lunes, 15 de mayo de 2023

PETUNIA

 


«Gracias, Petunia», pensó satisfecho. Era su primer gran violoncelo de más de doscientos años de antigüedad, y había resonado a Bach como se esperaba  de él. Le dio una palmadita cariñosa, lo guardó en su caja y salió contento y apresurado en busca de un taxi bajo la lluviosa noche neoyorquina.

Acomodó a Petunia a su lado. Cerró los ojos y se relajó. Lo había nombrado así por  la pureza del sonido, su elegancia, y sobre todo por su fidelidad y confianza. Un súbito frenazo le hizo dar un respingo sacándolo de sus pensamientos. El taxista gritó unas cuantas groserías por la ventanilla, luego pasó al otro automóvil  haciendo chirriar las ruedas.

¿Usted vio lo que hizo ese animal?

 A partir de ese momento el taxista no dejó de  hablar enojado, cada vez más exaltado. No logró calmarlo.  Molesto y ansioso, en cuanto vio la puerta de su apartamento pagó sin mirar el cambio. Descendió casi corriendo. Entró al edificio y…¿Petunia? ¡Quedó en el taxi!

Días y días de consternación, angustia, enojo consigo mismo, remordimiento, terror de lo que pudieran hacerle por ignorancia, por avidez, por descuidos como el suyo.

Tomó todas las medidas para recobrarlo, denunció, ofreció recompensa, pasó por la humillación, la vergüenza, sintiéndose incapaz de tocar, vigilando cualquier pista por tenue o falsa que pudiera parecer.

Y una tarde Petunia volvió intacta a sus manos. Con ella volvió la serenidad, volvió la música, volvió la alegría de su vida.

(243 palabras)

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El hecho de olvidar el violoncelo en un taxi en Nueva York le ocurrió al gran Yo-Yo Ma, quien  había nombrado así al Doménico Montegna fabricado en Venecia en1733. Las causas y los sentimientos que pueden haber suscitado tanto perderlo como recobrarlo son imaginaciones y suposiciones personales.

Aunque creo que están evidenciadas en la historia, tal como lo pide el reto detallo algunas de las emociones:

Satisfacción por el concierto con un recién conseguido instrumento valioso. Cansancio, distracción, sorpresa por el cuasi accidente, molestia por la verborragia del taxista, ansiedad generada por éste y necesidad de llegar a casa. Desesperación, consternación, remordimiento, enojo, miedo, humillación y vergüenza, interés activo para recuperarlo y la serenidad y alegría finales.


martes, 18 de abril de 2023

LA VIEJA "VEJEZ" E iVÁN EL MENOR

 

Si quieres puedes acompañar tu cuento con esta imagen

                                            La vieja"Vejez" e Iván el menor

Érase que se era una vez, en un país que no era el nuestro, en un tiempo que no sabemos si fue ayer o si llegará a ser un día, una vieja tan vieja que ya nadie sabía su nombre, acaso ni ella lo recordara, por eso todos la llamaban “Vejez”. Tenía el rostro lleno de arrugas, las manos como leños con los dedos torcidos, la espalda encorvada casi en ángulo recto. Aunque nunca hizo mal a nadie, la gente le temía porque su aspecto les recordaba a las brujas de los cuentos.

No muy lejos de allí vivía un campesino padre de dos hijos fuertes y trabajadores como él. Un día, enfermó gravemente y se sintió morir. Llamó a sus hijos y les dijo:

—Muchachos, ya no me quedan fuerzas. Vejez no perdona a nadie. Salgan al mundo en busca de su destino.

Blas, el mayor, es el primero en partir. No es malo ni perezoso, y puede pelear como cualquiera, pero no es lo que se dice un valiente ante el sufrimiento y la ancianidad.  Al  llegar a una encrucijada, se detiene un momento pensando qué camino tomar cuando ve venir a Vejez con un hato de leña a la espalda. Él cree que ella no puede haberlo visto, tan doblada va; sin embargo en cuanto empieza a alejarse, sin saber cómo la tiene ante sí.

Buenos días, hijo. ¿Podrías ayudarme a cargar mi leña? Mi casa está muy cerca por este mismo camino.

Sin contestar el saludo, Blas carga la leña y se echa a caminar en la dirección indicada. A la puerta de la casa, deja la leña  y retoma su camino.

Espera, espera, quiero agradecerte…

—Tengo prisa, voy en busca de mi destino.

Al menos toma un leño o una rama y llévatela de bastón. Podrías necesitarla.

No necesito nada. Ya la ayudé, ya está. No me gustan los viejos.

Sorprendida por estas palabras pero sin ofenderse, alcanza a avisarle:

No tomes por ese camino, entonces. Está lleno de bandidos.

Voy por donde me da la gana contesta Blas casi gritando, queriendo alejarse de ella, de sus arrugas, de su espalda doblada, de su lentitud para caminar, de sus dedos nudosos. Él jamás será así, jamás.

Vejez suspira y entra a  casa.

Ya no sabremos de Blas,  al menos en esta historia. Algunos dicen que terminó viviendo con los bandidos.

Iván por su parte,  enterró a su padre, dejó todo atrás y salió también en busca de su destino.

