martes, 18 de abril de 2023

LA VIEJA "VEJEZ" E iVÁN EL MENOR

 

Si quieres puedes acompañar tu cuento con esta imagen

                                            La vieja"Vejez" e Iván el menor

Érase que se era una vez, en un país que no era el nuestro, en un tiempo que no sabemos si fue ayer o si llegará a ser un día, una vieja tan vieja que ya nadie sabía su nombre, acaso ni ella lo recordara, por eso todos la llamaban “Vejez”. Tenía el rostro lleno de arrugas, las manos como leños con los dedos torcidos, la espalda encorvada casi en ángulo recto. Aunque nunca hizo mal a nadie, la gente le temía porque su aspecto les recordaba a las brujas de los cuentos.

No muy lejos de allí vivía un campesino padre de dos hijos fuertes y trabajadores como él. Un día, enfermó gravemente y se sintió morir. Llamó a sus hijos y les dijo:

—Muchachos, ya no me quedan fuerzas. Vejez no perdona a nadie. Salgan al mundo en busca de su destino.

Blas, el mayor, es el primero en partir. No es malo ni perezoso, y puede pelear como cualquiera, pero no es lo que se dice un valiente ante el sufrimiento y la ancianidad.  Al  llegar a una encrucijada, se detiene un momento pensando qué camino tomar cuando ve venir a Vejez con un hato de leña a la espalda. Él cree que ella no puede haberlo visto, tan doblada va; sin embargo en cuanto empieza a alejarse, sin saber cómo la tiene ante sí.

Buenos días, hijo. ¿Podrías ayudarme a cargar mi leña? Mi casa está muy cerca por este mismo camino.

Sin contestar el saludo, Blas carga la leña y se echa a caminar en la dirección indicada. A la puerta de la casa, deja la leña  y retoma su camino.

Espera, espera, quiero agradecerte…

—Tengo prisa, voy en busca de mi destino.

Al menos toma un leño o una rama y llévatela de bastón. Podrías necesitarla.

No necesito nada. Ya la ayudé, ya está. No me gustan los viejos.

Sorprendida por estas palabras pero sin ofenderse, alcanza a avisarle:

No tomes por ese camino, entonces. Está lleno de bandidos.

Voy por donde me da la gana contesta Blas casi gritando, queriendo alejarse de ella, de sus arrugas, de su espalda doblada, de su lentitud para caminar, de sus dedos nudosos. Él jamás será así, jamás.

Vejez suspira y entra a  casa.

Ya no sabremos de Blas,  al menos en esta historia. Algunos dicen que terminó viviendo con los bandidos.

Iván por su parte,  enterró a su padre, dejó todo atrás y salió también en busca de su destino.

Quizá por aquello de que buena parte de la humanidad tiene a Vejez en común, llegando a la encrucijada la encontró cargando su hato de leña. Iván se acercó:

¿Puedo ayudarte?

Gracias, hijo. Puedes llevar la leña hasta mi casa.

El muchacho carga la leña, la coloca junto a la chimenea, aviva el fuego, y pregunta:

¿Necesitas algo más, abuela?

Me llaman Vejez, no necesito nada pero tal vez yo pueda ayudarte en alguna cosa. Quédate un rato. Tomemos una sopa juntos.

Cuando afuera hace frío, tal vez sople el viento, y adentro la luz del fuego ilumina y calienta, es un momento propicio para la conversación. Lenta como  sus pasos, Vejez comienza a hablar. Iván escucha asombrado.

Quiero agradecerte tu amabilidad. Allí, en la encrucijada elige tu camino. Por la noche un ogro saldrá de su cueva buscándote. Tiene gran olfato. Es un monstruo de dos cabezas unidas por la coronilla y la nuca. Si golpeas de frente, estarás obligado a correr hacia atrás pasando por todos tus ancestros hasta llegar al origen del mundo.  Por el contrario, si tratas de vencerlo por la que te da la espalda, te verás obligado a correr hacia adelante toda tu vida sin saber qué buscas ni qué encuentras. El único modo de vencerlo es herirlo en la unión entre las dos cabezas. Ese es su punto débil. Si lo vences, y llegas a una ciudad, no entres nunca por la puerta grande. Úsala sólo para irte. El primer animal que se te acerque por tierra, aire o agua ése es tu avatar. Acudirá cuando lo necesites.   Me llaman el tercer enemigo del hombre. Podrás vencer a los dos primeros; a mí no podrás vencerme nunca. En cambio si me aceptas, sabré ayudarte. Sólo tendrás que recordar el día de hoy cuando me viste por primera vez. Claro que todo tiene un precio; cada vez que te ayude te aparecerán nuevas arrugas, o más canas, o te dolerán las rodillas y la espalda. Se debilitarán tu corazón y tus riñones, y verás temblar tus manos. Mañana cuando despiertes, toma un leño fuerte y grande de los que cargaste hoy. Que tu viaje te sea favorable.

