miércoles, 10 de enero de 2018

CAPÍTULO II - De los viajes de Bernabé-1

“Levántate, huésped, y ve a descansar.
Tu lecho te aguarda.”
               La Odisea- Canto VII
 Deja en la mesa el vino de bienvenida. Volver a casa y encontrarse con Germán, le dejan el estómago y el ánimo tan revueltos como si hubiera tragado litros de agua salada. Se acuesta agotado. Suspira, cierra los ojos, pero no duerme. Cada sentimiento, cada sensación le trae recuerdos de veinte años atrás. La madre no está y ellos son otros. El afecto surgió en el primer abrazo cálido, intacto. Después, se notaron las diferencias y los esfuerzos de ambos por no chocar, por no herir, tratando de disimular la enorme distancia acentuada por el tiempo.

Hasta que en boca de Germán estalló el primer trueno:

― ¡Claro que al menos, como decís vos, yo pude despedirme! ¿Qué esperabas, que todo fuera el dinero que enviabas? No hice mi vida por cuidarla, por resguardar lo que le quedaba de ese hijo perfecto y lejano que tuvo que irse.  Y yo, tonto de mí, admirando al hermano revolucionario que nos dejó temblando por él y por nosotros, clavados en un mismo lugar.

«¿Por qué volví?», se pregunta o más bien se reprocha, aunque conoce sobradamente la respuesta. Así como se fue obligado, empujado por el terror, también volvió obligado por la madre que no pudo esperarlo, y por su propia enfermedad. Pero sabe que iguales motivos sirven también para justificar una ausencia definitiva, un darse vuelta hacia la vida que, forzado o no, hizo para sí.

Germán no puede esperar nada de él. De eso está seguro. Tampoco él de su hermano. Sin embargo, volvió, abrió los brazos y encontró los de Germán tendidos hacia él como cuando eran niños y Bernabé lo llevaba a “cococho” corriendo por la casa.

Pero apenas se enternece por la infancia lejana, sobreviene otra ola de preguntas: «¿Qué haces aquí, qué se te pierde?» «Cobarde, vuelve a lo tuyo.» «¿Perderás una vida ganada con tu dolor y tu esfuerzo, por sombras del pasado?»

Se siente un náufrago. La cabeza le da vueltas. ¿Dónde está su voluntad?  No puede ser esto todo.

Una ola de oscuridad lo alcanza, y con ella despierta la memoria.

Todavía era marinero en el pesquero. Vientos huracanados entrecruzándose, truenos y relámpagos,  la tempestad  levantó un mar que pudo con todos ellos. Recuerda una inmensa roca negra, pero no sabe si de verdad lo era o si se trataba de una ola tan alta, tan oscura, tan terrible como la que le golpea hoy el alma.

Recuerda también haberse sostenido de algo que flotaba a su lado; no sabe qué. Sacudido de un lado a otro, trata de no soltarse, de resistir, de no tragar agua, de no perder toda conciencia. No ve ningún compañero; es sólo la fuerza que le va quedando, sin pensamientos, sin sentimientos reconocibles, sin nombre. ¿Cuánto tiempo?

De pronto, sobre un horizonte impreciso cree ver, llevada por grises remeros, una nave  recortada de la negrura por los relámpagos. Aparece y desaparece detrás de las olas, pero está siempre ahí.  Hasta que tres remos sacan sus paletas del agua y en medio del rugido del mar y de los vientos, oye una voz portentosa que dice:

―Marinero, sujétate de los remos, vamos, te llevaremos a la Isla de los Bienaventurados.

Ah, tan grande puede ser la tentación…

Pero, el marinero no subió al barco. La voz portentosa sirvió de latigazo a su conciencia.

«¡Gracias, Homero, por decir la verdad!» tartamudea mientras escupe agua. Pasado un instante, recobra su verdadero nombre: Bernabé.

Los hombres grises  desaparecen y en el horizonte hay un principio de claridad. Los vientos amainan.

Ahora duerme. Lleva al sueño  preguntas y temores.

Pasa la noche. Bernabé se levanta para ver el amanecer en la ciudad que apenas recuerda.

Mira un cielo amarillo suave, y sonríe ante el piar enloquecido de los gorriones.

«La pregunta no era por qué, sino para qué», piensa descansado y en calma.
Habrá de descubrirlo. Comienza a aceptar.

martes, 5 de diciembre de 2017

EL ´76


Era Navidad. Esa mañana avisaron que  la dejarían en libertad. 

Esperamos en silencio.

Desde la madrugada en que una bayoneta rasgó la puerta, nos acostumbramos a cuchichear como las hormigas, y a  que el silencio  fuera una pesada niebla en nuestras vidas.

Después, oímos los partes de ignominia. Una voz avisó: «Devoto».

Nos sostuvo el dolor de poder poner los labios sobre un rectángulo de piel enmarcado por barrotes.

Otros, no estaban.

Llegó enferma.

La abrazamos con la alegría ensangrentada como los nudillos del hermano que, borracho, golpeaba la pared de la impotencia repitiendo: «¡Hay que sacarla!»

lunes, 13 de noviembre de 2017

EL LEGADO DE FRANZ

Viktor va a sentarse en su viejo sillón con una sonrisa socarrona entre los labios. Pone la llave del armario bajo el almohadón. Está seguro de haber tenido una brillante idea. No va a permitir que su nieto Gregorio se salga con la suya. Franz fue su amigo en aquellos viejos tiempos de su Praga natal, y él no está dispuesto a traicionarlo.

Respira con dificultad. Cualquier esfuerzo, cualquier ansiedad, lo dejan agotado. Sabe que le queda poco tiempo, pero no va a ceder.

Voces. La puerta de entrada  se cierra, la luz del corredor  se enciende.

Algo estremecido pero alerta, resuelve hacerse el dormido. Quiere saber qué hablan su hija  y su nieto.

―Deja a tu abuelo tranquilo, por favor. No lo mortifiques más. Ya ha sufrido mucho. ¿Qué apuro hay?

―No es personal. Él cree que quiero  sacar provecho. Eso me da rabia. Pero el Museo de Kafka en Praga está esperando nuestras noticias. Esto es algo grande a lo que el mundo entero tiene derecho, ¿no te parece?

―Te conozco y sé que no es interés económico, pero hay otro tipo de interés, creo. Todavía no es tuyo, ¿por qué hablar tan pronto de algo que no te pertenece?

―Entonces, ¿no vas a ayudarme a convencerlo?

La madre se encoge de hombros sin responder, y va  a la cocina a preparar la comida.

―Abuelo, ¿podemos hablar?

―Te escucho.