Quizá por aquello de que buena parte de la humanidad tiene a Vejez en común, llegando a la encrucijada la encontró cargando su hato de leña. Iván se acercó:

¿Puedo ayudarte?

Gracias, hijo. Puedes llevar la leña hasta mi casa.

El muchacho carga la leña, la coloca junto a la chimenea, aviva el fuego, y pregunta:

¿Necesitas algo más, abuela?

Me llaman Vejez, no necesito nada pero tal vez yo pueda ayudarte en alguna cosa. Quédate un rato. Tomemos una sopa juntos.

Cuando afuera hace frío, tal vez sople el viento, y adentro la luz del fuego ilumina y calienta, es un momento propicio para la conversación. Lenta como  sus pasos, Vejez comienza a hablar. Iván escucha asombrado.

Quiero agradecerte tu amabilidad. Allí, en la encrucijada elige tu camino. Por la noche un ogro saldrá de su cueva buscándote. Tiene gran olfato. Es un monstruo de dos cabezas unidas por la coronilla y la nuca. Si golpeas de frente, estarás obligado a correr hacia atrás pasando por todos tus ancestros hasta llegar al origen del mundo.  Por el contrario, si tratas de vencerlo por la que te da la espalda, te verás obligado a correr hacia adelante toda tu vida sin saber qué buscas ni qué encuentras. El único modo de vencerlo es herirlo en la unión entre las dos cabezas. Ese es su punto débil. Si lo vences, y llegas a una ciudad, no entres nunca por la puerta grande. Úsala sólo para irte. El primer animal que se te acerque por tierra, aire o agua ése es tu avatar. Acudirá cuando lo necesites.   Me llaman el tercer enemigo del hombre. Podrás vencer a los dos primeros; a mí no podrás vencerme nunca. En cambio si me aceptas, sabré ayudarte. Sólo tendrás que recordar el día de hoy cuando me viste por primera vez. Claro que todo tiene un precio; cada vez que te ayude te aparecerán nuevas arrugas, o más canas, o te dolerán las rodillas y la espalda. Se debilitarán tu corazón y tus riñones, y verás temblar tus manos. Mañana cuando despiertes, toma un leño fuerte y grande de los que cargaste hoy. Que tu viaje te sea favorable.

Reconfortado por el calor y la comida, agradecido por los consejos, Iván se tiende ante la chimenea y se duerme al instante. Apenas antes de la aurora, cuando el cielo se pone blanco,  se levanta, elige su leño y parte.

Canta buena parte del día. La hora de pensar cómo enfrentar al ogro llega al atardecer. Por fin, elige un portentoso árbol de follaje tupido y ramas gruesas. Trepa y se acomoda en él.

A medianoche sale el ogro de su cueva, oliendo todo, regodeándose de antemano. Pronto descubre el árbol de Iván y comienza a sacudirlo con todas su fuerzas dando vueltas y vueltas alrededor de él con una cabeza mirando hacia arriba, la otra mirando hacia abajo. Eso lo confunde. El muchacho,  cada vez que  pasa bajo su rama le tira una piedrita, o le hace cosquillas con algunas hojas. Al cabo, el monstruo se detiene. En ese instante, sin darle tiempo a nada, Iván tira el grueso leño justo a la coronilla. Las cabezas se separan. El ogro cae decapitado.

Anduvo, anduvo, no sabemos si mucho o si poco hasta llegar a la ciudad anunciada por Vejez. La puerta principal es imponente, con dos leones de oro a la entrada y guardias listos a no dejar pasar a nadie que crean indigno o peligroso. Iván da la vuelta rodeando la muralla. Por fin encuentra la última puerta. Ni bien pasa la entrada, ve un ave en el suelo. Es un pichón de cóndor con un ala herida. Lo levanta y lo envuelve con el faldón de su camisa. Cada tanto,  pide a alguien un ungüento, una venda. La mayor parte de la gente sacude la cabeza y sigue de largo. Alguien le dice:

Cuidado, es un ave peligrosa. Te cortará un dedo o la mano un buen día. Déjalo al pie de la montaña que  si se cura volará solo, y si no será carroña de cualquier otro animal.

Iván agradece pero no suelta el ave. Al pasar ante la entrada abierta de una casa pequeña, ve una joven tejedora haciendo su trabajo. Ah, ése es el lugar apropiado.

Hola, buenos días. ¡Qué hermoso tejido! ¿Te sobrará algún trozo de tela vieja para envolver el ala del pichón?

La tejedora levanta la mirada y le sonríe. Iván siente que ha llegado a casa.

Así, el muchacho se instala en la ciudad, trabaja de lo que puede aprendiendo oficios a fuerza de ayudar a otros, aunque siempre prefiere ser un labrador. Un día el cóndor se siente fuerte, prueba sus alas y vuela a la montaña no sin antes despedirse. El pico contra la frente de Iván y un corto vuelo alrededor de él parecen decir, «si me necesitas, me llamas». Él, como el cóndor, revolotea alrededor de Antonia, la tejedora que siempre sonríe. No pasa mucho antes de que formen una familia de varios hijos. Entre labranzas y tejidos, canciones de uno e historias que la otra cuenta a los niños todas las tardes, van pasando los años en  los que Iván casi ha olvidado a Vejez.

