HERMANOS
Salimos camino a la costa. Bernabé quería volver a ver el mar después de
mucho tiempo. Ese mar en el que vivió y trabajó la mayor parte de su vida.
Decía que el mar hablaba, que solo había que escucharlo en su ronquido
constante, en sus olas, en su movimiento y hasta en su color. Decía que las
aves lo entendían y le contestaban.
Al momento de partir Bernabé
quiso tomar el volante, pero Germán como siempre, dijo que era mejor que
condujera él en la ruta, que su hermano había perdido la mano, y cosas así. Una
vez, Bernabé, mi amigo, mi compañero de universidad me dijo:
−Germán significa hermano. No podrían haberle puesto nombre
más adecuado. Es menor, pero me cuida, me es fiel, está tan atento a mis
necesidades y peligros que podría creerse que es el mayor. Sabe estar siempre presente,
y tiene una alegría que supera los males del mundo.
Sí, era así.
Miraba el cielo nocturno con los ojos tan brillantes como las estrellas.
Arrancaba una manzana del árbol y la lustraba contra la camisa con el orgullo
de tener entre las manos una de El Jardín de las Hespérides. Se recibió de
ingeniero, nos casamos y fuimos a vivir fuera de la ciudad. Bernabé, escritor,
editor de publicaciones selectas aunque también de muchas notas de opinión
durante los tiempos del terror, quedó viviendo con su madre.
Un día, al
llegar a su casa, la vio en la puerta hablando con dos policías. Rápido de
reflejos, se calzó la gorra con visera que siempre llevaba consigo, y se
presentó:
−Señora, el plomero.
−Pase al fondo, a la cocina por favor. Enseguida estoy
con usted−contestó mi suegra, tan rápida como él.
Bernabé salió por la parte de
atrás del terreno. Cuando los policías reaccionaron, no encontraron a nadie en
la casa. No volvimos a verlo. En cuanto pudo, avisó que trabajaba en barcos
pesqueros y con los años en barcos de carga. Fue su otra vida.
También nuestra vida cambió
para siempre. Volvimos a la ciudad a vivir cerca de la madre de Germán. Volvimos
para ocuparnos de ella, a que no quedaran rastros de Bernabé durante los años
de plomo, cuidando de no perder contacto, de hacerle llegar algún dinero al
comienzo, de darle a su madre las mejores noticias del primogénito. No tuvimos
hijos. ¡Tanto que le habría gustado a Germán!
Un día, ya enferma mi suegra,
lo vimos aparecer con la visera sobre los ojos, diciendo:
−¡Plooo mee ro!
No
obstante la inteligencia y la lucidez de su juventud, era un hombre envejecido
por el desgaste de años de trabajo duro. Otra vez nos hacíamos cargo del
hermano mayor. Volvieron la risa de Germán, las interminables charlas de Bernabé,
las noches de verano con una cerveza bajo las glicinas y toda una manera de
vivir que creímos perdida para siempre. Envejecíamos sí, pero en un tiempo de
acompañamiento, buen humor y hasta de sabiduría. Era una pausa.
Sin embargo, a Bernabé le faltaba el mar.
***
Dos luces enormes en la oscuridad
de la ruta, un monstruo gigantesco sobre nosotros, ruido de vidrios y frenadas.
Grité, ¡Germán, Bernabé! Nada más.
−Un brazo y varias costillas rotas, algunas heridas cortantes no muy
profundas. La sacó muy barata, señora.
−Y mi marido, y mi cuñado, ¿cómo están?
−Por ahora no tengo información. Descanse. Duerma, le hará bien. Es un
shock muy fuerte.
Meses después de haber
enterrado a Germán, mi alegría de vivir, fui a ver a Bernabé todavía internado,
aunque ya en decidida recuperación. Pasé días dando vueltas y más
vueltas preguntándome cómo se da la noticia de la muerte de un hermano.
Me vio entrar, clavó su mirada
en mis ojos, y no tuve que explicar nada. Lloramos hasta quedarnos sin
lágrimas.
Fue otro gran giro en la
lemniscata de la vida. De tanto en tanto nos visitábamos, o iba a buscarlo para
andar un poco sin cansarlo. Hablábamos, recordábamos. Bernabé giraba hacia una
espiritualidad sin religión; sin embargo su pregunta más frecuente era ¿por
qué? ¿Por qué siempre protegido por Germán en todas las encrucijadas de la
vida? ¿Por qué no está vivo Germán? ¿Por qué fue él quien me protegió?