―Yo sé que Franz fue tu amigo del alma y que las cartas que te escribió desde Austria responden a eso; pero hoy, tu amigo Franz es Kafka, uno de los más grandes escritores de nuestro tiempo. Pertenece al mundo. No hay por qué privar a la humanidad de un material tan rico que serviría para aclarar muchas cosas de su biografía, además del valor literario intrínseco.

―Trato de enseñarte a comportarte, pero parece que tu cabeza es mucho más dura de lo esperable. Te lo dije, son cartas personales. Franz me confío algunas cosas muy privadas relativas a sus sentimientos por Milena. Ahora te pregunto, ¿venderías o dejarías exponer lo que tu mejor amigo te confía, sólo porque  es famoso?

―¡Pero hay límites para todo!

―¡Mira quién habla!

―¡Ninguno vive ya! ¿Qué mal puede hacerle a sus cenizas que se conozcan los sentimientos relativos a una mujer que todos sabemos que amó?

―Y si todos lo saben, ¿por qué necesitan chismear? ¿Qué quieren decir para vos palabras como respeto, confidencia, privacidad? Los jóvenes de hoy, ¿no pueden guardar un secreto? ¿Necesitan vomitarlo todo, contarlo todo?

―La privacidad  se ha perdido en estos tiempos globalizados, abuelo; y tu Franz está muerto hace muchos años. ¿Está claro? ¡Franz Kafka murió hace muchos, muchos años!

Gregorio calla de golpe. Acaba de herir a su abuelo en lo más profundo del alma. Avergonzado, se muerde los labios y lo mira.
Viktor no llora, tampoco responde. Se vuelve sobre sí mismo.
*
Meses después Viktor muere sentado en su sillón. Gregorio, acaso dolido por su propio comportamiento, intenta no mencionar el legado de Franz a su madre. Trata de no pensar en ello, pero por las noches rumia las palabras del abuelo, sin terminar de aceptarlas.

Ella anda por la casa como una sombra. Todavía no tiene  fuerzas suficientes para ordenar el cuarto del anciano, revisar la ropa, ver qué hay para donar, rescatar algún recuerdo de infancia.

Un día mira el sillón como por  primera vez, y piensa «ha tomado la forma de papá y el tapizado está todo gastado. Es hora de empezar».

Llama un tapicero, y  comienza a revisar la habitación de su padre. Pero no puede abrir el armario. La llave se ha perdido.

Decide traer un cerrajero a la casa, en el momento en el que el  empleado  que  carga el sillón, dice:

―Señora, encontré esta llave entre el brazo y el asiento, -y se la entrega.

El joven Gregorio sonríe. Es su turno: hará lo que quiere hacer.

Abre el armario con cierta emoción. En sus manos todavía tiembla alguna duda.

Saca los trajes y camisas para ver bien. Las cartas no están allí. Tampoco en los estantes.
De pronto, descubre que uno de los cajones tiene doble fondo. Lo desarma con cuidado.

Entre  dos tablas de  madera, un nido de cucarachas se hace un festín con los restos de papel del legado de Franz.  


viernes, 13 de octubre de 2017

TICIO



«Era más que un simple robot, era más que cualquiera de sus amigos y compañeros no sólo por su fuerza o su tamaño, y ella iba  a ayudarlo a salir al mundo, a brillar como le correspondía.» Así iba pensando Ema sobre su novio, al salir de la joyería donde habían encargado las alianzas para su boda.

Bromeó con el joyero por la diferencia de tamaño de los anillos. A ella no le importa. Ama a Ticio y Ticio la ama. ¿Qué más?
Apura el paso. Su querido “super-robot”, “grandote”, “forzudo”, “monstruo”, “fenómeno de circo”  como lo apodan sus compañeros  con una sonrisa que habla más de incomprensión que de burla, la espera en una esquina cerca de su casa.


A Ticio no le gustan los lugares públicos porque siempre hay quien lo mira  y hace comentarios en voz baja. Él es quietud tensa que controla su fuerza. Sabe que esa es su característica esencial y le teme. De Ema quiere su vivacidad, su frescura. «Ella no hiere», se dice, mientras el recuerdo de su madre le hace temblar las sienes y la frente.


Ema camina y recuerda.
Cuando se conocieron, los amigos de él hicieron una  fiesta y la recibieron entusiasmados. Sin embargo había siempre una línea de resquemor que Ema no sabía interpretar.
Un día Andrés le dijo que quería hablarle. Con Ticio se conocían desde la infancia y “super-robot” fue su defensor ante los compañeros de escuela cada vez que hizo falta. Andrés relataba situaciones risueñas y exageraba otras. Dijo,por ejemplo, que su amigo había arrancado un árbol de raíz para hacer leña, y no era cierto.  Pero otras cosas sí lo eran. Contó que  se convirtió en  una suerte de operario ad-honorem de la escuela por haber retorcido las rejas de una ventana en un ataque de rabia. Los maestros, entonces, decidieron que lo mejor era que descargara su excesiva energía arreglando lo que hiciera falta. Las compañeras contaban con él para que llevara mochilas, carpas y demás enseres  para los campamentos de verano y muchas historias más. Después de escuchar atentamente un rico anecdotario, Ema preguntó por qué la había llamado. Andrés se puso serio y le dijo:
―Hay  un tema que no debes tocar jamás: su padre. No se llevaba bien con su madre, aunque nunca la lastimó ni le hizo daño, pero la última vez que le preguntó por su padre, ella, poniendo los ojos en blanco, le contestó, « te lo he dicho siempre, créeme, tu padre es un dios, y los dioses no se quedan mucho tiempo entre los humanos. Somos muy poca cosa para ellos». Entonces Ticio gritó con tanta furia que todo el barrio lo oyó. Entró al gallinero y retorció el pescuezo de varias gallinas hasta que se calmó. Lo  increíble fue que la madre repartió las gallinas muertas por toda la vecindad como si se tratara de una ceremonia, y en todas las casas contó que le había dicho la verdad sobre su padre, y eso lo había enojado. Mi madre piensa que esa mujer estaba loca.
―¿Y todos comieron puchero de gallina gracias a Ticio? ―preguntó Ema, riendo.
―No lo tomes a la ligera. Ticio es un pan de dios, pero tocar el tema del padre con él, es peligroso.
―Lo tendré en cuenta, ―dijo ella todavía burlándose. ¿Su novio, peligroso? Siempre la ha tratado con un cuidado y una delicadeza casi desconocidos entre los hombres considerados normales.

Ticio espera inmóvil. El recuerdo de su madre se aleja. Disfruta del sol en la cara. El pasado ha quedado definitivamente atrás.