Pero, pero, sin embargo… ¿Cómo sería reconocer la felicidad si nunca hubiera “peros”? y además ¿Qué pasaría con nuestra historia si todo quedara en la tranquilidad cotidiana de Iván y su tejedora?

Ocurre que siempre hay otras ciudades, otros reinos, otros mundos, y en uno de ellos vive uno de los malignos dragones del universo. Devora niñas, pero no siempre del mismo lugar. Manda mensajeros reclamándolas de planeta en planeta. En la ciudad  todos le han olvidado. Los niños lo creen una fantasía de padres para asustarlos. Los viejos creen que ya no les tocará; tantos son los lugares del cosmos que el dragón puede visitar. Sin embargo, un día llega el mensajero que reclama a una niña como precio para no destruirlo todo.

El padre de la criatura elegida, desesperado, quiere hacer lo que todos: encerrarla bajo siete llaves.

Eso será peor dice Iván- déjame ayudar. Acepta que ella vaya con el mensajero. Iremos tras ella.  

Busca un lugar solitario al pie de la montaña y suplica:

Vejez, Vejez,

Préstame tus ojos

Para ver lo invisible.

Descubre el mundo de Dragón defendido por enormes cercas afiladas con muchas trampas para quien ose tocarlas.  Ve a Dragón en una terraza vigilando,  protegido por guardias armados con objetos que Iván desconoce de los que por momentos salen rayos fríos. Todo tiene luz pero al mismo tiempo  todo es oscuro en derredor. Ya ha ideado un plan cuando llama a cóndor:

Prepárate y avisa a tus hermanos. Iremos muy lejos, pero sobre todo  volaremos  más alto que nunca.

Llega la mañana. La niña sube con el mensajero a una nave imponente, negra sin ventanillas. La ciudad entera llora.   

En la montaña, Iván dice:

                                               Vejez, Vejez

                                               Préstame tus arrugas

                                               Y tus hilos de plata

                                               Para unir caminos de estrellas.

Monta sobre el cuello blanco de cóndor y parten. Los acompañan otros once cóndores. Vuelan muy por encima de la nave de Dragón siguiéndola.

Al llegar,  la niña es encerrada en la habitación contigua a la terraza del dragón. Los doce cóndores vuelan en círculo sobre la cabeza del animal bajando lentamente pero acercándose cada vez más. Éste  contempla sin alarma ese vuelo, esa danza que lo marea. No se detienen y ahora  las plumas empiezan a desgastar las escamas en cada vuelta. De pronto la voz de Iván ordena arrancar los dientes del dragón. Los picos arrancan con violencia. Dragón ruge de dolor y empieza la lucha. Los dientes que caen resultan piedras preciosas. Al fin de tanto revuelo de plumas y escamas, de tantas garras y picos, del dragón queda apenas una lagartija con un cuarto de cola, arrastrándose por las paredes tratando de cazar insectos con la lengua.  Iván rescata a la niña, junta las preciosas piedras. Es hora de volver.

Cóndor los deja a la entrada de la ciudad. Los doce vuelven a las cumbres; la niña,  a los brazos de su padre. Antonia está azorada. Casi no reconoce a su esposo. Partió un hombre en la plenitud de sus fuerzas y vuelve un anciano tembloroso de cabellos blancos, con un rostro plagado de arrugas. Sólo la mirada es la misma. El pueblo entero los espera con grandes demostraciones de alegría. En medio de la algarabía piden a Iván que acepte ser su rey. Él quiere unas horas para pensar.

Sentado al aire de la noche mira las estrellas, oye los contenidos sollozos de Antonia y sin dudar resuelve:

                                               Vejez, Vejez

                                               Préstame tus manos de leño

                                               Para que no acepte más

                                               de lo que cabe en ellas.

                                               Préstame tu corazón

                                               Para liberar a los que amo.                                          

Al día siguiente toma su viejo leño, rechaza el poder que quieren darle, abraza a su bella tejedora y a sus hijos, y sale por la puerta grande.

No sabemos si alcanzó la falda de la montaña, pero Cóndor lo busca. Mientras van hacia la luna, Iván  desenreda sus arrugas y sus cabellos trazando una vía de plata. Pasa el sol, y mucho tiempo después vuelve recogiendo sus pepitas de oro, y  haciendo un ovillo con sus hilos de plata. Cuántas veces fue y volvió, nadie lo sabe; sí que al llegar no siempre es Iván. Ha venido como Irina,  Roque,  Rosa, Martín o Magdalena. Cada vez trae las pepitas de oro recogidas en el sol y las entierra en lo profundo de la tierra. Su ovillo es siempre más fino y más brillante. Ha practicado todos los oficios y profesiones, pero lo que más ama es labrar  y cantar.

Dice que la tierra vista desde el espacio  relumbra como un nuevo sol.





martes, 4 de abril de 2023

ELPAJARITO QUE NO APRENDIÓ A VOLAR

 

Queridos compañeros, a partir de la segunda quincena de abril habrá en mi blog un segundo cuento de hadas; esta vez algo más serio y sin moraleja explícita. Entre tanto espero y deseo que disfruten de éste. Deseando a todos unas muy felices Pascuas, los abrazo.