Reconfortado por el calor y la comida, agradecido por los consejos, Iván se tiende ante la chimenea y se duerme al instante. Apenas antes de la aurora, cuando el cielo se pone blanco,  se levanta, elige su leño y parte.

Canta buena parte del día. La hora de pensar cómo enfrentar al ogro llega al atardecer. Por fin, elige un portentoso árbol de follaje tupido y ramas gruesas. Trepa y se acomoda en él.

A medianoche sale el ogro de su cueva, oliendo todo, regodeándose de antemano. Pronto descubre el árbol de Iván y comienza a sacudirlo con todas su fuerzas dando vueltas y vueltas alrededor de él con una cabeza mirando hacia arriba, la otra mirando hacia abajo. Eso lo confunde. El muchacho,  cada vez que  pasa bajo su rama le tira una piedrita, o le hace cosquillas con algunas hojas. Al cabo, el monstruo se detiene. En ese instante, sin darle tiempo a nada, Iván tira el grueso leño justo a la coronilla. Las cabezas se separan. El ogro cae decapitado.

Anduvo, anduvo, no sabemos si mucho o si poco hasta llegar a la ciudad anunciada por Vejez. La puerta principal es imponente, con dos leones de oro a la entrada y guardias listos a no dejar pasar a nadie que crean indigno o peligroso. Iván da la vuelta rodeando la muralla. Por fin encuentra la última puerta. Ni bien pasa la entrada, ve un ave en el suelo. Es un pichón de cóndor con un ala herida. Lo levanta y lo envuelve con el faldón de su camisa. Cada tanto,  pide a alguien un ungüento, una venda. La mayor parte de la gente sacude la cabeza y sigue de largo. Alguien le dice:

Cuidado, es un ave peligrosa. Te cortará un dedo o la mano un buen día. Déjalo al pie de la montaña que  si se cura volará solo, y si no será carroña de cualquier otro animal.

Iván agradece pero no suelta el ave. Al pasar ante la entrada abierta de una casa pequeña, ve una joven tejedora haciendo su trabajo. Ah, ése es el lugar apropiado.

Hola, buenos días. ¡Qué hermoso tejido! ¿Te sobrará algún trozo de tela vieja para envolver el ala del pichón?

La tejedora levanta la mirada y le sonríe. Iván siente que ha llegado a casa.

Así, el muchacho se instala en la ciudad, trabaja de lo que puede aprendiendo oficios a fuerza de ayudar a otros, aunque siempre prefiere ser un labrador. Un día el cóndor se siente fuerte, prueba sus alas y vuela a la montaña no sin antes despedirse. El pico contra la frente de Iván y un corto vuelo alrededor de él parecen decir, «si me necesitas, me llamas». Él, como el cóndor, revolotea alrededor de Antonia, la tejedora que siempre sonríe. No pasa mucho antes de que formen una familia de varios hijos. Entre labranzas y tejidos, canciones de uno e historias que la otra cuenta a los niños todas las tardes, van pasando los años en  los que Iván casi ha olvidado a Vejez.

Pero, pero, sin embargo… ¿Cómo sería reconocer la felicidad si nunca hubiera “peros”? y además ¿Qué pasaría con nuestra historia si todo quedara en la tranquilidad cotidiana de Iván y su tejedora?

Ocurre que siempre hay otras ciudades, otros reinos, otros mundos, y en uno de ellos vive uno de los malignos dragones del universo. Devora niñas, pero no siempre del mismo lugar. Manda mensajeros reclamándolas de planeta en planeta. En la ciudad  todos le han olvidado. Los niños lo creen una fantasía de padres para asustarlos. Los viejos creen que ya no les tocará; tantos son los lugares del cosmos que el dragón puede visitar. Sin embargo, un día llega el mensajero que reclama a una niña como precio para no destruirlo todo.

El padre de la criatura elegida, desesperado, quiere hacer lo que todos: encerrarla bajo siete llaves.

Eso será peor dice Iván- déjame ayudar. Acepta que ella vaya con el mensajero. Iremos tras ella.  

Busca un lugar solitario al pie de la montaña y suplica:

Vejez, Vejez,

Préstame tus ojos

Para ver lo invisible.