Ema camina y sueña.
Imagina una casa llena de niños grandes y fuertes como su padre.
Ríe feliz y corre entusiasmada a su encuentro.
Se abrazan, se besan. Ella abre la cartera y muestra los anillos.
Él sonríe desde su altura. Ema, cegada por su propia historia de amor,  exclama:
―¡Es hora de que salgas de la oscuridad, pareces un semi-dios!

Un alarido de cientos de bocinas que suenan al unísono sin interrupción, sube desde el horror de gente que no sabe qué hacer ante un gigante que en plena calle le retuerce el cuello a una mujer como si fuera una gallina.


Hoy, Ticio, Super-Robot, Monstruo, Fenómeno de Circo es condenado como un hombre.

miércoles, 7 de junio de 2017

NO HAY PEOR CIEGO QUE EL QUE NO QUIERE OIR

La gente pasa  sin verlo. Hace días que la lata  a sus pies no recibe una moneda.

En la esperanza de lograr algún dinero, el ciego consigue un arma de juguete y se hace ladrón. Sin embargo, dada su condición,  resuelve permanecer en la esquina del banco, el lugar de siempre.Pero, hay un cartel: «Hoy no se atiende por huelga».

Llega una señora. El ciego sigue un perfume que le habla de riqueza. Empuja  a la señora y, sin saberlo,   apoya el arma allí donde la espalda cambia de nombre. Ella siente algo firme haciendo presión.

―Vamos juntos, ahora ―le dice al oído.
―Hoy no es posible ―musita la señora, sin volverse.

El futuro del ladrón agoniza en esas palabras.

―¡Será mañana, entonces! ―amenaza enojado, aumentando la presión.

―¡Caballero, soy una mujer casada!

domingo, 7 de mayo de 2017

LAS TRES HILANDERAS

                                   




Elvira conduce hacia las afueras de la ciudad, llevando a su madre que habla entre sollozos.

―No es justo, estoy bien, lúcida, por fin trabajo en lo que amo, te tengo a ti y a mis nietos,  y quieren sacarme  todo porque cumplo setenta años… A Martha, mi amiga, le han quitado hasta el habla. ¡Pobre!, como no tiene familia y ni siquiera permiten visitas de amigos, no tiene con quien hablar, con quien pensar.

Clotilde vuelve a llorar. Elvira no sabe cómo consolarla,
―Por eso vamos a ver a las hilanderas. Estoy segura de que ellas sabrán qué hacer. Hadas o brujas, siempre fueron tres las que tejieron o hilaron a la hora de meditar y proyectar de las mujeres. Hay rumores serios de planes secretos, aunque sin fecha. Pero todos estamos alerta. No te acerques mucho a ellas, y sobre todo no las beses. Están muy enfermas.

Una vez que Elvira cuenta lo que ocurre, acompañada por el llanto imparable de Clotilde, entre todas van desgranando posibilidades. Sacar a Clotilde del país es difícil y caro. Los permisos demoran mucho y la vida pasando las fronteras cuesta mucho dinero.
Lo mejor será llevarla a la región subterránea UXD donde hay amigos que pueden refugiarla un tiempo, y donde los drones no podrán seguirla. Hay que hacerlo ya. La misma Elvira debe llevar algún pañuelo distinto y hasta un cambio de peinado que haga pensar en momentos hacia actividades diferentes, y debe salir por otra sección subterránea. Su marido  y los niños la encontrarán luego en algún paseo familiar, donde puedan ser vistos en su vida habitual.
―Falta poco ―dicen las tres al unísono, ―todos lo sabrán.

Las  hilanderas se apresuran.

El tiempo aprieta. Delgadísimas, casi transparentes como las hadas de los cuentos, también ellas van por  calles subterráneas al encuentro de quienes las apoyan para liberarse del tirano.

Éste se hace llamar Tyranus Rex. Hace ya muchos años, heredó un poder que considera un juego. Ignorante y necio, alguna vez oyó un nombre parecido y sin saber a qué se refería, le sonó importante y grandioso, digno de su persona. La seda natural es su debilidad, pero detesta la seda industrial. Para  uso personal, que incluye desde su vestimenta a toda la ropa del palacio, Tyranus Rex exige la seda tejida y teñida por estas tres mujeres; las últimas en el mundo conocido que saben hacerlo.

Nadie, en varias generaciones quiso aprender el oficio. Es una vida sin comodidades, en ambientes húmedos y cerrados, con inmensos criaderos de gusanos, moreras para alimentarlos y cortinas de murciélagos que cuelgan de los árboles y de los techos para hacerse cada noche de su alimento. Expuestas al aire malsano, se saben enfermas. Parte del plan consiste en usar su enfermedad como arma.

Desde que Tyranus Rex promulgó la ley de Protección a la Vejez, la población vive entre el pánico y una viciosa comodidad. Muchos  lograron emigrar. Otros, como Clotilde hoy, no pudieron;  otros aún, creyeron que  les solucionaba la vida.

La ley impone que partir de la jubilación, inspectores gubernamentales hagan visitas periódicas a los pensionados y tomen nota  de sus gastos, de sus gustos excesivos.

A los setenta años exactos, una comisión especial les lleva una enorme torta de cumpleaños, de la que deben comer  al menos dos o tres porciones. Cuando ya están  drogados y adormecidos, llega  con gran pompa una limusina que los traslada al Hogar de las Sombras. Desde ese momento  en adelante el Estado administra su pensión. Techo, alimento, vestido, salud y hasta entretenimiento le serán provistos sin que tengan que  elegir. A eso se le llama Homenaje en Vida.

En señaladas ocasiones pueden recibir visitas de consanguineos. Jamás un amigo, un compañero de trabajo, una vecina cariñosa. No hay, en el Hogar lecturas, celulares u ordenadores personales; sólo una inmensa pantalla donde se proyectan dos horas por día  programas llamados “Hora de descanso mental de nuestros abuelos”. Si algún recién llegado se aventura a conversar con algún otro, se los persigue como en una cacería con ruidos  muy violentos de bocinas y sirenas. Entonces, escapan como liebres asustadas a la soledad de sus dormitorios.

 En poco tiempo la población vio la trampa. Varios hackers se hicieron inmensamente ricos entrando en la base de datos del reino y cambiando las fechas de nacimiento y hasta las fotos de aquellos que podían pagarlo. Pero eran soluciones individuales y momentáneas.

El plan de las hilanderas es más ambicioso.  Ante todo, hicieron un sacrificio personal. Enfermaron de tuberculosis y tosieron tanto sobre las piezas de seda que iban a palacio, que contagiaron a todo el gobierno.