Érase que se era una vez, un gran bosque muy tupido con  diversas especies de árboles. En ellos anidaban toda clase de aves.

Como el bosque era muy viejo, hombres y animales habían hecho senderos  y hasta verdaderos caminos de tanto pasar por él. No se trataba sólo de ciervos, lobos, gatos salvajes, también lo cruzaban vacas buscando buenas pasturas, bueyes arrastrando carros guiados por seres humanos, raudos caballos montados por príncipes o bandidos según los casos, rara vez por un hombre común que carecía de dinero para mantener un caballo, y a lo sumo podía permitirse una mula.

Tanto en primavera como en verano y a veces a comienzos de otoño, el bosque gozaba de mucho movimiento y sociabilidad entre hombres y animales, pero cuando llegaba el invierno, se convertía en algo misterioso, petrificado, final por donde pasaban sólo los obligados por circunstancias extremas; donde bandidos y sombras del mal aprovechaban su obscuridad hasta volverlo tenebroso. La nieve lo cubría todo, no siempre con suavidad, románticamente como se lo imaginan los que no la conocen, pero siempre apagando sonidos, cambiando las formas de las cosas y hasta las ilusiones.

Un  temible invierno, cuando hasta el búho callaba de frío, en uno de los tantos nidos un pajarito rompió el cascarón. El padre pio lamentándose del momento elegido, la madre pio con preocupación al verlo tan desplumado; yo estoy piando de pena ante la cruel situación. La vida es así, y los recién nacidos viven con el pico abierto esperando que les llenen el buche. ¿Qué pueden saber ellos, pobrecitos, de los fríos, pesados copos de nieve o de los consabidos peligros del mundo exterior? Nada. Lo que importa es comer, comer y volver a comer. Por tanto hay que chillar y chillar hasta que los padres se den por aludidos, y cansados de oírlos,  despierte en ellos el instinto de supervivencia.

Fue así, cuando una mañana ventosa que presagiaba tormenta, papá-pajarito vio que las reservas de lombrices e insectos varios se habían terminado. Ni soñar con granos o semillas: sepultados bajo metros de nieve, recién brotarían en primavera. Ah, pero la supervivencia de la especie importa más que el pajarito mismo. Papá-pajarito no lo piensa- porque no piensa- se limita a abrir las alas y volar tratando de cumplir con su deber. A los pocos metros el viento le tira un copo de nieve como una piedra de granizo. Papá-pajarito no volverá al nido.

Es el turno de mamá-pajarito. Salta en la rama, vuelve al nido, da calor a pajarito poniéndolo bajo el ala, pero se trata del hambre. Tendrá que salir.

¿Qué madre puede dejar a su hijo en casa sin advertencias, consejos y el consabido “abrígate”? Así, mamá-pajarito pía con seriedad:

Saldrás un día cuando amaine el viento, descansarás sobre un lago frío  que te dará de beber; algo como barro maloliente te cubrirá dándote calor y allí habrás pasado tu primera prueba, pero cuídate de las grandes aves. Y ahora hijo, adiós! Ojalá vuelva.

Desde ese momento, pajarito es huérfano. Se siente desolado. Sin embargo está dispuesto a aprender. Intentará dormir hasta que el viento deje de ulular.

Por la mañana lo despierta un pálido rayo de sol. La juventud es entusiasta. La luz le da fuerzas. Se para sobre la rama fuera del nido, abre las alas y…zas! Pajarito cae despatarrado en medio del camino. La nieve de los árboles que empieza a derretirse cae sobre él y lo aplasta. En cuanto se recupera del golpe picotea la nieve derretida diciéndose: «este debe  ser el lago que me prometió mi madre. Empezó la prueba.»

Todavía bebe helado, casi muerto de frío, cuando por el camino pasa andando lentamente una vaca. Sobre el montón de nieve que cubre a pajarito deja toda su bosta tibia mientras continúa su camino.

¡Ah, el calor lo revive y lo alegra! Mamá-pajarito debía ser muy sabia pero a él no le importa el mal olor. Con su cabecita empuja, con las alas sacude, con las patitas se afirma, y ya sintiéndose triunfante de la primera prueba, entona su primer canto y en él se regodea mientras sus alitas  sacuden todo resto de suciedad, dispuestas a volar. La vida le sonríe  entre ese débil sol de la mañana y el abrigo de bosta que le ha proporcionado la vaca. Tan joven, tan vivo, tan entusiasta, se ilusiona y se queda más de lo debido en el lugar.

Como un relámpago imposible en medio del sol de la mañana, un halcón se lanza en picada sobre el pobre pajarito y lo lleva en su pico rumbo al propio nido.

Son varias las enseñanzas que nos deja la breve y triste vida de pajarito:

1)    No todo lo que te caga es para tu mal.

2)    No todo el que te saca de la mierda, lo hace por tu bien.

3)    Cuando asomes la cabeza no digas ni pio.

4)    El poderoso te ayuda para devorarte.

Quizás, amigo lector encuentres más conclusiones que te ayuden a volar con mayor seguridad al salir del nido.

domingo, 12 de marzo de 2023

HOMBRECITO



HOMBRECITO

 

 

¿Qué habrá sido de ti, hombrecito?