Descubre el mundo de Dragón defendido por enormes cercas afiladas con muchas trampas para quien ose tocarlas.  Ve a Dragón en una terraza vigilando,  protegido por guardias armados con objetos que Iván desconoce de los que por momentos salen rayos fríos. Todo tiene luz pero al mismo tiempo  todo es oscuro en derredor. Ya ha ideado un plan cuando llama a cóndor:

Prepárate y avisa a tus hermanos. Iremos muy lejos, pero sobre todo  volaremos  más alto que nunca.

Llega la mañana. La niña sube con el mensajero a una nave imponente, negra sin ventanillas. La ciudad entera llora.   

En la montaña, Iván dice:

                                               Vejez, Vejez

                                               Préstame tus arrugas

                                               Y tus hilos de plata

                                               Para unir caminos de estrellas.

Monta sobre el cuello blanco de cóndor y parten. Los acompañan otros once cóndores. Vuelan muy por encima de la nave de Dragón siguiéndola.

Al llegar,  la niña es encerrada en la habitación contigua a la terraza del dragón. Los doce cóndores vuelan en círculo sobre la cabeza del animal bajando lentamente pero acercándose cada vez más. Éste  contempla sin alarma ese vuelo, esa danza que lo marea. No se detienen y ahora  las plumas empiezan a desgastar las escamas en cada vuelta. De pronto la voz de Iván ordena arrancar los dientes del dragón. Los picos arrancan con violencia. Dragón ruge de dolor y empieza la lucha. Los dientes que caen resultan piedras preciosas. Al fin de tanto revuelo de plumas y escamas, de tantas garras y picos, del dragón queda apenas una lagartija con un cuarto de cola, arrastrándose por las paredes tratando de cazar insectos con la lengua.  Iván rescata a la niña, junta las preciosas piedras. Es hora de volver.

Cóndor los deja a la entrada de la ciudad. Los doce vuelven a las cumbres; la niña,  a los brazos de su padre. Antonia está azorada. Casi no reconoce a su esposo. Partió un hombre en la plenitud de sus fuerzas y vuelve un anciano tembloroso de cabellos blancos, con un rostro plagado de arrugas. Sólo la mirada es la misma. El pueblo entero los espera con grandes demostraciones de alegría. En medio de la algarabía piden a Iván que acepte ser su rey. Él quiere unas horas para pensar.

Sentado al aire de la noche mira las estrellas, oye los contenidos sollozos de Antonia y sin dudar resuelve:

                                               Vejez, Vejez

                                               Préstame tus manos de leño

                                               Para que no acepte más

                                               de lo que cabe en ellas.

                                               Préstame tu corazón

                                               Para liberar a los que amo.                                          

Al día siguiente toma su viejo leño, rechaza el poder que quieren darle, abraza a su bella tejedora y a sus hijos, y sale por la puerta grande.

No sabemos si alcanzó la falda de la montaña, pero Cóndor lo busca. Mientras van hacia la luna, Iván  desenreda sus arrugas y sus cabellos trazando una vía de plata. Pasa el sol, y mucho tiempo después vuelve recogiendo sus pepitas de oro, y  haciendo un ovillo con sus hilos de plata. Cuántas veces fue y volvió, nadie lo sabe; sí que al llegar no siempre es Iván. Ha venido como Irina,  Roque,  Rosa, Martín o Magdalena. Cada vez trae las pepitas de oro recogidas en el sol y las entierra en lo profundo de la tierra. Su ovillo es siempre más fino y más brillante. Ha practicado todos los oficios y profesiones, pero lo que más ama es labrar  y cantar.

Dice que la tierra vista desde el espacio  relumbra como un nuevo sol.





martes, 4 de abril de 2023

ELPAJARITO QUE NO APRENDIÓ A VOLAR

 

Queridos compañeros, a partir de la segunda quincena de abril habrá en mi blog un segundo cuento de hadas; esta vez algo más serio y sin moraleja explícita. Entre tanto espero y deseo que disfruten de éste. Deseando a todos unas muy felices Pascuas, los abrazo.



Érase que se era una vez, un gran bosque muy tupido con  diversas especies de árboles. En ellos anidaban toda clase de aves.

Como el bosque era muy viejo, hombres y animales habían hecho senderos  y hasta verdaderos caminos de tanto pasar por él. No se trataba sólo de ciervos, lobos, gatos salvajes, también lo cruzaban vacas buscando buenas pasturas, bueyes arrastrando carros guiados por seres humanos, raudos caballos montados por príncipes o bandidos según los casos, rara vez por un hombre común que carecía de dinero para mantener un caballo, y a lo sumo podía permitirse una mula.