Los médicos no llegan al diagnóstico correcto: creen erradicada la enfermedad hace cientos de años y no la tienen en consideración. Pero ya uno de ellos viaja a un país vecino en busca de ayuda y de medicación apropiada.

Se acerca el cumpleaños de Tyranus Rex.  Otra vez aparecerán los afiches con la foto única de su asunción al poder.
Durante la reunión en las calles subterráneas  se acuerda que un hacker de absoluta confianza  cambie las fechas del tirano, sumando años. Un enfermero se encargará de tomar una foto actual del gobernante para que de manera automática se impriman los afiches de cumpleaños.

El día señalado la ciudad amanece con la imagen del dictador  envejecido, pálido,  sumido en almohadones de seda.

El pueblo entero exige que se le lleve la torta del Homenaje en Vida. Casi no hay discusiones.  En su limusina de oro parte a un Hogar de Sombras. Como no puede tenerse en pie, para que no caiga, se lo sujeta   en una silla de ruedas con vendas de seda.
Los ancianos recuperan sus afectos, su libertad y su voluntad.

Sin ruido, las tres hilanderas se internan. Aunque aceptan la muerte,  desean con fervor que las medicinas lleguen a tiempo también para ellas.



lunes, 10 de abril de 2017

SUSANA Y EL TURISTA

                        


Susana esperaba. Los turistas habían levantado sus cámaras casi al mismo tiempo y se oían los clic, clic de los obturadores.

Iba a ser una visita difícil. “Bobby-junior-behave-yourself” (así,  todo seguido y casi como una letanía sonaba el nombre cuando la madre quería llamarlo al orden), era un adolescente lleno de granos, inquieto, enojado con sus padres y  con el mundo entero, y ya había contrariado cuanto sus débiles progenitores, los otros turistas y ella misma habían hecho para calmarlo.

Dos veces, Bobby escapó por caminos opuestos a los que llevaba el contingente y hubo que recurrir a cuidadores de tumbas  conocidos para que lo buscaran antes de que se perdiera.

 El muchacho le desagradaba profundamente. Sin embargo, aunque le irritaban su falta de respeto, sus burlas y sus malas maneras, Susana lo comprendía. No era un paseo acorde con las necesidades de un adolescente y, a juzgar por lo que veía, los padres apenas lo miraban. Decidió desplegar todas las historias que habitualmente encantaban a los visitantes.

El cementerio había sido construido en las épocas de pomposos homenajes a la muerte, por familias ricas del lugar que competían en encargar a escultores famosos las imponentes estatuas con las que iban a recordar por siempre a sus muertos de ayer, de hoy y de muchas generaciones más. Ya no los momificaban, pero querían perpetuarlos en mármol.

 Repasó las principales tumbas por los que los llevaría. La niña cataléptica que murió enterrada viva, los duelistas que cayeron simultáneamente mientras cada uno de ellos creía defender el honor de una mujer que engañó a ambos; la novia que cometió suicidio el día de su boda y que según decían, por las noches paseaba por el cementerio; el héroe de la patria con tantas batallas ganadas; la viuda más bella de la ciudad asesinada por un pretendiente despechado; ¿cuál de todas ellas podría interesar más a Bobby?

«¡Fuck you, deaths!» gritó Bobby.

Eso fue demasiado. Susana furiosa saltó hacia él, mientras el resto de los turistas silenciaban sus cámaras de golpe y giraban en su dirección. Un gato había brincado del techo de una bóveda cayendo en la cabeza del adolescente. Cada vez más enojada, Susana se acercó a los padres de Bobby dispuesta a reintegrarles el dinero del paseo con tal de que se lo llevaran; pero en un segundo el adolescente redobló la  apuesta de su desparpajo y antes de que Susana pudiera detenerlo, se había trepado al techo de una bóveda adornada con la estatua de un Ángel de la Muerte de enormes alas, maullando como el gato y tratando de tomarse una foto con su celular.

Resbaló, se sujetó de la punta de un ala. La estatua,  apoyada sin sujeción alguna, se desestabilizó con el peso del muchacho. Bobby y el ángel volaron juntos hacia el piso de baldosas, acompañados por el extraño sonido que producían varios “oh” que salían de algunas gargantas y una suerte de silbido terrible que se escapaba de las de los que se tapaban la boca con las manos.

Susana corrió hacia él. Algunos volvieron a usar sus cámaras.
La estatua había caído sobre Bobby, pero de tal manera que en lugar de aplastarlo lo había protegido. Las alas algo curvas del ángel habían hecho un nicho de aire casi abrazándolo. Bobby respiraba y hasta emitía un murmullo constante que parecía una canción de cuna. Mientras le tomaba el pulso, Susana llamó una ambulancia. Le indicaron que tratara de mantenerlo despierto hablándole, sin moverlo.

En cuclillas, ya tranquila y con la gran oportunidad de poner a “Bobby-junior-behave-yourself”  en su lugar de una vez por todas, con una sonrisa apenas sugerida en los labios, le dijo al oído: «Vas a aprender a respetarlos, pibe. Hasta que lo sepas como el arrorró…»

Bobby abrió los ojos y la miró. Susana ahí no más empezó a repetir:
                        “…
                        Serán ceniza, mas tendrá sentido;
                        Polvo serán, mas polvo enamorado.”

Lo dijo en voz baja, con devoción, casi como una plegaria, sin cansarse, muchas veces y cuando llegó la ambulancia, se enderezó y le dijo al médico, «fue un golpazo, pero el ángel  lo protegió».

martes, 10 de enero de 2017

LA SEGUNDA VEZ




Giró al escuchar el grito.  
Quedó sin aire.
Algo líquido corrió por sus piernas.
Un rayo  le atravesó el vientre; el llanto de la criatura en el mismo  grito.

Su niña patalea en el aire, sujeta por un hombre de espaldas anchas.
Quiere seguirlos, pero sus piernas  parecen pegadas en alquitrán a la vereda.
Sigue oyendo el grito desesperado que clama por sus brazos para calmarse.
Tira el bolso ¿o la placenta? hacia adelante.
Entregar lo que sea, ¡su nena, no!

Siete años se agolpan veloces en su cabeza, y se deshacen hacia el futuro como nubes en el viento.

Grita a su vez, y recién ahora le parece que corre.
La niña muerde con fuerza la mano del hombre. Se suelta.
Ella se abalanza,
── ¡Rápido, a casa!
La oye correr.


El hombre gira hacia ella. Tiene algo oscuro en la mano ensangrentada. ¿Un arma?

Se miran.
Ella lee en los ojos de él el terror y la desesperación de los perseguidos por sus propios actos;  el hombre ve en los de ella un instante de perplejidad  ante el arma con que le apunta. 
Con el último aliento, ella parece preguntarse: « ¿ tan corto es el límite del destino?» 