¿Qué hacías entre todos esos brutos buscadores de oro? ¿Quién eres ridículo, mal vestido, con un solo zapato y trapos atados en el otro pie, que saluda quitándose el bombín y anda por la nieve con un bastoncito de caña? Hazmerreír de la taberna entera, guardabas mi retrato como un enamorado. Te he espiado pajarito tembloroso mirándonos de lejos como desde una rama cargada de nieve sin atreverse siquiera a piar, pero con súbito coraje para invitarnos a cenar en Año Nuevo, a nosotras mujeres en apariencia desdeñosas, pero desesperadas por quien no nos desdeñe. Hay algo noble en tí que no merecemos.

Sí, te he espiado aún en tus sueños. Dormías, esperando agotado a las que te despreciábamos. Dormías con la cabeza sobre esa mesa que habías tendido con tanto cuidado, y yo te veía sonreír, casi bailar con tus panecillos y tus tenedores. En tus sueños toda tu poesía.

Vuelvo en la cubierta de esta barca, sin dinero, sin saber muy bien adónde ni para qué. Por un momento yo también me dejé seducir por el matón de Jack, por su porte, su desfachatez y hasta su engreimiento. Todos desesperados por beber y reír, y besar y cantar hasta el agotamiento. Todos buscando lo que ansiábamos donde no estaba.

Algún día, ¿sabré reconocer un corazón como el tuyo?

 

(La Quimera del Oro- Charles Chaplin. Georgia en la cubierta de tercera clase recuerda sentada entre cuerdas.)


domingo, 12 de febrero de 2023

LA GUERRA DE LAS VIEJAS

 





                        LA GUERRA DE LAS VIEJAS

 

Frola y Nefer (por Nefertiti) son en su pueblo algo así como el escuadrón bombardero o de misiles del Imperio Británico. Con sus lenguas certeras y su imaginación perniciosa han destruido reputaciones enteras, matrimonios, familias, negocios y cuanto uno pueda imaginar.

Son mayores, han tenido cómplices y tiempo sobrado. Como el mencionado Imperio, han extendido sus dominios-maledicentes más allá de los mares y de su control; pero el tiempo también se vuelve en contra.

Todos aquellos que les creyeron y luego les temieron, los que siguiendo el camino de las palabras de Frola y Nefer arruinaron sus vidas, han terminado por darles la espalda. Muchos han vuelto a sus parejas,  a sus familias renovados, frescos, dispuestos a vivir en su realidad lejos del castillo y las pretensiones de la loca de la casa.

Todas las imágenes de la vida que Nefer y Frola atesoran, son tapices enmohecidos por los años y la falta de cuidado.

Ellas, por su parte, están un tanto aburridas. Necesitan expandir sus dominios.

Y aquí llega Nati. Muy joven, no precisamente tonta pero sí muy simple, poco instruida, madre de una niña de tres o cuatro años (no recuerda), que vive en una casucha a las afueras del pueblo, en cuyo terreno cultiva algunas verduras y sobre todo hierbas curativas. También tiene un limonero y un ciruelo.

Hoy, Nati está muy contenta. Por haber tratado a Clementina, directora de la escuela, con alguna de sus hierbas para el dolor de estómago ha logrado su confianza, y lo que es más un trabajo. Atender la mesa de los niños en almuerzo y merienda, hacerles friegas de lavanda sobre los golpes, o de tomillo para el dolor de garganta. Puede llevar a su niña que se entretiene  con su muñeca de trapo en el aula de los más pequeños mientras  ella trabaja. Ama los amaneceres frescos, luminosos, y salvo por sus amados gorriones, muy silenciosos. Camino a la escuela, no hay nadie por las calles del pueblo.

¡Ah, pero qué distinta es la vuelta! Unos van y vienen entre sus trabajos, las compras, la casa; otros, como Frola  y Nefer se sientan a la puerta de sus casas a ver pasar la vida y opinar sobre ella. Afilan sus lenguas.

Ya el primer día:

¿Dónde es que vive?

En las afueras. Debe ser puta. ¿No te has fijado que hay más muchachos yendo a la tarde para esos lados?

Llamemos a Petronila.

Pero con discreción, eh…

Dice que los muchachos van por el otro camino a la cancha de fútbol, pero que averiguará.

-Tal vez sea gay.


Son días de mucho calor, la niña está cansada y Nati la carga camino a casa.

Hasta cuándo pensará cargarla…

Está malcriándola.

Nati las oye, claro que las oye, puesto que ellas hablan para que las oiga. Pero Nati es nuestra Ghandi: no responde.

Vienen otros días:

—¡Pobre criatura, llevarla a la rastra con sol, lluvia o lo que sea!

No sé por qué no la deja con alguien mientras trabaja.

Yo no la dejaría venir con la niña.

Hay cada cómodo.

Acaso porque Nati nunca se da por aludida, o por otras insondables sinrazones del alma humana, Frola y Nefer intensifican cada día los ataques, pasando de las balas de fogueo a los cañonazos:

Van tan mal vestidas…

La nena está desabrigada, se va a enfermar.