Miles de preguntas sin respuesta que lo mortificaban y de algún modo lo
culpaban por cuanto había pasado en nuestras vidas. Me dolía verlo torturarse.
Intenté tomar distancia. Aunque amaba pensar en Germán, hablar mentalmente con
él, recordar momentos de nuestra intimidad, su risa, su mirada, su voz.. ¡ah,
su voz cálida, que iba hacia el mundo sin gritar como un viento agradable y fresco! Al
estar con Bernabé, lo que volvía era el hondo pesar. Nunca seré como Germán. Intento
ayudar, pero el impulso y lo que me queda de vitalidad son de corto alcance.
Sin embargo, no ver más a Bernabé era como negar nuestra propia vida, nuestra
historia. Tomé coraje y lo llamé. Lo oí fuerte, rejuvenecido, entusiasta. Fui.
Ya no hablamos de recuerdos,
sino del presente, del mundo de hoy. Sobre la puesta del sol, después de un
largo silencio, dijo:
−En la búsqueda todo cobra sentido. No hace mucho descubrí que la
pregunta correcta es ¿Para qué? Vuelvo al mar. Fuiste mi hermana en la familia
de origen, pero mis hermanos de elección fueron los que me dieron una nueva
vida. Son mi mundo. A ellos vuelvo. Les debo todo lo que hoy sé.
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(900PLBS)
En Argentina PLOMERO es el
equivalente a FONTANERO en España.
Bernabé y Germán son
dos personajes de relatos de hace ocho o diez años. Quedaron en el olvido sin
motivo aparente, y reaparecieron ahora sin mucha conciencia de mi parte.
Al buscarlos, encontré que en esos relatos también se tocaba el tema del
destino aunque de muy otro modo. Es notable cómo nuestros personajes pueden
acompañarnos a través del tiempo.
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Hola, Juana, sí, es curioso como nuestros personajes nos acompañan en el tiempo y de repente sus destinos se cruzan con los nuestros, ¿casualidad o destino? Una historia triste, pero a la vez conmovedora por el refugio que los cuñados encuentran mutuamente. Te quedó un relato muy tierno y bonito.
ResponderEliminarMuchas gracias por participar en el reto del Tintero.
Un abrazo. :)
Gracias Merche por tan estupendo reto y por tus palabras. Un gran abrazo
EliminarLa amistad, el tiempo compartido con otros es importante, bernabe tiene a german y german a bernabe, e intuyo que hay alguien mas el narrador que cuenta las historias, es decir una amistad triple.
ResponderEliminarGracias por comentar J.C. El narrador es narradora, la mujer de Germán. Un saludo
EliminarPudiera ser, y a fe mía que así es, que nuestras existencias se hallen entrelazadas con las de aquellas personas de nuestro más íntimo círculo, que no son otras que la familia. A menudo acontecen ciertos sinsabores y desazones entre gentes de la misma sangre y linaje, lo cual es harto penoso.
ResponderEliminarBien se dice que no hay tesoro de más valía que el mantener santa paz y buena armonía entre hermanos; que estar a mal con los de la propia casa es vivir en un continuo sobresalto. Dichosa la familia que se profesa afecto, pues en este valle de lágrimas, la sangre debe ser siempre el puerto de mayor abrigo.
Gracias Lucila por leer y comentar. Creo también que la base familiar desde el nacimiento a la adultez debe ser la sangre, aunque a veces resulte lo contrario; pero no creo que deba ser para siempre. Pienso que uno debe buscar su propio entorno, la gente con quien comparte un verdadero quehacer en el mundo. Un abrazo
EliminarQué relato tan excelente, Juana. Se te nota una inmensa ternura hacia tus personajes. La viuda de Germán (tu narradora) y Bernabé son puro corazón. Bernabé pasa de torturarse con "¿por qué?" (¿por qué Germán y no yo?) al liberador "¿para qué?": descubrir que Germán murió "siendo él mismo"
ResponderEliminarEl sentido de la vida no está en las causas de la tragedia, sino en como decidimos avanzar.
Un abrazo gallego.