Un calor insoportable. 
Esta vez no es en el vientre; es un fuego duro entre los ojos. 
Cae.

sábado, 10 de diciembre de 2016

APRESÚRESE, BORGES (sin usar el verbo Ser)

Cerrada a las consignas del mes. ¿Qué campamentos? ¿Los de mi primera juventud? Están muy lejos, recuerdos de recuerdos. ¿Qué poetas? Hay tantos tan queridos… Además, suprimir EL verbo. Me enojo conmigo. No sé. No puedo. Lo que escribo no sirve a nadie para nada. Faltaré a la cita. Renunciaré al trabajo que alimenta mis días. Abro al azar un libro de Borges y leo:

           « En vano te hemos prodigado el océano
             En vano el sol, que vieron los maravillados ojos de Whitman;
   Has gastado los años y te han gastado,
   Y todavía no has escrito el poema.»

Así, humillada, avergonzada, me voy a dormir. 
Quiero compartir este sueño con todos los que alguna vez ante la página en blanco sintieron una impotencia y un dolor similares:

«Borges nada en el Ródano», me digo. Pero no. Borges nada en nuestro Atlántico hacia el horizonte, y yo lo miro desde la playa.
Joven, enérgico y sin aparentes problemas en la vista.  Para mi asombro, acaso mi envidia, tiene aire suficiente para recitar o dictar algo mientras nada:

«Agua, te lo suplico. Por este soñoliento
            enlace de numerosas palabras que te digo,
            acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo.
            No faltes a mis labios en el postrer momento.»

Sigo en la playa, pero tal como ocurre en los sueños, cambia el plano y ya no me asombra que alguien que se aleja, esté más cercano a mis ojos.
Clarea en el horizonte donde la luz dibuja otras figuras. Sé, con el saber de la noche, que han estado siempre ahí.
A un lado, a la derecha y algo más lejos de la mirada todavía, Homero organiza una fogata que deberá encenderse en poco rato. Lo ayudan los tres grandes que tomaron sus cantos y sus mitos,  también Goethe, Shakespeare,  algún otro.  

Adelante, mirando de frente a Borges que sigue nadando,  Dante y la sombra de Virgilio  esperan.
Traga agua, tose, manotea como un náufrago. Se transforma en el agua y veo surgir el anciano que todos recordamos con bastón, mirando hacia vagas nubes amarillas.

Homero y los suyos encienden las primeras chispas.

La sombra de Virgilio tiende una mano de cinco caminos hacia el agua, mientras  el agudo perfil del Dante se agranda como un ave imperiosa sobre el mar. Reclama:
──¡Apresúrese, Borges!
──Alighieri, me han quitado el verbo de la Creación, ¿estoy en el infierno?
──No pueden, no se asuste. ¡Apresúrese! ¡Vamos! ¡Hay que encender la aurora!







lunes, 14 de noviembre de 2016

¿CUÁL DE NOSOTROS?



                                                               ¿CUÁL DE NOSOTROS?

«Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte», es lo primero que oigo cada mañana  al despertar.

Este alerta sólo aumenta mi angustia. Si  mi doble está en alguna parte,  también lo está el de  Helena. Pero espere, debo explicarle porque aún hay otra voz que me persigue por estos pasillos infames; una voz que dice, « Alejandro se mató». Entonces, todo es peor porque yo, Alejandro, estoy aquí hablando con usted.

Siempre fuimos felices. Sin embargo, cuando empezamos a convivir, a tener hijos, a luchar por los sueños de  vigilia,  los proyectos,  mi felicidad  fue trasladándose a la noche. No, no le hablo del sexo, -¿será lo único de lo que hablan los médicos?- aunque era bueno a cualquier hora. Le hablo del mundo en el que vivimos al dormir.

Durante esas horas, ella era  el ser que había encontrado cuando nos conocimos. No se trataba de cerrar  los ojos, comprenda, no eran fantasías  o deseos incumplidos. Al dormirme,  éramos otra vez los que descubrimos en la primera mirada, la esencia de nosotros mismos. Ese era mi verdadero descanso. Amanecía sabiendo que había estado recorriendo el universo con el ser de Helena.

Por un tiempo me bastó. Deseaba que a ella le pasara lo mismo, aunque muy pronto descubrí que  en sus sueños no había nada parecido.

Al despertar, quedaban hilachas de la vida.

 Alguien me espera cada mañana al borde de la almohada; alguien igual a mí que maneja mis deseos, mis debilidades, mis pasiones y que me hace actuar a su antojo. Soy y no soy yo. Es un él que quiere ser yo.

En mi obsesión por  recuperar el mundo de la noche de manera permanente, perdí todo: trabajo, amigos,  hábitos cotidianos. Mis hijos me evitaban. Siempre  callados, mirándome, deseando  que me fuera.  Me decía que no quería molestarlos, pero en verdad sólo quería dormir para encontrar a mi mujer; la verdadera.

La otra, la Helena diurna, trató de ayudarme con toda la batería que el mundo ofrece: médicos, psicólogos, técnicas de meditación,   ocupaciones  que no me gustaban, comprenderme, rebelarse, exigirme. Por fin, se cansó. Se limitó a seguir con su trabajo para mantener la familia y a hacer ella lo que  yo rechazaba. Salía con sus amigas, iba al psicólogo dos veces por semana, corría una hora  al volver de sus obligaciones, atendía a los chicos y mucho  más. 

Me humillaba. Me mataba.

Desesperé.

La odié de día tanto como la amé de noche.

Esa mañana la seguí una vez más. Iba ligera, sonriente, a buen paso por la vida.

Todavía la veo entrar a un café  a encontrarse con sus compañeras. Conversan y ríen. No puedo oírlas.  Alguna  se inclina sobre la ventana como buscando  con la mirada. A mí, claro, ¿a quién más?  
Quieren saber si realmente soy yo, si la sigo, si lo que ella cuenta se refleja en mi aspecto, si quiero acompañarla o espiarla.

Salen. De pronto  alguien más, ese “él” se acerca y  lleva a Helena apoyando la mano en el centro de su espalda. Un hombre común y corriente como yo, que  le habla al oído y la hace reír francamente. Las compañeras se alejan un poco dejándonos atrás, dándoles privacidad.

Quiero gritar pero se me cierra la garganta y el puño aprieta el mango de un cuchillo de cocina. ¿Cuándo lo puse en el bolsillo?
Se abalanza. Siento al otro entrar en mí, o yo en el otro. Ya no lo sé.

Ella me mira incrédula queriendo soltarse.