No sé para qué tienen hijos si no saben cuidarlos.

Entonces, la niña es quien se enoja:

Viejas feas, malas, tontas.

¡Insolente!

Mocosa de porquería.

Y la madre no la corrige.

¡¿Qué irá a salir de ahí?!

Petronila habló con Clementina, dice que la madre cultiva hierbas curativas. Es medio curandera, parece.

Bruja, querrás decir. ¡Qué gentuza!

Cuatro manos hacia el suelo ponen índices y meñiques queriendo conjurar el peligro, pero las lenguas no cesan.

 

Gritos y peleas en el patio de la escuela entre los chicos más grandes. La hija de Nati se asusta, llora, se caga. Nati la limpia como puede pero la diarrea sigue mientras caminan.

—¡Será posible!

—¡Qué asco!

Hay que denunciarla a la justicia para que le quiten la tenencia.

Nati reacciona, por fin. Se vuelve y con un gesto de su mano derecha exclama:

—¡Cuidado! ¡Respeto! y se va.

Frola y Nefer quedan de piedra. El mundo se oscurece, quieren hablar, se les enreda la lengua, corren a la comisaria:

Ro co soo, ro co soo

Al brúla nos ja engrudó.

Tiemblan con las lenguas afuera como dos perros en carrera.

Frola  consigue mascullar: Clementiembla.

El comisario se juega por lo que considera un llamado a la maestra, y acierta.

Clementina pronto adivina que hablan de Nati y se ofrece a ir con el comisario a verla. 

No hice nada. Me amenazaron con quitarme la nena y  les grite: «cuidado, respeto». Después quise hacer ese saludo que hizo un señor gordo con habano cuando ganó una guerra, el índice y el mayor como una victoria. Decirles que yo había ganado, pero estaba tan nerviosa y apurada que la mano me quedó no para arriba sino medio estirada hacia ellas. Creo que eso las asustó. También  yo estaba asustada y enojada, ¡cómo  van a querer sacarme la nena porque la pobrecita se cagó!

Clementina la consuela en tanto al comisario le cuesta contener la risa: Nati ha vengado al pueblo entero.


martes, 10 de enero de 2023

LA PIEDRA Y LA SOMBRA

 


Sí, fui yo el hombre capaz de traicionar al Señor del Olimpo. El más astuto de los mortales me llamaron, mientras duraron ellos. También fui capaz de eludir su castigo y encadenar a Tánatos.

 Nadie moría. Ni en plantas, ni en animales, ni en hombres podía encontrarse un ciclo terminado, o la semilla de la renovación.

Intervino el dios, y por supuesto ganó. Mis astucias, mis engaños siempre tuvieron éxito en el inmediato tiempo de los hombres. Claro está que yo sería su primera víctima, pero esta vez engañé a los Infiernos culpando a mi mujer. La hice pasar por impía. ¡Es tan fácil!   Me presenté sin la vestimenta ritual, quejándome por su descuido. Pedí volver a reparar.

Hades, con la seguridad que dan la soberbia y  el poder, me dejó ir. No volví hasta que me venció la vejez. Entonces mi sombra conoció el castigo: empujar una gigantesca piedra hasta la cumbre de una montaña. Casi al llegar, la piedra cae siempre y mi sombra debe volver a empezar.

Han pasado milenios. Mis dioses hoy son solo metáforas para la humanidad. Acaso vivan aún en los bordes del universo. Otros han ocupado su lugar.

Mi castigo se ha convertido en esperanza. Tanto subir y caer, la piedra fue deshaciéndose, rompiéndose en guijarros. Podría llevarla en un bolsillo si lo tuviera.

Pronto,  piedra y sombra llegaremos a la cumbre. No volveremos a caer. Seremos fundadores de la próxima cosmogonía.

Sísifo vuelve a triunfar.





domingo, 11 de diciembre de 2022

A LA SOMBRA DE ESO, BAJO LA MIRADA DE AQUEL

Utiliza si quieres esta imagen acompañando a tu relato

 

A LA SOMBRA DE ESO, BAJO LA MIRADA DE AQUEL

 

Hace mucho, muchísimo tiempo, miles de años ya,  a la hora de los sueños, ESO puso un dedo sobre el cerebro de un científico, y en poco tiempo surgieron métodos para trasplantes de órganos, su crio conservación, formas de prevenir el rechazo, toda clase de vacunas, combinaciones químicas impensables hasta el momento, que fueron de gran ayuda para la curación  de  millones de enfermos. La humanidad avanzaba entre maravillada y agradecida a una vida prolongada y saludable. Las ideas de solidaridad, generosidad, entrega cambiaron definitivamente. Era preferible sobrevivir por medio de un solo órgano en un cuerpo ajeno que confiar en una improbable vida celestial.

Si ESO se sintió satisfecho u orgulloso de los resultados, no lo sabemos. Los seres humanos lo olvidaron y dejaron de lado  a AQUEL. No los necesitaban.

Los gobiernos del mundo  compitieron en la creación de inmensos laboratorios y bancos de conservación de órganos construidos en las zonas más  frías y alejadas de la civilización. Por supuesto, también aparecieron los traficantes capaces de ejecutar los delitos más atroces con tal de obtener lo que se había convertido en el oro del momento. Asimismo la comunidad mundial acordó leyes mediante las cuales todos los ciudadanos se convertían en obligados donantes desde el registro de nacimiento.