Tanto en primavera como en verano y a veces a comienzos de otoño, el bosque gozaba de mucho movimiento y sociabilidad entre hombres y animales, pero cuando llegaba el invierno, se convertía en algo misterioso, petrificado, final por donde pasaban sólo los obligados por circunstancias extremas; donde bandidos y sombras del mal aprovechaban su obscuridad hasta volverlo tenebroso. La nieve lo cubría todo, no siempre con suavidad, románticamente como se lo imaginan los que no la conocen, pero siempre apagando sonidos, cambiando las formas de las cosas y hasta las ilusiones.

Un  temible invierno, cuando hasta el búho callaba de frío, en uno de los tantos nidos un pajarito rompió el cascarón. El padre pio lamentándose del momento elegido, la madre pio con preocupación al verlo tan desplumado; yo estoy piando de pena ante la cruel situación. La vida es así, y los recién nacidos viven con el pico abierto esperando que les llenen el buche. ¿Qué pueden saber ellos, pobrecitos, de los fríos, pesados copos de nieve o de los consabidos peligros del mundo exterior? Nada. Lo que importa es comer, comer y volver a comer. Por tanto hay que chillar y chillar hasta que los padres se den por aludidos, y cansados de oírlos,  despierte en ellos el instinto de supervivencia.

Fue así, cuando una mañana ventosa que presagiaba tormenta, papá-pajarito vio que las reservas de lombrices e insectos varios se habían terminado. Ni soñar con granos o semillas: sepultados bajo metros de nieve, recién brotarían en primavera. Ah, pero la supervivencia de la especie importa más que el pajarito mismo. Papá-pajarito no lo piensa- porque no piensa- se limita a abrir las alas y volar tratando de cumplir con su deber. A los pocos metros el viento le tira un copo de nieve como una piedra de granizo. Papá-pajarito no volverá al nido.

Es el turno de mamá-pajarito. Salta en la rama, vuelve al nido, da calor a pajarito poniéndolo bajo el ala, pero se trata del hambre. Tendrá que salir.

¿Qué madre puede dejar a su hijo en casa sin advertencias, consejos y el consabido “abrígate”? Así, mamá-pajarito pía con seriedad:

Saldrás un día cuando amaine el viento, descansarás sobre un lago frío  que te dará de beber; algo como barro maloliente te cubrirá dándote calor y allí habrás pasado tu primera prueba, pero cuídate de las grandes aves. Y ahora hijo, adiós! Ojalá vuelva.

Desde ese momento, pajarito es huérfano. Se siente desolado. Sin embargo está dispuesto a aprender. Intentará dormir hasta que el viento deje de ulular.

Por la mañana lo despierta un pálido rayo de sol. La juventud es entusiasta. La luz le da fuerzas. Se para sobre la rama fuera del nido, abre las alas y…zas! Pajarito cae despatarrado en medio del camino. La nieve de los árboles que empieza a derretirse cae sobre él y lo aplasta. En cuanto se recupera del golpe picotea la nieve derretida diciéndose: «este debe  ser el lago que me prometió mi madre. Empezó la prueba.»

Todavía bebe helado, casi muerto de frío, cuando por el camino pasa andando lentamente una vaca. Sobre el montón de nieve que cubre a pajarito deja toda su bosta tibia mientras continúa su camino.

¡Ah, el calor lo revive y lo alegra! Mamá-pajarito debía ser muy sabia pero a él no le importa el mal olor. Con su cabecita empuja, con las alas sacude, con las patitas se afirma, y ya sintiéndose triunfante de la primera prueba, entona su primer canto y en él se regodea mientras sus alitas  sacuden todo resto de suciedad, dispuestas a volar. La vida le sonríe  entre ese débil sol de la mañana y el abrigo de bosta que le ha proporcionado la vaca. Tan joven, tan vivo, tan entusiasta, se ilusiona y se queda más de lo debido en el lugar.

Como un relámpago imposible en medio del sol de la mañana, un halcón se lanza en picada sobre el pobre pajarito y lo lleva en su pico rumbo al propio nido.

Son varias las enseñanzas que nos deja la breve y triste vida de pajarito:

1)    No todo lo que te caga es para tu mal.

2)    No todo el que te saca de la mierda, lo hace por tu bien.

3)    Cuando asomes la cabeza no digas ni pio.

4)    El poderoso te ayuda para devorarte.

Quizás, amigo lector encuentres más conclusiones que te ayuden a volar con mayor seguridad al salir del nido.