El cuchillo se clava en su garganta, y al apartarse, la veo retroceder hacia los ascensores tropezando, sin dejar de mirar al otro. Grita:
──¡Alejandro, no!

Lo sé, lo sé. Nadie más lo vió; es  a mí a quien vieron alcanzarla y dar juntos unos pasos riendo abrazados. He perdido ambos mundos…

En todo caso, la Helena nocturna, ¿también ha muerto?

Si, como dice la voz que me despierta, el doble de Helena y el mío en vez de estar aquí en nosotros mismos, como creo, viéndonos vivir y morir, están realmente en otro lado, ¿continuarán  ellos la vida que  no supimos seguir, o morirán castigados el uno por el otro?

Alguien debería advertirles el peligro. 

lunes, 24 de octubre de 2016

COMER POR LOS OJOS

El niño huele el almíbar  que empieza a  hacerse en la olla de barro.
En la cocina, la madre saca del horno dos placas de moldes redondos y vuelca el contenido de una sola vez en la olla.
El niño entrega su mirada deslumbrada a esos globos de oro claro que flotan y giran suavemente en el líquido hirviente.
La madre reconoce en su hijo el estado de plenitud del descubrimiento. Cierra el viejo  cuaderno de recetas cuidando de que no se desarme, y lo devuelve a su lugar.
En voz baja,  dice:
── Se llaman huevos quimbos. La abuela de mi abuela ya los hacía. Son muy dulces, se hacen con mucho tiempo a un calor suave y constante como el cariño. Los comeremos esta noche en el cumpleaños de  papá.
El niño no contesta. Los globos dorados se impregnan y se hunden en el almíbar, toman un tono de oro viejo  mientras se desinflan y se arrugan un poco.  Fin de la maravilla.
Los ojos del asombro  se llenan de lágrimas.
Como si despertara de golpe,  responde:
── Yo ya comí. Y huye de la cocina como de una trampa.


domingo, 12 de junio de 2016

LA NOCHE MIL DOS

El anciano encontró la llave en la arena del desierto bajo el árbol de los deseos, allí donde los pobres y los tristes cuelgan trozos de tela, papeles con alguna plegaria, pequeños objetos para pedir la bendición de Alá.

Parece un hombre pobre, de los que no pueden mantener un camello y sólo cuentan con un asno por transporte y compañía, sin embargo no siempre  fue así. 
Muy cerca del árbol  hay un pozo de agua que sacia la sed de hombres y animales.
Ante todo da de beber al asno y lo deja a la sombra del árbol. Después, bebe él. 

Se sienta a observar la llave. Es pequeña. ¿Quién deja una llave de oro en el desierto?  Tiene una cinta manchada de tinta de la que alguna vez fue colgada a una rama  ahora desgajada por el tiempo.  Piensa en un alhajero de mujer, en una gaveta para cartas o pañuelos de seda. Un regalo con dedicatoria devenido en pena de amor. 

 Le recuerda algo. La mueve entre las manos tratando de sentirla mientras en su memoria se forma una nube que va definiéndose lentamente. ¿Cuántos años hace ya de aquella noche en la que ella terminó de relatar la historia de la princesa Almendra y el príncipe  Jazmín? ¡Tantas estrellas tuvo! Conoció a sus hijos, casó a su hermano y  encargó a los copistas el registro de los maravillosos relatos de los que había creído aprender tanto, para guardarlos  en un merecido cofre de oro con una llave  similar a ésta.

Aquel que fuera el poderoso rey Shahriar llora al borde del desierto, recordando a su amada Sheherezada.  Nunca supo de qué había muerto. Pero en el silencio del atardecer  cree oír la voz encantada que repite: «He llegado a saber, oh Emir de los Creyentes- pero Alá sabe más…» y tiembla como en aquel amanecer cuando, en medio de las oraciones del muecín, le trajeron la terrible noticia.

La llave sigue dando vueltas en sus manos, Necesita coraje para leer  algo que no fue escrito por él ni para él. Aunque solo pueda verlo un escarabajo, se siente con el miedo y la vergüenza de aquel que entra  en la intimidad de alguien que acaba de morir en busca de un secreto que no le pertenece. Sin embargo la llave fue expuesta en un lugar tan público y tan íntimo como el desierto.
Lee por fin: «¡Oh, Dueño de lo Visible y lo Invisible, Único Viviente, te devuelvo la llave del Paraíso para que la entregues al que sepas merecedor de ella!»
¿Qué Paraíso es ese que se abre con una llavecita de oro semienterrada en la arena?

Ahora hay algo parecido a un  mareo.  El viento hace volar la arena; de nuevo la amontona formando rápidas y confusas imágenes de mujeres. Apenas puede reconocerlas. Son las que él mandó matar. No aquellas por  las que se creyó redimido en la vida con Sheherezada. No,  no. Son las que reclamó después, cuando obcecado y ciego  pretendía consolarse con más historias contadas por otras voces. Pero ninguna supo relatar como ella.
La cólera y el dolor lo llevaron nuevamente al crimen.

Un día le trajeron una niña aterrada  y temblorosa que no se atrevía siquiera a decir su nombre en presencia del rey, la mirada clavada en el piso, los brazos cruzados sobre el pecho infantil.  De pronto, un rayo de conciencia le mostró que no había aprendido la lección. Se vio como el monstruo dormido en la placidez que Sheherezada y sus súbditos crearan para él. Supo que por la temible comodidad había disfrutado de esa paz sin conquistarla.  La vergüenza y el horror alcanzaron a Shahariar. Dejó ir a la niña; abandonó todo en manos de su hermano, y partió al desierto en busca de la Inexorable, la Separadora de Amigos, la Inevitable. Sin embargo Ella le rehuye. ¿Cuánto tiempo lleva..?

Con el atardecer comienza el frío del desierto. Se pone de pie. Antes de que el sol muera ahogado en la arena, vuelve a mirar la llave. Camina en círculos hablando solo.


Al llegar  a la boca del pozo, se asoma  y un grito de pavor resuena en el reflejo. Deja caer la llave.

viernes, 13 de mayo de 2016

LA CARTA

El viejo Elpidio y el loro Pico-Pico  abrigado en la capucha de la campera de su dueño hacen su paseo diario por la bahía. Elpidio va marcando sus pasos en la arena húmeda al ritmo de su pena, repitiendo incansablemente «también esto pasará»; para escuchar de Pico-Pico, luego de un largo silbido, la respuesta que él mismo le ha enseñado: «o nosotros también pasaremos  con esto»..
Veinte años hace que se renueva esta ceremonia en días soleados y sin viento después de que Elpidio, guardián del Museo del Fin del Mundo, termina de limpiar la Sala 3, la de recuerdos del presidio más austral de la tierra.

