedora: Una foto en sepia ya muy borrosa  de cuatro criaturas, tres niñas y un varón de ojos tristes vestidos de luto, apenas un encaje blanco en los cuellos. Hay otra del bisabuelo con botas y fusta en mano a punto de montar un caballo que un niño de rasgos indígenas sostiene de las riendas. «Este debe ser Juan Diego, parece menor que los  hermanos.» piensa.  Se impacienta. Quiere vaciar la caja de una vez y al mismo tiempo leer todas las cartas y postales. Hay una con un paisaje marítimo dirigida a Rita y firmada por su abuela:

“Cuidado Rita. Acordate de Amalia.” Nada más.

En el fondo de la caja, un sugestivo  sobre azul. Hay una comunicación de la Superiora de un convento donde renuncia a hacerse cargo  de alguien que no menciona, e invita al bisabuelo a ir  a aclarar la situación; también hay un certificado  con sellos y firmas municipales donde consta una donación al hospicio de la ciudad. La fecha es  pocos días después de la carta de la monja.

Es hora de  ver a Rita con sus descubrimientos en la mano.

Ante la foto de los niños, Rita suspira, 

—El luto por mamá.

Después Leonor muestra la postal.

—Nada, mujer. No recuerdo. Pavadas de adolescentes.

—Pero, ¿quién era Amalia?

—La mayor. No la recuerdo. Yo era muy niña cuando se fue.

—¿A dónde Rita, por favor? Mirá, traigo una carta de un convento dirigida al Tata, ¿sabés algo?

—Ahora que pienso, una vez oímos al Tata gritar enojado como nunca encerrado en su escritorio. Creo que Amalia estaba con él. Aullaba algo como: «Estás loca, es mi amigo,  ni más ni menos que el Presidente ¿cómo pretendés que te crea? ¡Mentirosa! ¡Mi hija una mujerzuela loca! » Al día siguiente Amalia no estaba más. Sé que Delia, tu abuela, le mandaba cosas con Juan Diego una o dos veces al mes, pero la última vez el indio no volvió. No supimos más de él. Dejá el pasado en paz.

—No puedo, tía. He soñado con esta adolescente  como con nadie en mi vida.

El convento ya no existe. Queda el hospicio.

Va, determinada, temblando. Consigue que busquen en los archivos. Finalmente encuentra una carpeta con el nombre de la tía abuela perdida.

Fecha ilegible: Menor de edad. Signos de recién parida. Delirios de grandeza. Se cree amante de un Presidente y lo hace padre del hijo que no trae con ella.

Otra hoja, otra letra, otra tinta: Actual delirio, «Juan Diego sabe. Pregúntenle.»

Defunción (otro borrón de tinta): Intoxicación. Nadie reclama el cuerpo.
















sábado, 7 de noviembre de 2020

BAJO EL VOLCÁN (con perdón de Lowry)

 



Alrededor de mil años después de la archiconocida competencia entre la Liebre y la Tortuga, dos ejemplares de ambas especies se encontraron nuevamente en la pradera bajo un volcán.

Las dos masticaban hojas de su preferencia. La tortuga protegiéndose de la excesiva luz bajo un arbusto; la liebre buscando las hierbas más tiernas para su alimento. Hacía buen tiempo y ninguna  sufría dolores o preocupaciones. Cierta dosis de aburrimiento sobrepasaba los límites de herencia y costumbres, y se filtraba en esa felicidad. Fue la Liebre, siempre dispuesta al movimiento, quien soltó la propuesta:

—      ¿Y si  volviéramos a intentar la carrera de nuestras abuelas? Me gustaría restablecer el honor de las Liebres. Después de todo ya no somos las mismas.

—      Por mí, no hay inconveniente. Pero no creas que somos tan distintas de nuestra especie. Yo tengo  los antecedentes por todos conocidos y la sabiduría de la edad que me ayudan.

—      ¡Ja! Quizás mis patas sean más rápidas que las de mi abuela, soy joven y traigo cambios y velocidad, ¡sabihonda! —gritó la Liebre.

—      La tierra es la que cambia, nosotras nos adaptamos —murmuró la tortuga echándose a andar.

La liebre seguía comiendo hierba gozando del sol, algo sobradora, segura de su glorioso futuro. Las dos actuaban de acuerdo a sus instintos.

De pronto, ambas sintieron un temblor. Continuará.