AQUEL contempla. Acompaña en silencio a los dispuestos a llevar adelante su destino.

 

 

Pero los seres humanos nunca se conforman, y lo que crean por necesidad, terminan convirtiéndolo en frivolidad. Unos cinco mil años después, las reservas de órganos se están agotando. La humanidad está dividida en dos grandes grupos: los llamados Inmortales y los Mortales. En apariencia no se diferencian demasiado, aunque los primeros  están obligados a cambiar por desgaste los órganos trasplantados, y sus mujeres  se niegan a procrear temerosas de la debilidad de sus cuerpos, temerosas del parto, temerosas del niño enfermo, temerosas.  Así, cuentan con los hijos de los Mortales para que  contribuyan con sus órganos a las reservas futuras. Usan sus robots metálicos y mudos como policía de seguridad que busca niños casa por casa.

Los Mortales por su parte, recurren a toda clase de artilugios para que los gobiernos no puedan registrar a sus hijos. Construyen sótanos con aislantes de sonido y los comunican a través de túneles que continúan hasta lugares muy alejados de ciudades y pueblos. Repartidos por el globo viven muchos unidos en la resistencia. Se los conoce por diversos apodos: los portadores de la voz o los de la voz que camina; otros los llaman los ecos del viento o el rugir de los mares.

 El mundo entero prepara la  guerra.

 En una ciudad pequeña cercana a uno de los últimos bosques donde solo viven lobos, Ana,  partera de los Mortales, ha ideado una forma curiosa de silenciar el llanto de los recién nacidos: canta. Canta con su poderosa voz, con su alegría, con toda su convicción. Sabe que eso la pone en peligro;  muchas Inmortales aspiran a recibir su laringe y sus cuerdas vocales en un trasplante.  Un amanecer, sus compañeros de resistencia le hacen llegar un mensaje por medio del canto de los pájaros:

                                               En el bosque

                                               Lobos aullan

                                               Guardan tu silencio.

Ana se apresura. Tiene una larga jornada caminando por la oscuridad de los túneles para llegar al bosque con la luz del atardecer. Otros ecos del viento también viajan solos por peligrosos caminos alternativos, evadiendo ciudades y pueblos para llegar a cumbres de montañas y colinas, a selvas, a desiertos, a cuevas entre las rocas junto al mar, a fondos de cascadas.

Es la noche del estallido.

Se han puesto en marcha todos los robots a la mayor potencia. Arrasan las casas de los Mortales, arrancan a los niños  de los brazos de sus padres con tanta violencia que los dejan inservibles para cualquier uso. Los Inmortales, enardecidos, queman poblaciones enteras. Entre  fuego y  humo Mortales e Inmortales mueren sin poder respirar.

Visto desde el  espacio, el planeta azul se asemeja a un gigantesco volcán de humo y lava.

ESO empieza a paladear su triunfo.

Los lobos aullaron toda la noche. Ahora duermen junto a Ana, protegiéndola. Ella busca entre los árboles una primera claridad y comienza a cantar. Con su canto suben también desde las cumbres, las selvas, los desiertos, las cuevas y cascadas, los de todos los portadores de la voz del mundo; en sus silencios de aire nace de sus laringes una nueva humanidad.

 Triunfa en la aurora la sonrisa de AQUEL.

ESO, furioso por haber perdido otra batalla, cuando creía haber ganado la guerra, comienza a idear una nueva peste  con una cura tan potente que dejará a los hombres…(continuará)

domingo, 13 de noviembre de 2022

ENEMIGOS

 



Me atrae la oscuridad.  No es que no me guste la playa pero el sol me hace mucho daño. Para mí la playa es cuando la arena ha enfriado, entonces soy feliz sumergiéndome en ella. Los corredores sin luz son mi lugar de práctica. Corriendo le gano a cualquiera. Debería probar en alguna olimpíada.

No me quieren. Es más, me odian y me persiguen con alaridos en cuanto me ven. Mejor así. La noche es mía. Me basta algún descuido de mis enemigos para encontrar comida. Las bebidas no son lo mío. Siempre tengo miedo de ahogarme.

Hoy ha hecho un calor excepcional. Aún en la oscuridad he tenido que quedarme muy quieta esperando que baje la temperatura. Es otra de mis habilidades. Sé engañar al enemigo cayendo en estado cataléptico. Cuando menos lo piensa, estoy nuevamente ganando la batalla. Soy de ascendencia longeva y mucho más lo serán las nuevas generaciones con defensas ante la guerra nuclear.

Se enciende el farol de vigilancia. Debo correr. Ah, siento la lluvia ácida que quiere quemarme. Mis enemigos son gente sin piedad. Caigo en un hueco duro, de piedra. Tiene tres agujeros al fondo. Quiero escabullirme por allí. La lluvia me sigue. No tengo más fuerzas. Pero al final de la tierra habremos ganado.