El viejo es guardián de lo que fuera una cárcel como la que aloja desde hace ya mucho tiempo a su hijo mayor  que, al oír la sentencia que lo condenaba por el asesinato de su hermano, giró la cabeza hacia él para mirar con soberbia y menosprecio las lágrimas que empapaban el rostro de su padre.
 Acaso equivocado, Elpidio cree que si su hijo reconoce el pleno significado de sus actos, el dolor constante de su corazón de padre pasará. Él no puede juzgar como el resto de los hombres: tantas puñaladas cuestan tantos años; por tal o cual parentesco se sumarán  tantos otros. Lo que el viejo Elpidio tiene siempre ante su alma es que alguien de su sangre por pura codicia o tal vez por la envidia de sentirlo más cerca de los dioses, fue capaz de quitarle la vida a su otro hijo; y ese crimen los ha dejado abandonados a los tres. Al muerto, sin su voluntad y sin destino. Al criminal mismo,  enfrentado al espejo de su crimen,  confinado al olvido o al eterno reproche de los otros. A todos,  en el vacío de una posible descendencia que les otorgara un  futuro y quizás el ejercicio del amor.
Ah, no sabe qué duele más, si la ausencia del hijo muerto o la acción del hijo vivo. ¿Cómo dejar de quererlo?  ¡Tan solo y con semejante peso sobre sus espaldas! Tal vez la mirada soberbia fuera apenas una defensa ante los jueces arrogantes e impiadosos.
En estos días se cumple el término de la condena y Elpidio espera no que  vuelva, porque es demasiado esperar; no que diga  «perdón», porque es demasiado pedir; Elpidio sólo sueña con una  carta que diga «Me equivoqué. Hice daño.»  Y por eso sigue repitiendo «también esto pasará» aunque Pico-Pico responda «o nosotros también pasaremos con esto».
Sí, Elpidio espera al cartero. En días de tormenta,  de nieve o de vientos helados, el viejo se sienta tras la puerta vidriada del Museo y cuando pasa alguna sombra apresurada, es el loro el que recita «cartero, cartero», entonces él vuelve  sobresaltado de su entresueño.

Pero hoy hay un aire templado y un sol suave, y allí va con su loro y su eterna plegaria, dejando una cadena de pasos en la arena.
De pronto,  Pico-Pico salta y parece salirse de la capucha, rompe el ritmo del ritual y grita «cartero, cartero».
Elpidio levanta la vista. Un poco más allá, un hombre con una bolsa de cuero colgada del hombro camina hacia él formando otra cadena de pisadas.
El hombre dice:
── ¡Hay carta, don Elpidio, hay carta!
Cuando las dos cadenas se juntan, Elpidio sostiene el sobre contra el pecho sin abrirlo y musita emocionado: « Nuestro primer abrazo después de tantos años, hijo.»

Sin embargo Pico-Pico saltando al hombro de su dueño, insiste entre silbidos: «O también nosotros pasaremos con esto».

viernes, 15 de abril de 2016

LA PIEDRA TRANSLÚCIDA

                                                                                                    
  Lluvia de meteoritos.  Pedí a la nave transbordadora que me busque ya, pero hoy no podrá acercarse.  Todavía me dura el terror. En nuestro entrenamiento nos preparan para todo, pero todo nunca es todo.

Trabajo para  la Agencia Espacial Europea que tiene el proyecto de armar una ciudad lunar permanente para  científicos, astronautas, explotación minera y fines turísticos. Como científico debo  dudar, y me pregunto si eso es sólo la máscara con que nos han vendido el proyecto a todos los que participamos, para terminar construyendo una ciudad para criminales, locos, marginales, refugiados y toda clase de indeseables a los ojos de los políticos que quieren una Europa de sanos, integrados, moralmente aceptables y fanáticos nacionalistas. No sería la primera vez.

Es mi tercer viaje a la luna y aún no encontré la manera de disuadirlos.  Las autoridades consideran que se trata de conseguir más presupuesto de parte de cada país, y ya está.

Pero después de lo vivido ayer, hay una oportunidad. También existe el riesgo de que me internen en un psiquiátrico. Veremos.

Lo siento por Le Gosse, mi amigo selenita.                             
¡Somos tan distintos! Sin embargo juntos pasamos días estupendos. Me costó convencer a mis colegas de que los selenitas son seres casi humanos.  Los que vinieron conmigo en el primer viaje no les daban  más entidad  que a un agua viva.

Los selenitas no tienen forma fija. Son un líquido gelatinoso que reacciona a la temperatura de las corrientes de aire.  Se desparraman en formas de charcos, estrellas de mar o tomando la forma de un cráter que los contenga cuando algo les da placer y las corrientes de aire que los atraviesan se vuelven más cálidas. Eso se ve  en luna llena. Parece que quisieran robarle luz y calor al sol. Quedan estirados como bañistas en la playa.  En cambio, si algo les provoca disgusto o miedo, las corrientes de aire se hacen más frías y los selenitas se elevan  como olas que no rompen, tomando una forma casi humana que culmina en un óvalo  sin órganos de los sentidos. Una proto-cabeza.  No hablan, claro, pero son excelentes telépatas  y gozan de una percepción exquisita.  Son muy ávidos de placer.  Creo que si tuvieran manos y dónde esconder cosas, Le Gosse ya habría hecho desaparecer mi sombrero de copa. ¡Cómo le gusta!
Le puse ese nombre porque es tan curioso e inquieto como una criatura o una mascota . También porque los terráqueos necesitamos  nombrar y personalizar seres y cosas.

Pagué mis estudios universitarios trabajando como ilusionista en distinta clase de eventos, y  nunca  pude separarme de mis elementos. Me gusta hacer magia. 

La primera vez que noté el entusiasmo de Le Gosse por la galera, fue también la primera en  que pregunté-pensé sobre el lado oscuro de la luna.  Mi amigo entró en pánico; cientos de corrientes de aire helado lo atravesaron y lo vi convertirse en casi humano. Me causó tanta gracia que le puse la galera para sacarle una foto, pero  empezó a darle cierto calor,  fue perdiendo esa forma rígida y la galera quedó convertida en una budinera con gelatina.

Yo recibí un temblor que parecía decir «no sé, no preguntes, es  el mal».

No insistí, pero el  tema  me inquietaba.

Le Gosse  me impulsaba a estudiar cráteres, meteoritos, cuevas con minerales extraños. 

Sin saberlo, me empujaba  a lo que más temía.  