Gracias Eitan por comentar. Me siento comprendida en mis intenciones.
EliminarHola, Juana. “En la búsqueda todo cobra sentido”. Me quedo con esta frase como resumen de tu bonito relato. Tratas el tema propuesto sin mencionarlo explícitamente y eso es siempre un acierto. Por cierto, ¡qué curioso término “lemniscata”! Habiendo estudiado mates durante años, desconocía el nombre de ese “ocho tumbado”.
ResponderEliminarUn abrazo.
Enrique, gracias por tu comentario. Cosa curiosa: tú desconocías la palabra lemniscata, y yo la expresión "ocho tumbado." De habérseme ocurrido, creo que habría quedado muy bien "en el ocho tumabdo de la vida". No sé si todos la hubieran entenddido. Un abrazo
ResponderEliminarHola Juana, linda la propuesta que has escrito para el Tintero, tocando el tema de la familia, de la biológica, pero también de la que uno escoge. Es un relato muy emotivo. El final cierra el círculo de Bernabé regresando al mar, que es donde se sentía más a gusto. En cuanto a lo de los personajes que ahí quedan relegados y de repente salen para reclamar su protagonismo es muy cierto. Ellos "saben" cuándo deben hacerse presentes. Ningún personaje queda en el olvido por completo. Abrazo fuerte.
ResponderEliminarQuerida Ana, muchas gracias por tu lectura y tu comentario. Sí, uno debe buscar y trabajar 8en sentido de vida) con los que le corresponden. El amor familiar es la base para empezar a caminar. En cuanto a los personajes, estamos claramente de acuerdo. Un gran abrazo
EliminarHola Juana, construyes una historia de hermanos que es, al mismo tiempo, una historia de dictadura, de exilio interior, de supervivencia y de sacrificio silencioso. La imagen del "plomero" que entra por la puerta de atrás mientras los policías esperan delante es una síntesis perfecta de toda una época: la inteligencia para sobrevivir, la pérdida de la identidad, la visera que oculta los ojos. Pero lo que hace único este relato es cómo convierte a Germán —el hermano menor, cuyo nombre significa precisamente "hermano"— en el héroe discreto, el que conduce en la ruta, el que cuida a la madre, el que muere en el accidente que su hermano mayor sobrevive. El momento en que Bernabé pregunta "¿Por qué siempre protegido por Germán?" y luego descubre que la pregunta correcta no es "¿por qué?" sino "¿para qué?", es un giro filosófico hermosísimo. Porque la respuesta —"para volver al mar, para reencontrar a los hermanos de elección"— no anula el dolor, pero le da dirección. Y, sin embargo, al final, uno se queda con la imagen de esos dos hermanos —uno muerto, otro vivo— como dos caras de la misma moneda de la lealtad. Un texto hermoso, sobrio y necesario. Abrazos desde Venezuela
ResponderEliminarHola Raquel, muchas gracias por tu lectura cuidadosa y tu extenso comentario. Me alegra que hayas pasado por aquí para decirte -por si no lo viste- que te dejé un comentario en las comunicaciones generales donde ponemos nuestro link porque no pude entrar a tu blog de ningún modo. A veces wordpress me deja, otras se niega. Lo siento pero me gustó mucho tu homenaje al gran Gabo y a las familias sudamericanas. Un abrazo
EliminarUn relato lleno de dolor pero sobre todo de muchísimo amor. El final es muy esperanzador y toda la historia resulta muy conmovedora. Precioso, Juana.
ResponderEliminarMarta, Marta, siempre dando ánimos. Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo grande
EliminarHay gente que nace destinada a cuidar y otra hente a ser cuidada. German ciuda a su hermano, luego a su esposa (se entiende), luego a su madre ( aunque le tocaria a bernabe, las circuntancias cuentan más quela voluntad), y luego otra vez a bernabe. Y parece que lo de cuidar se contagía, porque cuando se va German, ella continua cuidando a Bernabe. No se si aqui nosmuestras que son mas los genes que el destino, o quizas es lo mismo.
ResponderEliminarLa historia tiene pinta de historia real con personajes inventados.
Abrazooo y suerte
Gracias, Gabi. Es verdad que la circunstancias cuentan más que la voluntad o que lo establecido por la cultura. La historia es a medias real. Un abrazo
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