                                                           ***

—¡No sabes, Martita, el susto que pasé anoche! Prendo la luz del baño, en el piso una cucaracha. La perseguí con fumigador hasta que murió en el lavatorio.  Creí que me moría.


martes, 11 de octubre de 2022

LAS FRUTILLAS Y LAS UVAS


Si quieres, pueden acompañar tu relato con esta imagen



                                                                                                                                          

Débora empuja con esfuerzo y entusiasmo la silla de ruedas de Andrés por el jardín del Centro de Rehabilitación en el que se encuentran varios días a la      semana. Andrés colabora forzando las ruedas con sus brazos en los  desniveles del terreno.                                                                                                                

Allá, bajo el fresno, −dice Andrés.                                                                        

−¡El árbol portentoso! –ríe ella con cierta dificultad.                                                

No hay nadie alrededor. Sólo el sol, pastos, árboles y algunos pájaros, los acompañan. Débora trepa al banco de piedra como una niña, y Andrés     acomoda su silla para que puedan mirarse al hablar. Saca un libro de la bolsa de tela que lleva colgada de su cuello, y se dispone a leer.                                

Ella lo mira embobada. Él recita:                                                                        

Si nada nos salva de la muerte, al menos que el Amor nos salve de la vida…*

Mi mamá dice que yo no debo enamorarme, porque nadie me va a querer.

Pues habrá que hacerle saber que…Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo que las frutillas, nada sabe acerca de las uvas.*                    

Vuelve a reír como una criatura. Se estira sobre el banco y apoya la cabeza en la pierna de él.                                                                                                    

***                                                

Tengo excelentes noticias para usted, señora. No es sólo que termina su secundario en una escuela común con muy buenos resultados; aquí la vemos progresar día a día en el control muscular y en las habilidades manuales,         incluso baila muy bien. El hecho de que su condición sea de las más leves hace su cuerpo más espigado de lo habitual en estos casos, y por el momento los         niveles visual y auditivo están dentro de  parámetros normales. Además          continúa la directora del Centro con cierta picardía en la mirada parece que se nos está enamorando.                                                                                            

La madre de Débora salta como si la hubiera picado una avispa:                        

¿De qué buenas noticias me habla? ¿No sabe que nunca va a las fiestas de sus compañeros porque nadie quiere bailar con ella, por ejemplo? Eso, entre tantas situaciones en las que se siente observada como un bicho raro. Los     profesores los obligan a incluirla en los trabajos en grupo, ninguno de sus         compañeros la elige para hacerlo juntos. Y usted me habla de enamorarse…Si la animan en ese sentido lo único que lograrán es que alguno se aproveche de ella, que la abusen, que la hagan más desgraciada de lo que ya es…¡pobrecita!

Se atraganta entre la furia y los sollozos.                                                                

Cálmese, por favor. Débora no es desgraciada, ni pobrecita. Vive riendo, de buen humor y siempre dispuesta a hacer algo más. Tiene derecho a su vida sentimental y a vivir su sexualidad, y Andrés es un muchacho estupendo que saldrá adelante a pesar del accidente. Pronto retomará sus exámenes en la universidad y será un profesional brillante.                                                        

¿Y Para qué la quiere? No será para lucirla en congresos y reuniones,         ¿verdad? Más bien la tendrá cocinando y criando niños como ella.                

Usted sabe mejor que nadie que no es una condición previa y que tiene tanta probabilidad de tener niños sanos o enfermos como la tuvo usted; suponiendo que quiera tenerlosdice la directora casi gritando enojada.                                

Aterrada, (ni ella misma sabe cómo medir sus miedos) huye hacia el jardín, toma la mano de su hija con violencia y la despierta.                                        

Vamos dice y la arrastra a la salida sin siquiera mirar a un Andrés estupefacto que no alcanza a entender lo sucedido.                                                                

  

Durante muchos días la casa es un lugar de llantos. La hija se encierra en su habitación. De cuando en cuando abre la puerta y grita entre lágrimas:            

−¡Mala, egoísta! ¡Mamá de porquería!                                                                

Esto es lo que más duele; tanto deseó ser madre, que ya mayor lo logró, entonces el maldito cromosoma… Llora sin responder. Está segura de hacer lo mejor por su hija. Se muerde los labios como si se mordiera el alma. Adelgaza, se olvida de sí, se promete resistir hasta la muerte, pero no puede dejar de         preguntarse por ese “después” que vislumbra tan oscuro. En quién podrá           confiar…                                                                                                                                

Débora no ha vuelto al Centro de Rehabilitación. Es su madre quien atiende siempre el teléfono y ni bien oye la voz de la Directora o de Andrés, corta la comunicación. Él no se da por vencido. Está preocupado y la extraña, la extraña mucho. Cambia de táctica. Usa sus brazos, a los que llama sus piernas                 superiores, para empujar su silla hasta la puerta de la escuela. No la ve.            Insiste. Esperará. Algún día el tiempo dará la vuelta y  Débora volverá en él.                                               

Débora vuelve. Bajo el cálido sol del mediodía está Andrés. Lo ve. Corre. Se abrazan, se besan.                                                                                            

Desde la esquina, la madre los mira. La luz  que irradian, le enseña a confiar.

 

·       La primera cita es de Pablo Neruda.

·       La segunda es de Paracelso.