Ayer, examinando un cráter, descubrí en uno de sus bordes algo que parecía una piedra translúcida. Me costó sacarla, como si estuviera atornillada al suelo lunar. Por fin, la levanté. Fue como abrir una puerta al abismo.

Grité. Algo enorme y monstruoso se abalanzó desde el fondo hacia mí. A mi alrededor los selenitas se transformaron en un ejército petrificado de figuras humanas.

Brotó un humo oscuro  de olor fétido.  Antes de que pudiera reaccionar, el humo tomó formas terribles que recordaban a los monstruos de Goya. Volaban a mi alrededor en un viento que sonaba a carcajada del infierno. Después,  desaparecieron.

Habría querido ser como Le Gosse y poder meterme en el sombrero.
Cuando reaccioné,  estaba tiritando tendido en el piso de la cápsula con los puños cerrados. 

No todo era inmaterial. Del borde del cráter pude rescatar algo como paja quemada con olor a podredumbre.  Eso es lo que llevo a tierra como prueba.

Dejaré la galera a mi amigo aunque sé que una tormenta, un meteorito, un viento  fuerte la harán desaparecer muy rápido.

No volveré a
 vivir en la luna.                                



domingo, 13 de marzo de 2016

BURLAS, DUDAS, MIEDOS

« Espléndida ante todo. Matías me va a oír. ¿Qué se cree? Pero tengo que estar como para que se desmaye. Ah, menos mal que estos ascensores tienen espejo».  
Sara sigue alimentando su convicción y su discurso mientras termina de acomodar la melena ante el espejo. Gira apenas y pulsa el botón de la planta baja.  Fin de la jornada laboral. Comienzo de la jornada personal. Primero que Matías la oiga y –ojalá-  después de las disculpas que ella espera, lleguen los cuidados y los mimos, pero no piensa aflojar. Después correr a su casa. Agustín y Javier están con Margarita  que debe volver a atender a los  suyos.  
El ascensor da un  salto parecido a un respingo  y se detiene.  Sara, impaciente, pulsa varias veces  la botonera. Prueba en distintos pisos. No arranca. 
Pulsa el botón de alarma que resuena  como la sirena de una ambulancia. Pasa un rato. Nadie.
Segundo intento completo, tocar todos los botones y luego la alarma. Nada. Tercer intento, sólo la alarma pero dejar el dedo en el botón tanto tiempo como para que el mundo la oiga, se enloquezca y responda.  Silencio.
Es probable que todos se hayan ido ya. Era tarde cuando terminó de ordenar su escritorio. 
Veamos, ella es una mujer segura y razonable. Sólo hay que llamar al 911…
──  Buenas tardes, estoy encerrada en un ascensor.
── …
──  Sí, Corrientes…  no me acuerdo el número. Es la Compañía de Seguros  El Imprevisto, debe ser altura al quinientos.
── …
── ¿Cómo que van a demorar?  ¿Otro incendio en la Reserva Ecológica?  ¿Cuánto tiempo?  Por favor, el encierro es terrible.
Segundo paso, avisar a Margarita.
──  Margarita, hola. ¿Todo bien? Es posible que llegue más tarde. Estoy encerrada en un ascensor de la oficina y el 911 dice que los bomberos van a demorar por un incendio en la Reserva Ecológica. No les digas a los chicos, no quiero que se asusten.
── …
──  Sí Marga yo sé,  pero aguántame por favor. Voy a llamar a Sergio a ver si puede reemplazarte.

── Hola Sergio,  ¿podrías ir  a casa a reemplazar a Margarita…
──…
──  ¡No me creo nada, estoy encerrada en un ascensor, estúpido! Ya que interrumpís, al menos preguntá.
── …
── Ah claro, el solterito tiene sus compromisos y no puede suspender nada cuando sus hijos lo necesitan.
──  …
──   ¿Y cómo querés que te demuestre que estoy encerrada en un ascensor? 
«¡Pelotudo!»

 «Ahora me toca Matías…»
── Hola, ¿cómo pudiste hacerme eso?  ¿Qué tal irte a tomar café con la íntima amiga de tu pareja? "¿Ayer un juramento, mañana una traición?"
── …
──  Anda al diccionario, pibe. Traición, perfidia,  infidelidad, mala fe, ¿querés más?
── ¿Que sólo la viste entrar al café y la invitaste a tu mesa porque es mi amiga? ¿Me lo jurás?
Los sollozos se le atragantan. Siente arder las mejillas. Se mira al espejo. Está roja.
── ¿Qué te pasa, nena?
Le parece que oye la voz de Matías por primera vez. Todo lo anterior fue una rara reverberación en su cabeza.
──  Estoy encerrada en un ascensor de la oficina,  los bomberos no llegan,  me duelen los pies,  quiero llorar y necesito sentirme querida y segura.
──  Sacate los zapatos, sentate en el piso. Sí, ya sé que está sucio; el sábado salimos y te comprás algo nuevo. Ahora tranquila, yo reclamo. Vas a ver que llegan enseguida.
Se cae la burla, la ironía cargada de bronca. Ya no quiere retar ni pelear. Empieza la duda. ¿Y si por la bendita Reserva Ecológica se olvidan de ella? ¿Y si Sergio no hace nada y Margarita tiene que irse? ¿Y si Matías no consigue hablar? Se ahoga. Ya debe estar azul por la falta de aire.
Apenas lo piensa, el miedo se instala en un temblor incontrolable. Oye  a su abuelo diciendo “Lo único seguro que tenemos es la muerte y es lo primero que olvidamos”.  ¿Qué va a ser de Agus y Javier? ¿No va a verlos más? ¿ No más abrazos? ¿No verlos crecer?
No puede parar de llorar. Se ve gris. Malditos espejos. Cierra los ojos.
Le parece que duerme, pero el recuerdo de Sergio sacando del río a Agustín escupiendo agua durante unas vacaciones juntos le dibuja la primera sonrisa de la tarde. Y cuando piensa en Matías conteniéndola, haciéndola reír,  aparece la segunda. Se ha ido el temblor.
¿Voces? ¡Voces!  
── Tranquila señora, ya la sacamos.
Lentamente, el ascensor empieza a moverse. Se detiene. Dos bomberos rompen el encierro.
 Alguien de blanco le pone un cuello ortopédico.  La suben a una camilla.
── ¿Es necesario?
──  Protocolo.
Cuando por fin salen, Agustín y Javier corren hacia ella y Sergio camina detrás. Sara acaricia a sus hijos. Mira a Sergio y le dice:
── Sos un buen padre, vos.
Más allá está Matías con sus zapatos y su cartera en la mano. Se acerca, la besa y murmura:
── Querida  y segura.